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Podría bastar

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
25 de mayo de 2018
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
25 de mayo de 2018

Pablo Felipe Arango Tobón

 “…Y así, como un sencillo
acontecimiento de barrio, un milagro,
está sucediendo”.

Mary Oliver

Una pareja joven le enseña a leer a su hija una tarde cualquiera en el parque. La niña se levanta y corre emocionada detrás de un perro que llega con su dueño, el perro decide abandonar la pelota que le han tirado para que recoja apenas ve la emoción con que la niña lo persigue. Los padres, pacientes, amorosos, la llaman para que regrese. No temen al perro, ni a los transeúntes, ni siquiera a la cercanía de los vehículos. El parque es pequeño, apenas un triángulo de dos mil quinientos metros cuadrados: unos cuantos árboles, una torre de madera inmensa traída desde las montañas, un café, una plazuela.

Otro día un grupo de jóvenes sentados donde estuvieron los padres y la niña, comparten unas cervezas y algunos cigarrillos –de cualquier cosa–; uno de los jóvenes bebe una cerveza artesanal que seguro es una bebida fermentada de caña, no pasteurizada, comprada en la otra esquina del parque a un vendedor ambulante que llega al atardecer con una ennegrecida nevera de icopor y un bafle del que sale un sonido que pretende ser música.

Unos y otros han pasado sus ratos bajo un arbusto de tres o cuatro metros que gana algo más de altura dado el montículo sobre el que está sembrado. La tierra es dura y lavada. La profundidad de la capa vegetal es reducida dado que dos metros más abajo hay un tanque de concreto que surte de agua la ciudad. Los bajos del árbol evidencian el trajín cotidiano, la presencia de diversos e inconscientes –por naturales– vecinos: colillas de cigarrillo, chicles, empaques de dulces. La orina de decenas de perros riega a diario su tronco y raíces, y seguramente se filtra poco a poco hasta el agua que luego ira por las tuberías. Las mirlas y los azulejos arrancan los frutos y las flores de la Miconia notabilis mientras que hongos e insectos se alimentan y viven en el tronco y las hojas, en medio de líquenes, musgos y orquídeas diminutas. A unos metros de esta Miconia hay otro Nigüito más raquítico que lleva años luchando por salir adelante. Al frente tienen tres o cuatro Arrayanes y unos Pinos patula. Un Guayacán amarillo que fue sembrado hace meses, duró apenas unos días, fue retirado cuando construyeron unas figuras en concreto incomprensibles, que ya la Poa annua, esa cosmopolita hierba que crece en cualquier grieta y espiga hermosa y optimista, lo está colonizado con paciencia.

Virginia Woolf dijo que la vida real era la vida común, no las “pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos”. Aquellas redes insospechadas e involuntarias que se van tejiendo y destejiendo lentamente son las que nos constituyen, pero son además las que, una vez puestas en evidencia, nos conectan con la naturaleza, con el entorno, con los primos que ignoramos. Aquellas Miconias y su habitantes y visitantes: pájaros, insectos, hongos, perros, la niña, los padres y los jóvenes, sus vecinos y los torpes diseñadores y jardineros, yo mismo, somos una pluralidad, conformamos una red que desconocemos y que una vez puesta en evidencia, comprendemos con dificultad.

El trajín cotidiano del parque descubre la estética de la naturaleza puesta en evidencia en las diversas comunidades de seres, gracias a las cuales podemos “…aprender como habitar las relaciones que dan origen, sustancia y belleza a la vida”, como escribe David Haskell. No es necesario huir a la selva, ni internarse solitario en el bosque, podría bastar con la mirada y la “escucha reiterada”.

Mientras sigamos considerando que la naturaleza es algo que está fuera de nosotros, que está más allá de nuestras fronteras, como un elemento extranjero, apartado, la habremos perdido por completo, tanto en el exterior como en nuestro interior. Es imposible separar esas dos naturalezas: la privada y la pública, la humana y la no humana… Y en última instancia, no nos pueden ayudar ni el arte ni la ciencia, por muy grandiosos, por muy profundos que sean”, escribió el británico John Fowles. Conviene intentar alinear nuestros movimientos con los de otras especies, así podríamos reincorporarnos a la comunidad de la que hemos querido escapar, a veces de manera inconsciente.

 

Manizales, 25 de mayo de 2018.