8 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

SUEÑOS

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
2 de marzo de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
2 de marzo de 2018

Víctor Hugo Vallejo

Tambaleó mucho más que los otros niños. Se cayó muchas más veces que los otros niños. Se raspó las piernas, los codos, la cara muchas más veces que los otros niños. Se tardó mucho más tiempo en hacerlo que los demás niños. Era como que su cuerpo no fuese capaz de obedecerle a su decidida voluntad de hacerlo. Su mente luchaba por el objetivo. Su cuerpo le daba respuestas negativas. Fueron muchos días en que él y su madre tuvieron que luchar contra la fuerza de gravedad hasta conseguir el equilibrio necesario para mantenerse sobre una bicicleta y avanzar hacia delante. Las dificultades de su cuerpo y el mal estado de las calles de su barrio se conjugaban para impedirle ser ciclista, no de competencia, apenas de desplazamiento entre distancias cortas en un comienzo, de la ciudad después. Hasta que un día ella lo empujó fuerte, lo soltó, le gritó que se mantuviera sobre el aparato y salió hacia adelante, tomando velocidad y ganando en fuerza. Cuando iba a frenar se volvió a caer, pero cuando su madre le fue a ayudar a montarse nuevamente le pidió que lo dejara solo que si ya había recorrido esas distancia era capaz de hacerlo solo. Y lo hizo. Se siguió cayendo, pero jamás cejó en el empeño. Se movería en bicicleta y le ayudaría a sus tambaleantes piernas a llevarlo de un lado a otro. Tenía 8 años y uno de sus primeros sueños: montar en bicicleta como los otros niños, se hacía realidad, luego de numerosas caídas y más de una gota de sangre y de dolor en su cuerpo.

Su madre confiaba en él, pero no hasta el extremo de aceptar que fuese capaz de montar en bicicleta, pues desde bebé le conocía sus enormes limitaciones motrices, cuando una partera de barrio le ayudó a nacer y al ver al niño que venía de pie, forzó el parto halándole de las extremidades inferiores, causando dificultades en su nacimiento que ocasionaron la ausencia de oxígeno en el cerebro de la criatura, lo que le generó una parálisis cerebral que lo ha acompañado en su existencia. La madre desde que recibió al niño en sus brazos hace 35 años, supo que tenía dificultades. No reaccionaba a los estímulos como los demás niños. No tenía atención en lo que se le hablaba y cuando llegó la edad de ponerse de pie, ella notó con angustia mayor que no lo podía hacer, pues además de su problema cerebral también estaba afectado de displasia –malformación en la cadera-, lo que le impediría caminar. La tragedia se completó y esa madre lloró muchos días, muchas noches. Y decidió sacar adelante a ese desvalido ser humano y paró de llorar por siempre. Sólo volvería a llorar en la vida por alegría. .

El niño prácticamente dependía para todo de los demás. Comenzó a emitir sonidos vocales muy tarde. Pero eran sonidos ininteligibles: se le oía, pero no era posible entenderle. Sólo su madre sabía lo que quería decir. Para desplazarse por la casa, lo hacía arrastrándose por el piso. La vida cotidiana en esa humilde casa de un barrio marginal de Cali, giraba mucho en el acto de mirar siempre hacia abajo, para saber donde estaba el niño y atender sus necesidades. Tenían un minusválido que pasaba a engrosar la larga lista de limitados físicos que se da en Colombia y por los que poco se hace, pues los recursos de la salud nunca han alcanzado y mucho menos en los tiempos modernos cuando el cáncer de la corrupción se ha apoderado a manos llenas de esos elementos financieros que han terminado en manos de unos pocos, con el fin de pagar favores electorales y mantenerse en el poder, que es lo que les permite seguirse apoderando de los dineros de los más necesitados. Sería la tragedia propia de esa familia y la llevarían con dignidad.

Ella tocó muchas puertas. La atendieron para salir de sus acosos diarios. Le prestaron atención porque siempre regresaba con las mismas necesidades y con las mismas inquietudes de salud de su hijo, en quien ella veía una persona que podría caminar, pero que requería de intervenciones quirúrgicas que le dieran un mínimo de fuerza a los músculos y los huesos de sus piernas que tambaleaban como unas gelatinas y carecían de firmeza. Alguien logró entender su necesidad y la del niño y se inició un lento y tardío proceso de operaciones, de terapias, de ayudas, de fuerza mental del menor y de su madre. Fueron muchos los intensos dolores que debió padecer en los numerosos procesos de recuperación de las cirugías. Los soportaba con fundamento en ese sueño de verse de pie, aunque fuese tambaleante, pero que se pudiera desplazar por si mismo. Ese sueño le mantuvo intacta la ilusión. Y lo fue logrando poco a poco.

Tratando de hablar con su madre, juntos vieron que el sueño de caminar se comenzaba a volver realidad. En ese momento se formularon otro sueño: hablar. Hablar para que se le entendiera. Y fueron muchas horas, días, noches, en que el niño hablaba sin parar, poco a poco iba corrigiendo los sonidos hasta que se parecieran un poco más a los emitidos por su madre. Se hizo entender hablando despacio. Y lentamente, pero con seguridad fue conformando sus cuerdas vocales a la dificultad de hablar. Su pensamiento iba mucho más rápido que su lenguaje. No le importaba. No se impacientaba. Era otro sueño y lo iba a cumplir. La dificultad para hablar hacía que su cabeza, en el esfuerzo, girara hacia su hombro izquierdo. Ese gesto se le quedó hasta hoy en el cuerpo. Cada que habla su cabeza va hacia la izquierda y sus ojos se mueven tratando de enfocar al interlocutor. Poco a poco se le fue entendiendo y cuando sus cuatro hermanos y su padre adoptivo –del padre natural no se oye mención alguna, pues no es más que un olvido que se consolida cada día, cuando alguien se acuerda que un día se fue y nunca más se volvió a saber de su paradero, ni mucho menos de sus responsabilidades legales ante ese niño- supieron lo que decía, el sueño de madre e hijo de hacerse entender con la voz, se cumplió.

Y se sentaron nuevamente en la sala de su humilde vivienda a armar otro sueño. El niño tendría que estudiar. Debería aprender algo que le sirviese para ser un poco más de lo que estaban logrando entre los dos. Ella fue a las puertas de las escuelas públicas y le dijeron que se trataba de establecimientos para niños normales, que no había espacio para seres con discapacidad. Como pudo consiguió un poco de dinero para pagar una pensión en un colegio privado, el “Porfirio Barba Jacob” y allí lo matriculó. Lo hicieron más por obtener el pago de esa precaria pensión mensual, que por la convicción del plantel y sus docentes de lograr suficiencias con el menor. El chico los sorprendía todos los días. Aprendía a la misma velocidad de los niños normales, aunque sus respuestas fueran un poco más tardías por las dificultades de comunicación. Hasta cuando su presencia se volvió normal. No faltaron los compañeros que se burlaron de sus males, especialmente porque consideraban que se mantenía borracho por la forma trastabillante de moverse y enredada de hablar. Al comienzo se molestaba. Luego lo tomó con indiferencia y después se olvidaron de perturbarlo más, pues ya no les prestaba atención.

Se graduó en primaria. Fue pionero de que ese establecimiento educativo recibiera más niños con sus dificultades. Abrió un camino. Le hizo ver eso a su madre y los dos armaron otro sueño: si había sido capaz de abrir un camino, tendría la capacidad de abrir muchos caminos. Y eso se iba a dedicar en la vida. A abrirle caminos a los seres con las dificultades que la vida le había entregado a él.

Cuando tuvo ocho años, caminando por las pedregosas calles de su barrio, veía a los niños pasar en bicicleta. Se fascinaba con la presencia de esos aparatos y un día le dijo a su madre que quería montar en bicicleta. La mamá le dijo que él era capaz de muchas cosas, pero que eso no lo veía posible. El niño contradijo y a fuerza de caídas y duros golpes aprendió hasta que un día lo hizo con suficiencia y fue su primer vehículo. Ya era parte del paisaje de esas calles. Lo veían pasar con la seguridad de los movimientos de la bicicleta y la murada atenta de su conductor que tenía claro para donde iba.

De tanto dar vueltas y revueltas por su barrio, pudo conocer a muchos otros niños que tenían limitaciones físicas en razón a sus defectos de nacimiento y que de ellos nadie se encargaba, porque sus padres estaban muy ocupados obteniendo el mínimo precario de subsistencia y las instituciones no estaban interesadas en atender a quienes carecían de todo y sólo llegaban a pedir.

Su casa tenía un garaje inutilizado por carencia de carro. Tomó las sillas del comedor. Le pidió permiso a su madre para ocupar ese espacio para invitar a sus amigos discapacitados y hablar con ellos de su proceso, pero especialmente para enseñarles a soñar. Cuando llegaba del colegio de bachillerato donde cursaba su ciclo de manera normal, se sentaba con los niños y les daba clases. Los ponía a practicar en sus limitaciones y les pedía que se metieran en la cabeza un deseo: el deseo de poder. Y que desde ese deseo comenzaran a construir sueños. Y les pidió que no se lamentaran por lo que les faltaba, sino que viviesen agradecidos por lo que tenían, independiente de que fuese poco.

Los niños cuando salían de su casa, lucían diferentes. Era como si les hubiesen insuflado ganas de vivir, de hacer cosas. Seguían el ejemplo de ese joven maestro pragmático que en todo lo que hacía ponía la vida. Cada vez fueron más niños. De eso hace 17 años. Dos años después de haberse apoderado del espacio del garaje, ya estaba ocupando media casa.

Al interactuar con los niños discapacitados se dio cuenta que muchos de ellos querían practicar deportes, pero carecían del calzado adecuado para hacerlo. Le comentó a su madre que iría a pedir ayudar a los medios de comunicación. La madre tuvo dudas pero no limitó el querer del joven, pues estaba convencida de que si se lo había propuesto lo iba a lograr. Y se fue a hablar a la radio. Y no le entendían muy bien los oyentes, pero todos se admiraban de la decisión de un muchacho de diez años que pedía calzado deportivo para sus amigos discapacitados. Y les consiguió zapatos a todos. Y además comenzó a ser conocido y muchos fueron los que se interesaron en lo que hacía ese joven. Y le ayudaron. Y lo rodearon en todo sentido. Ya no estaba solo. Se había hecho oír. Sin voz de locutor, pero con la voz de la autenticidad de los que hablan como lo que son.

En ese momento supo que debía organizar sus ideas de ayuda y solidaridad y creó Asodisvalle, Asociación de Discapacitados del Valle, para tener una persona jurídica responsable de sus acciones y no una sola persona implorando caridad. La familia terminó desocupando la casa y dejándosela a ese luchador y constructor de sueños. En la medida en que se iba llenando de gente que iba a pedirle ayuda, supo que su sueño era tener un lugar donde los niños discapacitados tuviesen una buena educación, un lugar de terapias, un sitio en el que fuesen tratados con la dignidad de cualquier ser humano.

Todos fueron sabiendo quien era Jeison Aristizábal, no por el ser, sino por lo que hacía. Y se dieron cuenta que María Emilia se había convertido en el gran impulso vital que le enseñó el camino de los sueños. Y además entre los dos aprendieron que los sueños cuando son constantes se hacen realidad, pero no hay que dejarlos solos, hay que tener el empeño de luchar contra todos los obstáculos que puedan aparecer en el camino. Este no es fácil, pero cuando se construye con decisión se ve abierto, muy abierto y en el horizonte se alcanzan a ver luces de ilusiones, muchas ilusiones. Lo que fuese su casa se amplió y luego como pudo consiguió con que comprar la otra, la de enseguida. Y después otra. Ya eran tres casas. Ya podía albergar a 580 niños. El sueño era real, pero además no paraba de crecer.

A esa tarea se fueron vinculando las madres de los menores, quienes se capacitaron, fueron a la Universidad y hoy día trabajan allí como docentes o terapistas. Es como una gran familia que vive en función de la plena solidaridad humana.

En el 2016 alguien envió su nombre, su historia, su obra al concurso Héroe Social del Año a la cadena norteamericana de televisión CNN. Pidieron su anuencia para participar. Lo hizo con todas las ganas. Iría por esos cien mil dólares que tanto podrían ayudar a su fundación. Se ha convertido en el mejor relacionista y publicista de su obra. Le pidió a la gente que votara por su candidatura y que se ganaran ese premio, que Asodisvalle lo estaba necesitando. Fue el ganador. El mundo entero se enteró de su existencia y supo que desde las limitaciones también es posible construir sueños. Y supo de ese muchacho que aún se mueve sobre sus dos piernas con dificultad, pero que camina con el orgullo de saberse un héroe de verdad, no de esos que se elaboran con resultados de muerte, este es héroe de vida, de dar mucha vida.

Le contó al mundo que era un líder social. Que atendía cientos de discapacitados a quienes un día decidió ayudar, en la convicción de que si él había salido adelante, los demás también lo podrían hacer. Era cuestión de oportunidades, de esas que a él le negaron en un comienzo. Hubo un médico –cuyo nombre es ignorancia, que le dijo alguna vez a María Emilia que ese niño si acaso serviría para lustrar zapatos, que le comprara la caja de embetunar y lo ubicara en la puerta de la casa, algo haría-, pero nada más. Madre e hijo nunca lo han olvidado, aunque se dieron el gusto de olvidar e ignorar el nombre de ese sabio de premoniciones insalvables.

Jeison con el monto del premio ganado en el 2016 se propuso comprar las dos casas adyacentes a su institución. En ese momento el metro cuadrado en esa zona valía setecientos mil pesos, pero los vendedores entendieron que si tenía plata era mejor doblar ese valor y le vendieron, pero a millón cuatros el metro cuadrado. Supo que estaban abusando de su buena fe, pero cerró los ojos y apenas pensó en la necesidad de ampliar ese instituto de ayuda a los lisiados físicos. Hoy son cinco casas unidas. Debe realizar unas obras de adecuación y construcción que le valen 180 millones de pesos: toca puertas todos los días para que le ayuden con lo que sea, aunque sea con un ladrillo. Todo lo agradece.

Se acaba de recibir como abogado de la Universidad Santiago de Cali y piensa que el ejercicio de su profesión va a tener un solo objetivo: defender los derechos de aquellos a quienes se los niegan. Ya su entidad no atiende sólo niños del barrio Aguablanca de Cali, sino de muchas partes de la ciudad, pues son muchos los que buscan ese apoyo del que carece el Estado en todos sus niveles. Aprendieron a reciclar la basura, que una empresa se las cambia por sillas para los salones de clases. Y Jeison ahora trabaja en el sueño de tener una gran panadería, donde los operarios sean esos mismos muchachos que allí se forman, como fuente permanente de producción. Será una gran panadería, de lo que no cabe duda.

Lo que hace lo ha convertido en filosofía de vida y no duda en explicar que posee la fórmula para ser feliz y la enuncia en tres postulados: 1- Siempre agradecer lo que se tiene, aunque sea muy poco; 2- vivir para ayudar a los demás y 3- nunca dejar de soñar. Lo predica en sus conferencias, pues se ha convertido en un exitoso motivador y en un invitado especial en los espacios en que es necesario hablar de hechos de superación y metas inalcanzables.

Anda buscando 180 millones para construir las obras de la nueva gran sede de Asodisvalle, aunque sea en donaciones de ladrillos y cemento y no hay duda de que lo va a lograr. Ahora ya se desplaza más autónomamente, el mismo conduce su pequeño vehículo automotor, con la misma facilidad con que lo puede hacer cualquier ser normal. Es que Jeison es, ha sido y seguirá siendo un ser humano normal, los que piensan que no lo es, son los otros, que no saben ver el mundo de los sueños.

Jeison Aristizábal trabaja a cambio de los tambaleantes abrazos que se da con sus alumnos, quienes todos los días lo aplauden cuando llega. No necesita más, los que necesitan son los estudiantes que ya poseen muchos sueños. Los dirige un constructor de sueños.