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Homenaje a Gilberto Arango Londoño en las academias

21 de mayo de 2018
21 de mayo de 2018

El ex ministro caldense Gilberto Arango Londoño (1925 – 2006) es una de las personalidades nacionales a quienes este lunes, en el Paraninfo de la Academia Colombiana de la Lengua, les rendirán un homenaje dicha institución y la Academia Colombiana de Ciencias Económicas.

El homenaje forma parte de una serie de reconocimientos a académicos destacados en el libro “Huellas en la Academia” del escritor y periodista risaraldense Jorge Emilio Sierra Montoya, columnista de Eje 21.

En esa obra, Sierra incluye una entrevista a Arango Londoño que él realizó, como Director del diario “La República”, en 1996, y reproducida luego en sus libros sobre Protagonistas de la Economía Colombiana.

Gilberto Arango Londoño, fundador de Planeación

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

(Del libro “Huellas en la Academia” que se lanzará en la Academia Colombiana de la Lengua, previa convocatoria de esta institución y la Academia de Ciencias Económicas)

No fue el fundador en sentido estricto. Pero, sí el primer Director de lo que hoy es el Departamento Nacional de Planeación.

Eran otros tiempos. A comienzos de los años cincuenta, para ser exactos. Y en la Presidencia (e.) de Roberto Urdaneta, o sea, en el mandato de Laureano Gómez, con un comité asesor orientado nada menos que por el legendario Lauchlin Currie, cuya permanencia en Colombia se garantizó precisamente con dicha vinculación.

Por eso es que ahora, varias décadas después, Gilberto Arango Londoño tiene autoridad suficiente, más que suficiente, para hablar sobre los grandes temas económicos y cuestionar incluso a quien lo sucediera recientemente en el cargo, por defender el sistema de cofinanciación.

Me explico: para él, flamante ex ministro de Agricultura, el actual jefe de las finanzas públicas lo defraudó al propugnar desde Planeación Nacional por los controvertidos fondos de cofinanciación, los cuales, en su opinión, no hacen sino prolongar los auxilios parlamentarios, clientelistas, de vieja data.

Por tal motivo fue que renunció a la Comisión del Gasto Público, consciente de que sus austeras recomendaciones no serían tenidas en cuenta por la administración de turno, aquella que resultó tan amiga del mayor tamaño del Estado dizque para cumplir su ambiciosa política social a favor de los más pobres.

Se enfrenta, pues, al clientelismo, a la corrupción, a la degradación de las costumbres políticas, como buen laureanista, o sea, fiel seguir de El Monstruo Laureano Gómez, de quien conserva un pequeño busto en su oficina, situada en pleno centro de Bogotá.

Un buen preámbulo, en realidad, para mirar hacia el pasado (con espejo retrovisor, diríamos), hasta remontarse a la ya lejana infancia en su Manizales del alma…

De la montaña a la sabana

Su madre, de Medellín; su padre, manizaleño, el primer médico graduado que ejerció en su ciudad natal, puesto que los demás galenos provenían de otras regiones, especialmente de Antioquia.

La voluntad paterna era que estudiara medicina y fuese liberal. No la aceptó. Prefirió seguir la carrera de Derecho, y desde muy temprano, casi niño y con mayor razón en su juventud, se inclinó por el Conservatismo, por ser godo.

Como nació en 1925, su infancia transcurrió en medio de la República Liberal, iniciada en el año 30 con Enrique Olaya Herrera, El Mono de quien conserva su imagen, aunque borrosa en la memoria, durante alguna manifestación pública en la capital caldense.

No le atrajo el liberalismo, sin embargo. Lo sedujeron, en cambio, Silvio Villegas, Jaime Robledo Uribe, Fernando Londoño Londoño y Gilberto Alzate Avendaño (“Nunca fui alzatista”, aclara), por la brillantez de sus discursos, y Antonio Álvarez Restrepo o Francisco José Ocampo, fundador del periódico La Patria.

Eran los tiempos -para citar la célebre frase, aún repetida en las empinadas calles que van desde La Enea hasta Chipre- en que por Manizales cruzaba el meridiano intelectual de Colombia.

Y era, de veras, una generación privilegiada, bautizada en su momento como de grecocaldenses y leopardos, quienes brillaron en el panorama nacional por su erudición, la vasta formación literaria y filosófica, una elocuencia devastadora que hizo historia en el Congreso de la República, y la encarnación de aquella ideología de derecha, enfrentada al liberalismo social en boga (el de Alfonso López Pumarejo, por ejemplo).

En tales circunstancias, Gilberto Arango Londoño no podía sino ser alumno, como en efecto lo fue, de los hermanos maristas, en un colegio por cuyas aulas, hoy desaparecidas, cruzaron también figuras de primer orden en la vida colombiana: Arturo Gómez Jaramillo, Alberto Mendoza Hoyos, Hernán Jaramillo Ocampo y Hernán Uribe Arango.

Pero su conservatismo, por fortuna, se acentuó al venirse a Bogotá, apenas concluido el bachillerato. Entró a la Universidad Nacional. ¿Y cómo -preguntará alguien- no se volvió marxista o algo parecido?

Muy simple: estando en una minoría (eran apenas cinco godos en el curso y 25 en toda la Facultad de Derecho, hecho que dejaba enormes dudas sobre los mecanismos de selección), bajo la rectoría izquierdista de Gerardo Molina, no tardó en asumir actitudes de defensa, de autodefensa, en plan de lucha contra las mayorías liberales.

Fue rajado por Antonio García, su profesor marxista de economía colombiana, y en cambio salió a flote con maestros de la talla de Carlos Lleras Restrepo, Darío Echandía y Jorge Enrique Gutiérrez Anzola, siendo Pedro Gómez Valderrama el secretario general de la universidad.

De ahí que al poco tiempo de llegar a “la U” se vinculara a la campaña presidencial de Mariano Ospina Pérez, con quien el conservatismo volvería al poder. En calidad de agitador estudiantil, como es obvio.

El salto a Planeación

Con su título de abogado en la mano, se fue a Estados Unidos. A proseguir sus estudios, esta vez en Administración de Empresas, con especialización en Comercio Internacional, área que le permitiría abrirse paso en la carrera laboral, una carrera que en su caso no ha sido propiamente de obstáculos.

Al contrario, recién desempacado de su viaje al exterior, en 1951 y con 25 años encima, fue nombrado subsecretario de asuntos económicos y consulares de la Cancillería, título que hoy equivale simplemente al de viceministro.

En efecto, sobre él sólo estaban el secretario general, Alfredo Vásquez Carrizosa, y el Canciller, Gonzalo Restrepo Jaramillo, jefe conservador de Antioquia, por más señas casado con alguna parienta suya por el lado materno.

De aquella época, recordada con gratitud, Arango Londoño añora el seguimiento que hizo a un tratado comercial con Estados Unidos, que a pesar de no haberse llevado siquiera al Congreso le permitió poner en práctica sus conocimientos sobre comercio internacional, todo dentro de una honda crisis política, no tan grave -observa- como la que hoy padecemos, ciertamente con el gobierno americano al fondo.

Y cuando estaba en éstas, su viejo amigo, Antonio Álvarez Restrepo, le ofreció ser su secretario general en el Ministerio de Hacienda, lo cual le representó un ascenso significativo en su meteórica carrera burocrática.

Era un ministerio pequeño -comenta-, lejos del gigantismo estatal que nos ha caracterizado en los últimos años y que él, con base en las teorías de Milton Friedman, enfrenta a diario.

¿Y el presupuesto nacional? Óigase bien: ¡120 millones de pesos!, suma que en su momento provocó las más fuertes críticas de los sectores de oposición, a quienes se les respondía desde el gobierno con superávit fiscal y una baja inflación, nada comparables a las críticas circunstancias del presente.

Fue entonces cuando Urdaneta se lo llevó a Planeación, donde se dio el lujo de tener como asesores a Currie y Hirshman, dos de las máximas autoridades económicas en el mundo.

¿Con qué resultados? Pues con varios proyectos de ley (sobre fomento agropecuario, política monetaria, etc.) y un incipiente plan de desarrollo, basado en el informe de la Misión Currie.

“Ese plan sirvió para reabrir el crédito externo”, observa con satisfacción mientras subraya que tales recursos, provenientes del Banco Mundial, permitieron financiar un plan vial, mucho antes de lanzarlo con motivo de la apertura.

Tan bien le fue, por lo visto, que el mismo Urdaneta lo nombró abogado principal de la Presidencia (¡era sólo uno!), casi con la dignidad de ministro al lado del secretario general, Vásquez Carrizosa, y el secretario económico, Jaime Córdoba.

“Ahí me sorprendió el 13 de junio”, explica. Y como era laureanista y por tanto antigolpista, tomó el camino del exilio… hacia Manizales. Era el retorno del hijo pródigo tras saborear las mieles del poder en los envidiables círculos palaciegos.

Laureanista contra Rojas

En Manizales, a pesar de asumir la gerencia del Banco del Comercio, siguió metido en la política y naturalmente en la oposición. Desde las páginas de El Insurgente, periódico fundado para tal fin, despotricaba del gobernador de Caldas, el General Gustavo Sierra Ochoa, y del Presidente Rojas Pinilla, bajo la orientación de Laureano Gómez y Belisario Betancur, quien había asumido el liderazgo nacional del movimiento opositor.

No obstante, la capital del país volvió a traérselo de las queridas tierras cafeteras. Esta vez fue don Mario Santo Domingo (el papá de Julio Mario), para designarlo su apoderado en distintos negocios, funciones que desempeñó durante dos largos años.

“Don Mario -recuerda- era de gran sencillez. A veces me despertaba a las seis de la mañana para consultarme sobre asuntos financieros y cambiarios. En realidad, tuvimos muy buenas relaciones”.

Tan buenas acaso que de haber seguido a su sombra estaría, a lo mejor, ocupando el lugar de Augusto López Valencia, presidente de Bavaria, una de las tantas compañías del Grupo Santo Domingo.

Pero las influencias palaciegas, del alto gobierno, se atravesaron de nuevo. En plena Junta Militar, aquella que sucedió a la dictadura, y cuando ya se disponía a asumir el consulado en Nueva York, le ofrecieron la gerencia general del Banco Popular, en reemplazo de Luis Morales Gómez.

Aceptó, si bien la entidad -explica- afrontaba una crítica situación financiera que obligó incluso, tras su intensa gestión, a que le destinaran el diez por ciento del presupuesto nacional para capitalizarlo.

“Defendí la subsistencia del banco y lo saqué adelante”, dice con orgullo.

Estando en esas, salió elegido Senador por Caldas, todo por sus méritos en la oposición y haber sido quizás el único notable en su región capaz de hacerlo (“La plana mayor se volvió rojista o se escondió”, apunta en tono crítico), fuera de simbolizar -confiesa- el regreso de Laureano Gómez del exilio en España, desde donde le escribió algunas cartas que todavía conserva.

“Laureano me llenó políticamente -afirma-, en especial por su lealtad a los principios conservadores”.

Lealtad -cabe anotar- que él hizo extensiva a su hijo Álvaro, víctima de otro terrible magnicidio en medio de la sangrienta violencia que azota al país.

Como laureanista, pasó luego a ocupar la gobernación de su departamento, apenas el justo reconocimiento a uno de los caldenses más ilustres del siglo XX.

El joven ministro

Y como laureanista, en representación del glorioso Partido Conservador, formó parte del primer gabinete del Frente Nacional, durante el mandato de Alberto Lleras Camargo, en compañía de Julio César Turbay Ayala, Virgilio Barco, Rodrigo Llorente, Otto Morales Benítez y Hernando Agudelo Villa, para citar algunos.

“Usted es repugnantemente joven”, le dijo Lleras cuando lo llamó para entregarle el Ministerio de Agricultura. Lo era, en verdad: recién había cumplido 32 años, como otros de sus futuros colegas (era el kínder de la época, sin duda).

Allí estuvo más de un año -con buen clima y buenas cosechas, aunque el precio externo del café se fue al suelo-, y salió por voluntad de Laureano, lanzado por enésima vez a la oposición.

Regresó al Senado. Y si bien era su segundo período, sin haber sufrido derrota electoral, prefirió marginarse del Congreso, por carecer -según él- de vocación política.

No lo mantuvo siquiera en su curul un histórico debate con Carlos Lleras Restrepo, en torno a la reforma agraria (“El tiempo me dio la razón”, sentencia), ni sus iniciativas a favor de la autonomía del Banco de la República, con junta independiente y no formada por diferentes bancos, que se abrieron paso con el correr de los años.

Abrió su oficina de abogado (junto a Belisario Betancur y Jorge Vélez García), con algunos negocios particulares de por medio (socio de una mina de asbesto en Antioquia, gerente de una compañía respaldada por Corficaldas, fundador de una fábrica de ladrillos que después se fusionó con la Ladrillera Santa Fe…), hasta cuando fue escogido presidente de Asoexport, la asociación que reúne a los exportadores de café.

Desde 1978 hasta 1991, cuando lo reemplazó Roberto Junguito, anduvo por esos menesteres con un libro a cuestas: Por los senderos del café, el cual le hace compañía a su best seller, Estructura de la Economía Colombiana, del que está próxima su octava edición.

Y de 1991 hasta hoy, dicta cátedra, escribe sus muy leídas columnas periodísticas (fue Premio Simón Bolívar, nada menos), y despacha en su oficina del centro de Bogotá, desde donde a veces mira hacia el pasado. Con espejo retrovisor, claro está.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua