9 de mayo de 2021
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Un ex secuestrado que quiere regresar a la Cámara para confrontar a sus victimarios

Por José Miguel Alzate
9 de marzo de 2018
Por José Miguel Alzate
9 de marzo de 2018

OSCAR TULIO LIZCANO 

Por JOSE MIGUEL ALZATE

Ya estuvo en la Cámara de Representantes una primera vez. Pero por cumplir la palabra empeñada, sólo pudo asistir a sesiones durante tres meses. Todo porque aplazó dos años su ingreso a esa corporación para dejar asistir a los otros cuatro integrantes de la lista seis meses cada uno. Fue por allá en la mitad de la presidencia de Andrés Pastrana Arango. Era cabeza de lista por el grupo del entonces senador Omar Yepes Alzate. Tenía en su mente, claro, el deseo de trabajar por el desarrollo del departamento y, al mismo tiempo, de hacer algo por Riosucio, el municipio donde inició su carrera política al lado de Alcibiades Diaz Aristizábal. Pero el 5 de agosto del 2000 su sueño se truncó: un comando de las Farc lo secuestró cuando transitaba por la carretera que comunica a Riosucio con la población antioqueña de Jardín, convirtiéndolo en el primer político en su poder.

Oscar Tulio Lizcano estuvo antes en el Senado de la República. Rodrigo Marín Bernal, que era para la época el aliado en Caldas de Alvaro Gómez Hurtado, le dio la oportunidad poniéndolo como suplente suyo. Lo hizo porque lo convenció su trabajo en la Oficina de Planeación Departamental, donde empezó a demostrar sus amplios conocimientos de economía. Para esa época, en la convención conservadora del Hotel Las Colinas se propuso el nombre de Gilberto Alzate Ronga para esa suplencia. Pero Alfonso Hoyos Giraldo se la jugó por él. Eso fue después de que abandonara sus veleidades izquierdistas. En Riosucio todavía recuerdan cómo, en sus tiempos de estudiante, en compañía de Iván Darío Góez y César Valencia Trejos, entonces jóvenes inquietos, promovía protestas contra la clase política. Un día decidieron colarse en una manifestación que hacía Alcibiades Diaz Aristizábal para, con pitos, protestar contra su discurso.

Óscar Lizcano recorrió la carrera 23, una de las más emblemáticas de Manizales, acompañado del padre Leopoldo Peláez.

De su niñez recuerda las caminadas que le tocaba hacer cuando vivían en la finca El Bosque, en una vereda de Cartago. Iba desde El Äguila hasta Ansermanuevo, acompañando a su mamá que ¡quien lo creyera! se dedicaba a la arriería. Aunque era la propietaria de la finca, le gustaba arrear mulas. Sin dársele nada, ayudaba a organizar los animales para ponerles encima los bultos de café. El hijo marchaba  a su lado, cogido de la mano, llenándose las pupilas de  paisaje. Pero la violencia política que entonces vivía el país los obligó a salir de la finca. Un día doña Ascención, que así se llamaba la mamá, les dijo que tenían que irse a buscar vida en otra parte. Salieron entonces de la finca. Sin entender las razones, la familia viajó a Medellín. Ya en esa ciudad, se organizaron en un apartamento estrecho, por los lados del estadio. Los ocho hijos, seis hombres y dos mujeres, se resignaron a no ver más los cultivos de café, ni las vacas en la pesebrera en el momento del ordeño, ni los potreros donde retozaban las mulas ni las gallinas cacareando al poner los huevos. .

La prensa internacional publicó entonces fotografías escalofriantes de Lizcano después de que volvió a la libertad. Imagen El Mundo, de España.

Ocho años largos en el monte, sin saber en dónde se encontraba, alimentándose sólo con arroz, papas y lentejas, dejaron en Oscar Tulio Lizcano una sombra amarga. Sus momentos de soledad los llenaba escribiendo en hojas sueltas poemas para esa barquerita que el país conoció a través de los medios de comunicación cuando expresaba su tristeza por la angustia que él vivía. Colombia lo vio ese 26 de octubre de 2008 demacrado, casi en andrajos, la barba cubriéndole el rostro, sosteniéndose con dificultad, en el momento en que después de una fuga de tres días por la selva se encontró con los soldados. Isaza, el guerrillero que lo ayudó a escapar, lo llevaba sobre sus hombros cuando veía que ya no era capaz de caminar, que físicamente estaba extenuado, que las fuerzas parecían vencerlo. Sin embargo, sacaba ánimo de donde no tenía para continuar ese camino en busca de la libertad. Pero siempre con un miedo agazapado en el alma, con el temor de que los guerrilleros estuvieran buscándolos, pensando que de entre los matorrales iban a salir hombres armados que dispararían contra ellos.

Tras huir, días fue recibido por el presidente Juan Manuel Santos.

Ni siquiera cuando se encontró con el ejército Oscar Tulio Lizcano respiró tranquilo. Por un momento llegó a pensar que esos hombres armados que estaban al otro lado del río pertenecían a la guerrilla. Pero el corazón le dijo que debía confiar. Entonces empezó a cruzar con la esperanza de volver a ver a su familia, de sentir de nuevo sobre su rostro el aire de la libertad, de poder ver la luz después de tantos meses hablándole a los árboles como si fueran sus alumnos en la universidad. Un aire fresco le llenó la mirada cuando le dijeron que eran soldados, y que estaban ahí para llevarlo de nuevo a la civilización, a reencontrarse con esa barquerita que a través de la radio le hacía escuchar esos boleros con que la enamoró allá en ese Riosucio donde desplegó las alas para ingresar a la actividad política. Esos años en la selva, durmiendo en cambuches, bañándose en quebradas lúgubres, sintiendo sobre su piel el frio de la lluvia en las noches lo marcaron para siempre.

El primer libro que leyó fue Crimen y Castigo, de Fedor Dostowieski. Cursaba la primaria cuando la obra cayó en sus manos. Internado en el liceo Gregorio Gutiérrez González, de los Hermanos Cristianos de la Salle, en La Ceja, descubrió que la literatura le llenaba el cerebro de conocimiento. Había allí una biblioteca bien dotada. Los religiosos que orientaban el plantel educativo eran humanistas formados en lecturas exigentes. Y les transmitían a los alumnos todo eso que descubrían en los libros. Como en las noches hacía un frío intenso, se envolvía en una cobija y, con un libro en la mano, se encerraba en el baño para leer hasta que lo venciera el sueño. Esa pasión por la lectura fue despertando en el alma de Oscar Tulio Lizcano su espíritu contestatario. Y fue lo que le permitió en Riosucio, mientras cursaba los últimos años del bachillerato en el Instituto Nacional Fundadores, mostrar su rebeldía. Tanto, que organizó paros que lo llevaron a los calabozos. Fue por estos tiempos que conoció a la mujer que a la edad de 26 años, ya graduado de economista,  convertiría en su esposa: Martha Arango.

Lizcano con su esposa Marta Arango, «La Barquerita»

Todo ese bagaje intelectual le sirvió para hacerse merecedor de una beca para estudiar en la Universidad de Medellín. Y gracias a su entrega al estudio, a sus deseos de ser alguien, a sus ansias de conocimiento se convirtió en el mejor estudiante. Ese título se lo ganó porque fue capaz de interpretar El Capital, de Carlos Marx. El profesor que les exigió leer el libro lo felicitó porque pocos fueron capaces de llegar hasta el final. Se graduó, entonces, con honores. No obstante que en esa universidad promovió una huelga que lo llevó tres meses a la cárcel porque terminó en asonada, le entregaron el título de economista en una ceremonia fastuosa. Cuando empezó a pretender a la hija de Pedro Arango Agudelo, un hombre dueño de tierras en Riosucio, debió demostrarle a su futuro suegro que ya era profesional y que las veleidades revolucionarias empezaban a quedar atrás. Fue ahí cuando se unió a la causa conservadora que lideraba en ese municipio Alcibiades Diaz Aristizábal. Lo sedujo tanto su discurso que terminó haciendo política a su lado. Hasta el día en que, convencido de que era capaz de abrirse camino sin su tutela, decidió empezar a hacer política al lado de Rodrigo Marín Bernal.

Hoy Oscar Tulio Lizcano, que cuando leyó El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Cervantes Saavedra, sintió que el alma se le desbordaba ante la majestuosidad de una prosa que lo sedujo desde la primera línea, es un hombre curado de odios. Dice que perdonó a sus secuestradores. Pero tiene la convicción de que en la Cámara los confrontará como representante de las víctimas. Piensa que es injusto que mientras él, que vivió durante tantos años la amargura de estar secuestrado, debe recorrerse el departamento de extremo a extremo para conseguir los votos que le permitan hacerse parlamentario, sus victimarios lleguen sin hacer el mayor esfuerzo electoral. “Yo hice una maestría sobre el perdón”, señala dejando volar la mirada como si recordara los momentos más amargos vividos durante su cautiverio. De todas formas, sabe que hay una herida en su corazón que no deja de sangrar: saber que perdió casi nueve años de su vida por culpa de unos insensatos que lo sometieron a no ver la luz del sol durante días, y a que a veces la comida fuera solamente una sopa de plátanos de mal sabor.

Óscar con su hijo Mauricio, expresidente del Senado de la República.

Como padre, se siente orgulloso de los éxitos de su hijo Mauricio. Es entonces cuando le revela al cronista que nunca quiso que el hoy Senador de la República se dedicara a la política. Quería verlo en otra actividad, de pronto en la empresa privada, pero no buscando votos. Dice además que no le veía inclinación por esta actividad. Y agrega que a su otro hijo, Juan Carlos, que también estuvo secuestrado, sí lo veía metido en ese mundo. Pero sucedió todo lo contrario: Mauricio tomó el camino del servicio público y Juan Carlos se convirtió en empresario. Cuando el cronista le pregunta cómo vivió el secuestro de su hijo estando él en poder de la guerrilla, a los ojos se asoma una sombra de tristeza. Entonces dice con su voz de profesor universitario: “Fue el momento más amargo de mi vida. Sobre todo por saber que no podía hacer nada para buscar su liberación”. Confiesa entonces que esto se lo dijo a Gabriel García Márquez una tarde en que lo llamó de México para preguntarle cómo había sido eso de darles clase a los árboles. “El iba a escribir una crónica sobre mi secuestro, pero por esos días comenzó a afectarlo el alzheimer”, dice con nostalgia este hombre que a los setenta y dos años de edad se siente con la vitalidad para regresar a la Cámara de Representantes después de que las Farc le impidieran hacer realidad ese sueño hace dieciocho años.