8 de mayo de 2021
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CEREBRO

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de mayo de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de mayo de 2018

Víctor Hugo Vallejo

Fueron muchos días de trabajo en los que las cuentas se debían hacer con mayor rigurosidad porque algo debía ahorrar del magro salario como albañil. Pretendía comprar los guayos de fútbol más caros del momento, con los que jugaban los grandes de los torneos profesionales europeos, que se veía por televisión en asocio con su hijo que nunca parpadeaba. El niño había comenzado a jugar en serio, con su apoyo, con su guía, con su consejo, con su respaldo permanente. Ahorraría mucho para poder comprar esos guayos. Decían que por el material de su confección, generaban un efecto especial en el balón cuando se le pegaba de media o larga distancia. Hubo días en que quedaba tan poco –no era que quedara, era que forzaba a quedar-, que pensó en desistir, al fin y al cabo el niño ni siquiera sabía que él estaba pensando en regalárselos. Pero no cejó. No podía parar, su conciencia nunca se lo permitiría. Era cuestión de paciencia. Ya había averiguado el precio y era alto, muy alto, pero tenía que alcanzarlo.

Después de muchos días trepado en un andamio, haciendo toda clase de trabajos de albañilería, arreglando casas y reparando goteras, con privaciones de todo orden, al punto de que debió contarle a su esposa lo que sucedía, porque estaba ganando menos ahora, para borrar las sospechas de gastos extras por fuera de los deberes del hogar, logró llegar a la suma mágica. Fue al establecimiento de comercio, los compró casi con lágrimas en los ojos. Se fue a casa y espero la llegada del chico del colegio. Se los entregó y entre los dos, abrazados fuertemente, rieron mucho y se hicieron sueños sobre la comba que iban a tomar sus tiros libres y del orgullo del chico por jugar con los guayos con los que solo jugaban los mas grandes del futbol internacional.

Apenas tenía 8 años y ya estaba jugando en un club organizado, con uniformes, con profesores, con entrenamientos programados. Se había acabado la calle, las canchas en mal estado, el juego improvisado. Ahora sólo jugaba en el club, con horarios, con técnicas, con tácticas, con planeación de cada jugada. Su talento improvisaba en la cancha, pero siguiendo las instrucciones de cómo ser más colectivo, como rendir más y como hacer más efectivo y eficaz a su equipo, pues desde siempre supieron que era un organizador nato, de rápido pensamiento, prontas decisiones y atento a cada movimiento del balón.

José Antonio no olvida ese enorme esfuerzo que debió realizar en sus finanzas personales, de las que dependían sus dos hijos y su mujer, para adquirir unos guayos que pocos profesionales se atrevían a comprar por su valor comercial. El muchacho, que ahora no lo es tanto, tampoco ha borrado de su memoria ese gesto paternal y por eso cuando decidieron entre los dos que buscarían el camino del futbol como realización personal, en el joven sólo hubo un pensamiento: bajar de los andamios y las escaleras a su padre, para que no siguiera corriendo peligro y que no tuviese que trabajar durante tantas horas por tan poco salario. De ahí en adelante quien trabajaría al sol, sería él, pero haciendo lo que le gustaba desde cuando conoció una pelota: pegarle con precisión, hacer dribles con ella, avanzar y empujar al equipo siempre hacia la victoria. Lo lograría y lo logró de sobra.

Sabía que su padre como albañil no era el empresario capacitado para manejar su carrera deportiva. Pero también sabía que contaba con el mejor papá del mundo y que por amor los dos se iban a entender por siempre jamás. Cuando de chico le comenzaron a hablar al oído para llevárselo a los clubes profesionales y tenerlo en el camino de formación, siempre dijo: hablen con mi padre, lo que él diga está bien. Y confió en su padre. Y este tuvo la suficiente inteligencia intuitiva para irlo llevando por el camino adecuado.

Lo primero que hizo José Antonio fue llevarlo a prueba al Club de Futbol Albacete de la provincia en que se ubica su pueblo natal Fuentealbilla. Lo probaron en pocos minutos. Ahí había un futbolista completamente distinto a los demás chicos. El talento lo tenía de manera natural y los aprendizajes serían mucho más fáciles con él, pues tenía la intuición propia de quien tiene dibujados en la mente el balón y la cancha. Lo dejaron en las divisiones infantiles, por lo que su padre consideró necesario el esfuerzo de comprarle los mejores guayos para que le rindiera más en el campo de juego. Ya se había acabado ese accionar desordenado del niño jugando en cuanto espacio abierto encontraba. Ya se dedicaría a jugar lo que sabía y a aprender futbol.

Estando en las divisiones infantiles del Albacete, en alguna ocasión en un programa local de televisión, junto a otros niños, les pidieron que dijeran cual era el equipo de sus preferencia y él dijo con claridad: a mi me gusta el Real Madrid. La vida le mostraría el camino contrario del aficionado español, ser el mejor jugador y el hincha privilegiado del Barcelona. Puede más el balón en la cancha, que las emociones en el ser.

Cuando tenía 12 años participó con el Albacete en un torneo nacional de niños de su edad. Lo vieron los empresarios del Barcelona. Le dijeron que fuera a probar suerte. El niño respondió con seriedad y mirando de frente: hablen con mi padre, si él acepta bien, si no acepta me quedo aquí.

Su padre habló, se entusiasmó, pidió explicaciones de cuales eran las condiciones de su ingreso al que es considerado el mejor Club de futbol del mundo. Le dijeron que iría a la Masía, la escuela de formación de nuevos jugadores. Estaría interno, lejos de casa, sometido a un régimen disciplinario muy serio, estudiando y jugando al futbol y recibiría a cambio la manutención, los implementos deportivos adecuados y la dirección de docentes que se ocupaban de esos procesos formativos.

José Antonio y el chico antes que padre e hijo eran grandes amigos. Disfrutaban mucho cuando estaban juntos y siempre que podían compartían las transmisiones de los torneos profesionales. Eran una pequeña familia muy unida, muy cercana. La madre era tan o más apegada al niño que el padre. El muchacho era muy cercano de su hermana. La distancia no sería fácil. Pero junto a su padre había tomado la decisión de dedicarse a ese deporte, con el sueño de bajarlo de su andamio peligroso y alejarlo de ese duro trabajo que tanto le maltrataba sus manos y la vida. Fueron juntos, su madre nunca su opuso, hubo llanto, despedidas y decisión de hacer lo mejor para todos. El chico se quedó. Sintió nostalgia en la noche. Estaba al lado de chicos de su edad, muchos de los cuales no soportaron la lejanía de sus familias y regresaron a casa. El lo haría, seguiría adelante porque así lo quería y así lo quería toda su familia. Estaba lejos pero con la fuerza mental permanente de un padre, una madre y una hermana. Sería futbolista y la vida de la familia sería otra. La nostalgia produce emociones, pero no genera futuro vital. Lo tenía claro.

En 1998 comenzó un camino que al cabo de 22 años ahora tiene su fin, con lágrimas en los ojos, las que no hubo cuando se despidió de su padre para quedarse en la Masía, porque a pesar de tener un contrato con el Barcelona de carácter vitalicio (el primero que se suscribe a nivel mundial en Club alguno de futbol), tanto el club como el jugador se han dado la oportunidad de explorar nuevos caminos, en los que habrá una jugosa recompensa para ambos, en una determinación de colaboración de dos que se quieren tanto.

Andrés Iniesta Luján, el talentoso mediocampista del Barcelona pone fin a su relación con el club de siempre al finalizar la presente temporada, es decir un poco antes del Mundial de Rusia y marchará a China, a jugar con el Chongqing Dangdai, que por tres temporadas le garantiza un contrato por 180 millones de euros y adquiere el compromiso de abrirle el mercado chino a los vinos de su industria en Fuentealbina, que en el último año ha tenido problemas de flujo de caja del orden de los 30.000 euros. Le pagan la cláusula de rescisión al Barcelona, una cifra que no se ha revelado, y el jugador que considera cumplido su ciclo en el club de sus amores y se marcha porque considera que a los casi 34 años ya no va a rendir lo mismo, pero si lo puede hacer en un torneo de menores exigencias físicas, en un país que construye el mercado de una de las industrias más fuertes del mundo actual, como es el futbol y eso se hace con nombres ilustres, ya inscritos en lo más granado de la historia de este deporte, como este español pundonoroso, talentoso, claro, preciso, serio, respetuoso, señor antes que nada.

Del Barcelona se va una insignia. Se va el capitán. Se va el autor del gol que en el 2010 le dio el único título mundial en la categoría absoluta que tiene España, cuando al minutos 116 del partido contra Holanda, en un alargue necesario ante la no conversión de tantos en el tiempo reglamentario, se supo que los ibéricos de la mano de ese conductor excepcional en el medio campo, con la camiseta 6 en su espalda –en el Barcelona siempre jugó con el 8- eran los nuevos amos de este deporte de multitudes. (En ese año estuvo en la final del concurso del Balón de oro al mejor futbolista del plantea que otorga la revista Francois Futbol, que no termina de arrepentirse de la injusticia de no haberlo declarado ganador, ahora piensan en un Balón de oro honorífico para subsanar un poco esa garrafal equivocación) A esta selección tampoco volvió en este año, no va a Rusia 2018. Es consciente de su edad y su declive, pero sabe que le queda mucho futbol en su cuerpo y en su mente y por eso no se despide aún en forma definitiva, simplemente busca horizontes no imaginados antes.

Nacido en Fuentealbilla, en Albacete, España, un pequeño poblado de apenas 2.000 habitantes, quienes lo conocen y lo saludan de manera personal cada que va a su factoría de vinos que lleva su apellido, y en la que laboran todos sus familiares y amigos, un 11 de mayo de 1984, casado con Anna Ortiz, con quien ha procreado a Valeria y Paolo, Andrés Iniesta es símbolo del futbol bien jugado, de caballerosidad en el campo, en el que es fuerte, pero no desleal, e hijo de José Antonio Iniesta y Mari Luján, nieto de Andrés Iniesta, su primer y mayor hincha, ahora se va a tierras lejanas a seguir haciendo lo que más le gusta y sabe hacer, pero ya sin la soledad de la Masía, pues irá con su familia. Todos los hinchas del Barcelona y del futbol lo lamentan, porque ahora será más difícil verlo colocando el balón con precisión milimétrica y organizando ataques que desde que los inicia se sabe que van a terminar en gol, por lo escasas que son en esta parte del mundo, las transmisiones por televisión del futbol chino.

Iniesta sabe que jugar al futbol no es solamente pegarle patadas a un balón, ponerse unos guayos y un uniforme y correr 90 minutos. Sabe que antes que nada es pensar, armar, planear, imaginar, inferir y hacer. La jugada primero tiene que estar en la cabeza y saber transmitirla a los compañeros para que ellos hagan lo que se debe hacer. Cuando pensaron en ponerle un apelativo que lo presentara de manera multitudinaria, ante su recia personalidad, la seriedad de su talante y la concisión de sus jugadas no quedó alternativa que llamarlo el Cerebro, como se le conoce y como actúa. Recibe el balón y ya sabe que va a hacer con él. No lo retiene, no lo guarda, no lo esconde es para seguir jugando, corriendo, avanzando. Para Iniesta el futbol es dinámica, por encima de todo.

Iniesta se va del Barcelona como el más ganador. En casi 22 años de carrera ha obtenido con el Club un total de 32 títulos, tanto nacionales, como internacionales. Debutó frente al Mallorca el 21 de diciembre de 2002 y ganaron 4-0. De ahí en adelante jugó un total de 670 partidos, con 466 victorias, 128 empates y 85 derrotas. Marcó muchos goles, pero fueron más los que ayudó a armar, por la precisión milimétrica de sus pases. Le va a hacer mucha falta al Barcelona, pero él es consciente de que ya no es el mismo, pues a pesar de su ordenada vida personal, los años no van pasando en vano.

Estuvo en todas las categorías del futbol español con la Selección nacional. Fue campeón de Europa en el torneo sub-16 de 2001, en el sub-19 de 2002, subcampeón mundial juvenil en el 2003, campeón de la Copa de Europa con la selección absoluta en los años 2008 y 2012, campeón del mundo en el 2010 frente a Holanda al que vencieron 1-0 con su gol al minuto 116 en el alargue temporal.

Lo que el futbol le ha dado lo ha invertido en su familia, primero que todo, su padre ya no se sube a los andamios a realizar obras materiales, su madre y su hermana viven de la mejor manera, sus esposa y sus hijos llevan una existencia holgada, es dueño de las Bodegas Iniesta que genera cientos de empleos para los pobladores de Fuentealbilla y se hizo el mayor accionista del Club de Futbol Albacete, en reconocimiento a la oportunidad que le dieron cuando su padre, apenas a los 8 años de edad, lo presentó en solicitud de una oportunidad y lo dejaron de inmediato para comenzar la formación de un verdadero genio del futbol.

Iniesta no se ha ido del futbol. Se va a jugarlo un poco lejos de los terruños de sus amores: Albacete y Barcelona, pero aún le quedan muchas jugadas de esas sencillas, simples que producen tan buenos resultados. Por encima de mover los pies y correr, antes piensa que va a hacer con el balón y lo hace. Un señor en el amplio sentido de la palabra que ahora cumple 34 años y jugará por 3 más en China.