20 de septiembre de 2021
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Las horas muertas

29 de marzo de 2018
Por Alejandro Bedoya Ocampo
Por Alejandro Bedoya Ocampo
29 de marzo de 2018

 Tribuna universitaria

Por: Alejandro Bedoya Ocampo

Solemos pensar por qué los días pasan tan rápido cuando otrora el tiempo  nos rendía para mucho más. Ya tenía una breve noción de la respuesta, pero aún tenía mis dudas. No obstante, al conocer la teoría –simple pero bella- de un escritor al que quiero con de alma por su contribución a mis incesantes fantasías de lector, pude asimilar por dónde es que va la humanidad y por qué hoy no tenemos el tiempo para saborear y disfrutar la vida, como sí lo hicieron (y aún lo hacen) la mayoría de nuestros abuelos. Hemos dejado evaporar las horas muertas y con ellas, todas sus implicaciones.

¿Serían posibles las mañanas de brisa sin las horas muertas? ¿Podría el cielo parecer polvo blanco sacudido sin las horas muertas? ¿Tendría sentido amar sin horas muertas? Para nada. Solo las horas muertas auspician esas interacciones nuestras con el mundo; ellas mantienen viva la razón de vivir y experimentar el germen del que consta cada partícula del universo. Nunca volvimos a saber para qué sirve aguzar el sentido de la vista, sostener la mirada fija con ensimismamiento en pro de analizar un objetivo, como queriendo extraerlo hacia nosotros. Hemos perdido la capacidad de asombro, la costumbre de sentarnos a mirar por concepto de horas los atardeceres, de imaginar qué deparan las sombras de las montañas y qué es lo que encontraremos donde el cielo se une con el mar.

Juan José Millas, mi autor favorito por sus deleitables novelas de fantasía, es quien acuña el término de las horas muertas. En repetidas entrevistas se refiere a ellas como esos espacios que guardábamos las personas tiempo atrás para el ocio. Nacían de instantes de aburrimiento que obligaban a curiosear. Según él, estas, paradójicamente, serían las horas más vivas de su vida por cuanto en esos momentos siempre pasaban cosas misteriosas que empezaban cuando sus padres se iban a dormir (corría a destapar la tapa de la moto de su padre y se filtraba por sus tercas fosas nasales el olor adictivo de la gasolina). Infortunadamente, esas horas pertenecen a la antigüedad, todo a cargo de la ayuda tecnológica –la mala ayuda- que funciona encarcelando tanto la imaginación como el sentido de asombro.

¿No les parece que la falta de horas muertas en nuestros días hace la vida más compleja y menos saboreable? Ahora creo saber por qué día a día insistimos en que el tiempo corre más rápido. No es el solo hecho de someterse al ajetreo de los años, se trata también de que agotamos las horas muertas, las de la pobreza infantil, de la brisa matutina y de los sudarios crepusculares de los hipnóticos trances de absorción.   “Nosotros inventamos el hacha, pero el hacha nos modificó (…) nuestra tecnología cada vez es más sofisticada y nosotros somos cada vez más burros” expresa Millás. Hoy la humanidad sufre de una especie de acromatopsia: Estamos viendo a blanco y negro las flameantes banderas de la libertad, la razón, la ilustración y el carisma. En resumidas palabras: la desazón del buen vivir.

“No necesitamos móviles tan sofisticados, necesitamos una nueva vida” sin sumisiones, ser autómatas, no dependientes. La incapacidad no solo es prédica respecto de otros seres humanos, también de la tecnología. Kant rige de este modo la incapacidad de hoy- más revolucionaria pero vigente- e implica  “la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro”. Ese otro que nos arrebata los segundos irrepetibles y nos deja como hijos huérfanos del tiempo, cómplices de la soledad.

 

No comparto que las horas muertas sean de pobreza, son ricas para abstracciones;  tal quimera conlleva a que mientras escribo estas letras me inspire un solo de piano que camina al fondo, de lado a lado. Lo miro a unos ojos perdidos que con mirada tensa me interna en una cámara  cuyo interior está lleno sombras y penumbras, tablas de madera y paredes frías de aclimatación invernal que trasmiten pasividad, me incitan a detenerme, a especular qué hay encima y debajo de mí; cuando menos ahí vuela mi imaginación como colibríes emancipados por los vientos indomables que no filtran los abedules. He decidido valerme por mi propia razón ¡Sapere aude! para que el destino, a bien lo tenga, reviva los excéntricos momentos a los que se han sabido acostumbrar mis ancestros. A fin de cuentas ¿para qué vivir sin horas muertas?