8 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

En los 95 años de Mejía Vallejo

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
28 de abril de 2018
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
28 de abril de 2018
Ilustración de David Gómez Henao.

Óscar Domínguez Giraldo

A pesar del día sin carro, hubo lleno hasta las banderas en Torre  de la Memoria,  el edificio que le hace la segunda a la Biblioteca Pública Piloto mientras termina el eterno sabático –por polichada y pintura del edificio principal- de los personajes de los libros que alberga. Incluidos los de Manuel Mejía Vallejo, centro de la velada para celebrarle su cumpleaños 95 el día del idioma.

Tres voces cercanas, íntimas, nos pusieron al día:  su esposa Dora Luz Echeverría y sus hijos Valeria y Pablo Mateo. Adelaida, quien se hizo acompañar de su bebé brazos, lo hizo desde su arte de bailarina.

Había estrepitosa mayoría femenina. Al escritor lo querían bellas, feas, bajitas, altas, gordas, anoréxicas, de tres ojos. Manuel, como le decía su entorno, sacó tiempo para incautarle novia al poeta Eduardo Escobar a quien no le alcanzaron la prosa, la poesía, ni la ropita para evitar la expropiación.

¿Cómo se conocieron Mejía Vallejo y Dora Luz? El fabulista jericoano tocó una vez a la puerta de una casa que era punto de encuentro de intelectuales paisas. Le abrió una niña de doce años. Se asustó tanto con el forastero que le tiró la puerta en la boina. Mamá, hay un hombre de barba verde en la puerta, informó.

La futura suegra, la artista Dora Ramírez, que lo conocía, autorizó la entrada del intruso. En esa puerta que se abre y nace un amor eterno, hay una novela. Esculquen en el computador.

El advenedizo le notificó a la niña a la que le llevaba 25 años: Ese señor de barba verde será tu novio. Terminaron casados, fueron felices, cero perdices y criaron hijos para el cielo.

Se despelucaron siete años como amantes felices. La abuela le dio un certero consejo a su nieta: No se case, siga de amante. La pareja de amantes desobedeció, y siguieron siendo felices.

Un dato insólito que conocimos: Mejía Vallejo siempre estaba disponible para sus hijos, y en general, para los niños. Así le estuviera poniendo comas o sumándole metáforas a “Las noches de la vigilia”, el libro que más impactó a su mujer.

¿Que estaba  chuzografiando “El día señalado” que le encantó a Valeria? No importa, sus pequeños podían entrar, pararse en el rodillo de la máquina de escribir o sobre cualquier vocal. Papá los recibía. Los niños primero, el Nadal y el Rómulo Gallegos, después. (Pablo Mateo se queda con “Aire de tango”).

Evocación de Mejía Vallejo en Torre de la Memoria. Aparecen Valeria, el moderador, Dora LUz, Pablo Mateo y a la derecha, Adelaida, de pie, con su bebita en brazos. (Odg)

El escritor conectaba con todo el mundo, empezando por los niños, suyos o ajenos, a los que le concedía toda la beligerancia.

Durante la velada, conocimos la mala noticia de que murió la fundación que vela por su legado: Los recursos asignados para mantenerla a flote no volvieron, como ciertas golondrinas de Bécquer. Menos mal, Mejía Vallejo era un prolífico fabricante de amigos, alumnos y lectores. En ellos se prolonga. Tiene asegurada la inmortalidad. Eso sí, nunca usó su prestigio en su favor o para beneficiar a su entorno. Cero roscas.

Inventaba juguetes y descubría talentos: escriba, lea, pinte, eran los consejos insistentes del tallerista de la Piloto.

A Dora Luz le gustaría grabar un cedé con las canciones que le gustaban a sus amigos. En la musical casa, se cantaba todo el día. Una puerta se abría así, por ejemplo: ¡Vamos a abrir la puerta!, ¡vamos a cerrar la llave!, ¡vamos a lavar los platos!

En su casa o en Ziruma, su refugio campestre, levantaban una almohada y se oían tangos, boleros, música vieja. Escuchaba radio todo el día. Dormido, reía con Montecristo.

La manifestación de mejiavallejólogos nuevos y viejos, incluida una dama otoñal que llevó croché, se disolvió pacíficamente después de escuchar a Gloria Acevedo Toro, “La Gardelita” y a Luis Dapena.

“Adiós, muchachos…”.