4 de julio de 2022
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Un alcalde madrugador

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
16 de mayo de 2018
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
16 de mayo de 2018

Por: Gustavo Páez Escobar 

(Nota publicada el 24 de septiembre de 1975, siendo alcalde Bogotá Luis Prieto Ocampo, la que se reproduce como homenaje a su memoria –42 años después–, con motivo de su muerte en la misma capital del país).   

«Al que madruga, Dios le ayuda», debe ser una norma de trabajo del nuevo Alcalde de Bogotá, quien de entrada ha dispuesto que el horario para todas las dependencias de la administración se adelante me­dia hora. El doctor Luis Prieto Ocampo, hombre laborioso, sa­be que el tiempo bien apro­vechado es factor de progreso, y así lo comprueban las activi­dades en las que le ha correspondido desempeñarse. Pasa ahora de la empresa pri­vada, de la que es un líder comprobado, al complejo campo oficial, a donde llega convencido de que los rodajes públicos, para que caminen, re­quieren una buena lubricación.

Bastante diferencia encon­trará entre sus anteriores posiciones, movidas por los resortes de la dinámica y de la eficiencia, y este enredo de la capital del país, donde todo es lento, torpe y caótico. No ig­nora él que para enfrentarse a semejante compromiso debe, ante todo, inyectarle a su ad­ministración una fuerte dosis de rendimiento que se traduzca en un mayor sentido del deber por parte de cada uno de sus colaboradores. Y, como primer paso, los pone a madrugar más. Pero lo más importante no consiste, desde luego, en la presencia física del funcionario en su puesto de trabajo, sino en su disposición de servir a conciencia los requerimientos del cargo.

En Bogotá, más que en ninguna de nuestras grandes ciudades, cualquier diligencia es complicada y penosa, y a veces imposible. Se vive bajo la tiranía del reloj y a merced de los abusos de todo orden con que se comportan los funcionarios públicos, grandes y pequeños, en su inmensa mayoría, que son los prin­cipales causantes de que nuestra flamante metrópoli se haya convertido en la antesala del infierno. Se atiende de afán y a medias, con descortesía y con despotismo.

Los empleados permanecen ausentes de su si­tio de trabajo, y cuando no lo están, les parece más cómo­do distraerse con el crucigra­ma, la tira cómica o la interminable charla telefónica, antes que prestar un minuto de atención al sufrido e indefenso ciudadano que ha tenido que recorrer la ciudad o el país por el detalle más insignifican­te, para encontrarse con que, de todas formas, debe repetir el itinerario porque el jefe no ha llegado, o no puede atenderlo, o «está en junta», o no ha tenido tiempo de estudiar el caso. En definitiva: la ineficacia, el desgreño, la irresponsabilidad.

En Bogotá, señor alcalde, usted muy bien lo sabe, no hay paciencia para nada, no se conoce la amabilidad, y a todos nos regañan, con mayor razón a los provincianos, que somos torpes para movernos por estas calles endiabladas y por estas oficinas deslumbran­tes, pero vacías de calor humano. Usted, por fortuna, también es provinciano, y va a tener que defendernos. Ponga a sus colaboradores, señor alcal­de, a madrugar, pero antes exíjales buenas maneras y aconséjeles que tengan mesura. Castíguelos cuando sean indolentes y prohíbales que asistan a tanta junta. Y destitúyalos cuando cumplan el oficio a medias.

¡Bogotá, linda ciudad, la de la carrera, el mal genio, el infarto! ¡Laberinto indescifra­ble, sin pies ni cabeza! ¡Chicago monstruoso, donde peligran la cartera y la vida! ¡Ciudad vertiginosa, que despersonaliza y apabulla!

Pero todos la queremos, to­dos la deseamos y a todos nos duele. El dolor no es solo físico, sino sobre todo sentimental. La queremos más ordenada y menos asfixiante, más amable y menos esquiva, más esplen­dorosa y menos huraña. Amáñese, señor alcalde, usted que llega con ese carisma de sus virtudes y de su raza paisa; usted que ha hecho prodigiosas transformaciones en otras latitudes; usted que no le tiene pereza a madrugar; usted, en fin, que ya se lanzó con alma a este rompecabezas. Queremos, ante todo, una ciudad humana. Y usted no es hombre que retrocede.

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