27 de septiembre de 2022
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Duque, buenas intenciones no bastan

13 de junio de 2018
Por Alberto Zuluaga Trujillo
Por Alberto Zuluaga Trujillo
13 de junio de 2018

Alberto Zuluaga Trujillo.   

No cabe la menor duda que, al final de cuentas, este es un país sensato. Y  serlo, es lo menos que podemos esperar. Solo dos caminos nos quedan. El desastre que significa Petro con su doble discurso, uno antes de la primera vuelta y otro, completamente distinto al que hoy predica o la esperanza de un Duque   gobernando con ecuanimidad y dueño de sí mismo. Las promesas de Petro hechas ante un pueblo acosado por las dificultades, que difícilmente subsiste con un salario mínimo cuyo poder se diluye con las alzas decretadas días después para los productos de la canasta familiar, la angustiante falta de empleo y el costoso IVA, el cual golpea con fuerza a los de menores ingresos, hicieron posible la altísima votación que lo llevó a la segunda vuelta, sin mencionar los ofrecimientos engañosos, como el de repartir vivienda quitándosela a quienes tuviesen más de una o tierra expropiada a los ricos, razón para que muchos votaran esperando su finquita o lote con vista al mar. Ya, camino a la segunda vuelta, corrigió su discurso al darse cuenta del pánico creado con sus promesas, aclarando que no expropiará ni convocará Constituyente alguna que lo perpetúe en el poder, creyendo erróneamente que con este viraje atraerá los votos suficientes para ser elegido Presidente, sin detenerse a pensar que dicha voltereta le hará perder muchos de los votos obtenidos con los ofrecimientos de la primera. ¿Qué hará Petro finalmente? ¿Lo prometido en primera o en segunda vuelta? Muchos dirán que será un salto al vacío en el que no se sabrá con certeza el camino a seguir. No. No Nos llamemos a engaño. Un candidato que ayer fue uno y hoy otro, termina haciendo lo que dijo primero, pues es lo propio de su esencia. Lo segundo, es una máscara que enterrará una vez se juramente. ¿Qué queda? Sin lugar a dudas “el de Uribe”. Duque ha demostrado ser, pese a su juventud y a su poca experiencia política, una inteligencia superior a quien le cabe el país en la cabeza. Su primera tarea será la de guardar prudente distancia de su nominador para mostrarse ante los colombianos como lo que debe ser, un mandatario independiente, no manipulado, que gobierne en bien del país. Lo segundo, no le será nada fácil combatir la corrupción que  ha hecho metástasis en el cuerpo enfermo de la nación. Lidiar con un Congreso y unas Cortes podridas que hacen su tarea dentro de una sociedad absolutamente permeada por las malas prácticas en la que difícilmente se podrá establecer quién sucumbió  primero, si el sector público o el privado, será tarea titánica que demandará coraje y destreza. El sistema que nos gobierna fue diseñado y sigue ajustándose a los requerimientos de quienes hacen las leyes, para su disfrute y acomodo, utilizando su mejor arma: la trampa. De las buenas intenciones habrá que pasar a la utilización de mecanismos legales, como el  plebiscito y el referéndum, como medidas de rectificación.

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