17 de septiembre de 2021
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Después y antes del centro

1 de junio de 2018
Por Alejandro Bedoya Ocampo
Por Alejandro Bedoya Ocampo
1 de junio de 2018

TRIBUNA UNIVERSITARIA

Por: Alejandro Bedoya Ocampo

Hastiado ya (como la mayoría de los colombianos) de hablar de política todo este tiempo de campañas presidenciales, me estoy dedicando a retomar  mis quehaceres educativos y satisfacciones literarias. Al ojear mi biblioteca en búsqueda de un buen libro para empezar a degustar (que no tuviese mucho de tinte político) algo me detuvo en la obra del médico manizaleño Octavio Escobar Giraldo “Después y antes de Dios”, gran novela ganadora de varios premios a nivel internacional y que incluso ya ha sido traducida al idioma francés.

Pero ¿Qué tiene que ver esta obra con la actualidad política colombiana? Seguramente nada si se observa sin el toque de imaginación necesaria; yo soy de los que cree que un título sugestivo como el de este libro siempre inspira muchos pensamientos, y encontrándose con la mente embolatada, ahí es donde empieza uno a divagar en conceptos. Empecé a correlacionar, tal como lo expresa la novela, la influencia de la descontextualización de los prejuicios y las costumbres desfasadas que juegan sucio a la sociedad.

Una mujer que se encuentra en situación desesperada por asesinar a su madre y un cura que con astucia logra formar pirámides con las que estafa a los feligreses. Esos son hechos que configuran un ambiente desesperante ¿no? así se encuentra nuestro país, sumido en el desasosiego de tener que decidir en segunda vuelta entre los extremos radicales que ofrecen políticas dudosamente convenientes, contexto que por demás, constituye un escenario que estimula amplios dolores de cabeza. Cuando menos sería más fácil huir y esperar a que las aguas se calmen, pero esa tampoco sería la solución.

Con la situación descrita hasta el momento, el panorama es desolador. Ahora es donde expresamos: hombre, cuán útil hubiese sido tener un centro para poder optar por él y no tener que decidir a rajatabla entre el blanco y el negro, o mejor, para apelar al dicho “ni mucho que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre”. Aquí nos tocó quemarlo o dejarlo a oscuras 4 años, no hay de otra.

Aun así tampoco podemos ser fatalistas. También podemos empezar por resaltar que aparte de que por fin vamos a tener una mujer en un gran cargo como la Vicepresidencia de la República, y que eso significa por sí solo un cambio en los prejuicios machistas que empiezan a descascarar la ingenuidad de nuestros pobladores, también nace una revolución que a lo sumo ya da sus primeros pasos y que se alimenta de la inconformidad de la mala praxis de la política tradicional. Sus pasos no tibios sino firmes, brotan del ansia de un cambio que si bien no es extremo, contribuye en gran medida a la reacomodación del establecimiento y hasta de las mismas instituciones.

El pasado 27 de mayo se sembró una planta de esperanza que se seguirá regando por los 4 años siguientes y que promete dar los frutos que Colombia necesita para salir de los tugurios, sin individualismos ni sectarismos, sin mentiras, con honestidad, con sinceridad y demostrando al electorado que se puede hacer política de forma ética y decente. Pese a que en la historia de Colombia nos hemos debatido entre el bipartidismo, es gracias a la nueva mentalidad cultural adquirida por el electorado que ya se vislumbra una luz al final del túnel que nos está indicando cómo las vacas flacas tendrán que acabar.

Elegí este título con base en el libro del doctor Escobar y también como algo gráfico en la exposición de estos argumentos, luego me emociona mucho más el después de la línea de elecciones, así no se haya ganado, que el pasado oscuro donde parecíamos invadidos por una ceguera, tal como lo pintaba Saramago. No importa que nos encontremos en la encrucijada del siglo XXI, roguemos a Dios (Sí, con mayúscula por la fuerza que tiene para nuestro pueblo) que se pasen rápido estos 4 años y podamos tener la oportunidad de volver a tirar los dados. No sea que nos coja un Estado confesional y autoritario que nos de tres vueltas y le dé por agitar las manos desde lo lejos, con la plata en sus bolsillos y con los feligreses colombianos viendo un chispero.

Esta trama fue basada en hechos de la vida real. Así como la protagonista de la novela, velaremos nuestra madre constitución y después huiremos despavoridos del caos que hemos generado; seguiremos creyendo que la inseguridad y el temor son las únicas secuelas a superar, cuando en verdad hay más fantasmas que empiezan a rondar la puerta de nuestra democracia. Para una comedia de nunca terminar, como la política colombiana, esta historia continuará, no sé cómo, pero va a ser mejor afrontarla con los ojos cerrados. Sea para rezar al dios atemporal de Escobar o para acercarnos a un sobrenatural auxilio que ni siquiera identificamos. Yo por ahora me quedo con el centro político, por lo menos su fuerza se siente y hace temblar a los corruptos igual a como lo hace el temor de Dios.

Pero finalmente que sea el diablo el que entre y elija, porque eso a los colombianos, como que todavía nos da dificultad.