1 de julio de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Nacidos en mayo: Internet

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
18 de mayo de 2018
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
18 de mayo de 2018

internet

Óscar Domínguez Giraldo

Mi romance con la señora Internet, mujer fatal de la cibernética, fue un extraño caso de amor a  tercera vista. Cuando nos conocimos, no hubo ese big-bang o flechazo propio del primer enamoramiento. Fui retrechero a sus encantos. Internet, mi “dulce enemiga”, tuvo que pelar muchos cocos con la uña antes de hacerme doblar la dura cerviz de macho torpe y reacio  a sus coqueteos.

Mi novia virtual  encontró en el suscrito “que habla” a un rebelde sin causa y sin argumentos para acceder a los regalos que brindan la modernidad, posmodernidad y yerbas afines. Pero, bueno, hay que caer en la tentación porque después ésta no vuelve a presentarse, sostenía Wilde. En  mi caso, poco a poco fueron cayendo mis reservas ante los nuevos vientos. Y empecé a conocer el abecedario del cachivache.

Internet nació en 1973 (en mayo 17 celebramos su día) de una costilla del morbo de la curiosidad humana que quería hacer realidad aquello de que el mundo es un pañuelo. Hoy estornuda la aldea global y nos enteramos en un santiamén.

Lejos estamos del descubrimiento de América, un acontecimiento sin prensa. Pasaron muchos meses antes de que se conociera el noticionón (el más grande falso positivo de la historia) de que Colón y su banda habían llegado a las Indias.

Una forma cómoda y sin estrés  de hacer historia es viviéndola. Ahora tenemos el privilegio –y la desgracia- de asistir desde ring side, por ejemplo, al más reciente bombardeo en alguna esquina del planeta. Gracias a CNN  y por cortesía de alguna marca de preservativos, las peores locuras del bobo sapiens invaden  nuestra alcoba. Vivimos en la soledad acompañada de internet.

Ella lo contiene todo: prensa, libros, radio, televisión fotografía, música. Todo en una minúscula caja mágica. Todo por el mismo precio, o sea, gratis.

La red es la expresión máxima del culto a la velocidad, opio del tercer milenio. Hay que saberlo todo antes de que equis acontecimiento sea rebasado por otro. No hay tiempo de digerir la historia que nos llega por cuentagotas.

Y ni qué decir de esa otra herramienta fabulosa de internet, el correo electrónico que convirtió a los carteros en polvo de nostalgia. En segundos estamos conectados con medio mundo gracias a un escueto clic. (Para no hablar de la joya de la corona del correo, el wasap, que este moreno no utiliza).

En venganza por ninguniarlo durante siglos, un pacífico ratón (mouse) nos tiene por su cuenta. El repugnante ciber-roedor es nuestro brazo desarmado en internet. Un clic que se ha convertido en tic nos abre otra caja de Pandora.

Sin querer queriendo internet ha ido acabando con lo que quedaba de la privacidad. Nos  pasamos más tiempo navegando que amando. La lectura decae por culpa de este nuevo tirano del ciberespacio. Las relaciones familiares o personales carecen del encanto del cara a cara: las hemos cambiado por la frialdad sin sexapil de una pantalla. El erotismo pierde terreno frente al sexo virtual que alcahueta la red de redes. Onán se daría un opíparo banquete bajandomujeres huérfanas de cucos. (Aunque lo de Onán no era lo que se le atribuye sino el coitus interruptus, o sea, el sí pero no).

Está próximo el momento en que el constante y creciente uso de internet figure entre las primeras causales de divorcio, al lado de la infidelidad o los ronquidos pluscuamperfectos de alguna de las partes. Los médicos se especializan a marchas forzadas – y se llenan de plata- con el filón inagotable del tratamiento por la adicción a internet.

Internet es la forma de ganar perdiendo que inventó el bípedo implume de hoy, enemigo de sí mismo. Descubro el agua tibia cuando planteo que es el gran descubrimiento de nuestro tiempo, como en otras lo fue el del fuego, la rueda, el cine… Con el encanto adicional de que es un descubrimiento del cual somos protagonistas. Y eso que está sin inventar del todo. Como el hombre. (Inicialmente, publicado en El Colombiano).