20 de septiembre de 2021
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La mentira y el poder

23 de abril de 2018
Por Alejandro Bedoya Ocampo
Por Alejandro Bedoya Ocampo
23 de abril de 2018

TRIBUNA UNIVERSITARIA

 

 

Por: Alejandro Bedoya Ocampo

 

 

 

Quien diga que nunca ha dicho una mentira, ya está mintiendo. Mentir es necesario para conservar las relaciones sociales, incluso dentro de los mismos vínculos de familia. La mentira  per se no implica inmoralidad, es injusto calificarla como tal cuando de ella se extrae la imaginación, la estrategia, el ingenio, etc. De su esencia discurren novelas, películas y poemas opulentos que actúan como estimulantes de la humanidad. Ejerce una influencia de trascendental importancia para no perecer en esta realidad lógica cada vez más fría e insensible.

El trasegar de esta figura a lo largo de la historia implica un estudio cuidadoso que en efecto no aplica en nuestro caso, pero que visto desde un eje trasversal, nos permite considerar cómo la mayoría de las grandes guerras y revoluciones se han gestado a partir de mentiras no obstante produzcan desenlaces que dejen resultados positivos para la humanidad. Sin embargo, dentro de la naturaleza del hombre, también cabe la mentira en la implementación del mal. Allí nacen las relaciones de palabra con autoridad que por ejemplo, tiene acogida en familias renacentistas influyentes y poderosas como los Borgia, los Sforza y los Médici. Todos dispuestos a hacer lo necesario para mantener su estatus sin importar las consecuencias que ello pudiera acarrear al pueblo.

El apelativo a la mentira no implica, ni mucho menos al día de hoy, tratar algo contrario a las convicciones. De hecho esa es la verdadera mentira. Y es que así como las familias renacentistas tenían a su disposición la demagogia para opacar los hechos oscuros que los rodeaban -logrando así mantener y ganar adeptos- de esa forma se acude a las ideas más forzadas para conservar u obtener el poder. El caso concreto, vigente en nuestros días, tiene asidero en la lucha por el poder que otorga la presidencia de la república.

Hemos tenido la oportunidad de escuchar a los candidatos presidenciales gracias a los debates organizados por alianzas de entidades regionales del país. Creo que es a ese tipo de posturas que hay que ponerle atención, no tanto a las encuestas, de manera que se prestan para manipular,- y al igual que la mentira- intentar trasformar la realidad en pro de su propia conveniencia; tanto así que alrededor de 1200 personas encuestadas vienen a determinar la persona favorita a ocupar tremendo cargo.

Seguir a las encuestas como pastor espiritual es un error que ha sacrificado grandes personas con inigualables dotes intelectuales en nuestra historia republicana: Carlos Gaviria Díaz y Antanas Mockus son los referentes por excelencia. Recordemos que para las encuestas, Trump era un gran derrotado; Santos y Zuluaga, en segunda vuelta de 2014, tenían un empate técnico, cuando en realidad uno le sacó a otro un 7% de diferencia; el Sí en el plebiscito por la paz iba a salir avante (pronosticaba 60% a favor cuando ni siquiera llegó al 50%). Hoy Duque y Petro lideran las encuestas, pero eso no habla más que de la estrategia de los negocios que se forjan tras bambalinas, no de lo que quiere el pueblo soberano en realidad.

A pesar de ello debo admitir que sí me llama la atención una publicación de La Silla Vacía, donde se analizan los argumentos de los candidatos en el último debate de cadena nacional. Según el análisis, Sergio Fajardo y Humberto De la Calle son los candidatos con menos margen de declaraciones contrarias a la realidad o que incitan al engaño. Por el contrario, los extremos que están representados por el resto de candidatos, son los que divagan en propuestas inalcanzables o con intenciones falsas ¿No les parece que algo quiere decir que los mejores posicionados en este ranking sean los más comprometidos con la educación? Porque así quedó demostrado en el encuentro “la educación importa”. Solo estos cumplieron la cita y debatieron con sólidos argumentos.

Hay algo que me da vueltas en la cabeza, una contradicción de la cual no nos hemos percatado pero que cada día toma más fuerza en la manipulación mediática; los poderosos lo saben. A Sergio Fajardo se le tilda de tibio, a mi consideración, porque no expresa muchas veces lo que la gente quiere escuchar, porque es realista. Algo semejante sucede con De la Calle. Sin embargo ocurre que al mismo tiempo la gente suele expresar estar cansada de que le digan mentiras. La solución la tienen los personajes radicales, tanto de derecha como de izquierda, que puede ser graficado con una sencilla analogía: son dos colores distintos que finalmente pertenecen a una sola bandera. No significan un cambio de fondo para las necesidades del país. Aun conociendo que los postulados no tienen sustento alguno en la realidad, ellos acomodan su discurso para que los receptores se sientan protegidos, les endulzan el oído con mentiras y de ese modo convecen el electorado para obtener el poder.

Infortunadamente, las propuestas insostenibles tienen que ceder en algún momento. Santos plasmó en piedra no subir impuestos y sin embargo terminó haciéndolo. Por ello Maquiavelo sigue presente en nuestros días cuando escribía que “un señor prudente no puede, ni debe, observar la palabra dada cuando tal observancia se vuelva en contra por no existir ya las causas que dieron lugar a la promesa” pero si no las hubo, es evidente que nunca se van a materializar.

El radicalismo no puede ser el estandarte de la esfera política. Al respecto Mauricio García Villegas propone como “En Colombia hay que crear un centro de pensamiento con la mirada y los objetivos de izquierda, pero que trabaje con la disciplina, el orden y la constancia de un centro de pensamiento de derecha”, precisamente ahí puede estar la clave para la superación de la ingenuidad a la cual apela la política tradicional

La mentira es la bandera de manipulación. De hecho puede configurarse dentro de la segunda estrategia de manipulación mediática que referencia Noam Chomsky: Crear problemas para luego brindar soluciones. Lo delicado es que en nuestro caso las soluciones no son un barro fácil de manipular, peor aun cuando la persona que está a la cabeza no es la más idónea para la gobernanza de un país complejo como Colombia. Permítaseme culminar con este sugestivo enunciado del mismo Chomsky en el libro Curso de autodefensa intelectual de Norman Baillargeon: “Creo firmemente que los ciudadanos de las sociedades democráticas deberían hacer un curso de autodefensa intelectual para protegerse de la manipulación y el control, y sentar las bases para conseguir una democracia mejor”.

Si bien no contamos con un polígrafo que nos diga qué camino elegir y así evitar la mentira, por lo menos podemos reunir esfuerzos para superar esta crisis de la apariencia. Por lo pronto es incuestionable admitir: ¡Qué falta nos hace un curso de autodefensa intelectual! Porque mentira y poder, tenemos de sobra.