6 de mayo de 2021
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Un pueblo que no tiene quien le escriba

28 de febrero de 2018
Por Alejandro Bedoya Ocampo
Por Alejandro Bedoya Ocampo
28 de febrero de 2018

 Alejandro Bedoya Ocampo

Hay un sublime encanto que se talla como la piedra y el mármol en los recovecos poco explorados de las hojas de los libros. Para esculpir en ellos una idea que revele escenas de nostalgia, se requiere un buen lugar de fondo. Es por ello que las mejores novelas del mundo se inspiran en pueblos. Allí sucede que los enamorados de su tierra, embelesados con las curvas que rotulan los  senderos de la comarca –sin envidia alguna de los inverosímiles perfiles del olimpo- pueden referenciar una idea de tal precisión que el lector se convierte en cómplice del encubrimiento de un suceso que solo a él le es dado presenciar.

Quién mejor que Gabo para ejemplificar nuestra idea. Cuando dosificaba sus palabras en obras como “el coronel no tiene quien le escriba” la realidad se confundía con la ficción de tal manera que la descripción de los lugares de aquel pueblo parecían imprescindibles para el trasegar de la novela: su afán por encontrar una carta como respuesta a la solicitud de aquella anhelada pensión –que nunca llegó- haría que fuese obligado a conformarse con exclamar “yo no tengo quién me escriba”.  La lectura juiciosa de estas palabras tendrían que despertar en cualquier inquieto, un estupor difícil de ignorar. Yo lo soy, y fue entonces el momento de analizar cuán catastrófico sería que un pueblo cualquiera tomase el lugar del coronel. Seguramente sería una escena no apta ni para el mismo Stephen King.

Cuando un pueblo no tiene quien le escriba, su magia queda enclaustrada como un contenedor que no deja germinar el secreto más valioso. ¿Cómo conocerán los foráneos de su cultura? ¿Quién querrá sentirse acogido por personas de tan maravillosa estirpe? ¿Cómo sabrán las generaciones venideras de sus raíces? ¿De qué manera nos enorgulleceríamos lo que nacimos allí? ¿Cuál sería la manera de enseñar la mezcolanza de colores que posan para las portadas de los buenos libros? De la misma manera en que trascurrían los meses y los días por la ventana del coronel; la misma que determinaba cuánto faltaba para que llegara el viernes y así averiguar por su carta, así trascurrirían los días de nuestro pueblo, esperando con ilusión alguien que se atreviera a ponerse en pie de lucha por una causa tan grande como su belleza: “la ilusión no se come pero alimenta” diría el coronel.

Un escritor tiene el don de contar realidades, inventar acontecimientos o incluso crear mixturas que encajan perfectamente con el contexto en el que hablamos. En virtud de ello, resulta curioso que el animal sobre el que gira la novela de Gabo, un gallo, se asimile dentro del arte de escribir con un sinfín de escenas que algún día verán la luz. Aun así, reposan en la cabeza del escritor y es allí donde madurará totalmente la trama que acordona a cada personaje. A cada párrafo del escrito le corresponde alimentar el hambre voraz de lectores que quieren ahondar, en la medida de lo posible, por lugares deliciosos. Es en este capítulo donde comprendemos que es posible conocer grandes ciudades y pueblos, incluidas las diversas épocas, sin siquiera haber viajado a ellos: Desde la antigua Roma marcada por la vida de los Escipión en la exquisita pluma de Posteguillo, Pasando por la París de Cortázar cuyos lugares atestiguaron los encuentros de La Maga y Horacio Oliveira; la Barcelona de Zafón que retrata “el cementerio de los libros olvidados”,  hasta el fantástico Macondo de Gabo. Por supuesto, aquí arribamos donde el suscrito quería llegar: El Aranzazu de Edilberto y Rodrigo Zuluaga, Rubén Darío Toro y José Miguel Alzate. Cada uno aportando, de la mejor manera, la descripción que necesita un pueblo que por fortuna, tiene quien le escriba.

Aranzazu es una novela, sus calles son el papel sobre el que se escriben ríos de tinta; allí ocurren acontecimientos dignos de contar, cautivan a sus hijos para que de la manera más emotiva capturen un fragmento de su historia y así narrarla al mundo. Rubén Darío Toro, con un ornamental trasfondo florecido tipo “Cien años de soledad” se imaginó una toma guerrillera por el amor de Francisca y Manuel; don Edilberto Zuluaga capturó las palabras de Sófocles, con su ingenio parafraseó la historia de Antígona siendo así como un cura de Aranzazu, a modo de autoridad moral, llegaría a ocupar el lugar de Creonte. Aparece por otro horizonte la prosa intelectual de Cesar Montoya, su adjetivo es capaz de llenar de la manera más elocuente los espacios en blanco que el sustantivo jamás tendrá en otra péndola. José Miguel Alzate, Ancizar Mejía, Rodrigo Zuluaga, Gonzalo Aristizábal (QEPD), todos ellos a la vanguardia de un legado que debe mantenerse vivo aunque pasen los años.

El pueblo que no tiene quien le escriba, no tiene quién lo quiera. Hay momentos en los que ocupa el lugar de padre, madre o hijo. Su cuidado es meticuloso. Una tenue fisura en la coyuntura  de su historia puede acabar con su renombre. El libro, que con su olor de antaño envuelve la pasión con la que el un escritor traza sus palabras, llega como regalo trascendental por parte de los escritores para su municipio. Cada lugar debe tener hijos que lo quieran y lo arrullen, que le escriban de vez en cuando y lo mantengan vigente, contarle historias como un niño por la noche y quererlo, añorarlo donde quiera que se more. El motivo es sencillo: un pueblo que no tiene quién le escriba traduce una gran novela que jamás será contada.