10 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Sin trinchera

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
16 de febrero de 2018
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
16 de febrero de 2018

Por Carlos Alberto Ospina M.

Una especie de asalto a mansalva fraguado en la penumbra y en complot con el estridente ruido, surgió a partir del inesperado toque de atención. De espaldas a la realidad, el mortal desconocía los preliminares de aquella confabulación que buscaba reclutar a un hombre maduro, lejos de cualquier prejuicio, y expuesto al combate de mediodía noche.

Él no tenía pesos ligeros ni alforjas preparadas para el súbito viaje. Tampoco lo alucinaba la segunda luna llena de ese 31 de enero y menos, creía en los oráculos o las predicciones.  Más bien vivía en una especie de solsticio espiritual, distante y alejado de la esperanza, levemente inclinado sobre el plano de la racionalidad.

En el caso de combate abierto y eventual uso de la artillería pesada, el esguince de tobillo de segundo grado, lo dejaría expuesto, ladera abajo, y en abierta desventajada a la hora de huir. “Era como si mientras el engaño sucedía en silencio y monótonamente, todos nosotros hubiéramos aceptado ser engañados, favoreciéndolo con nuestra inconsciencia o puede que cobardía, pues toda la gente es cobarde y prefiere de un modo natural cometer una traición, ya que ésta tiene un aspecto cómodo.” (William Faulkner). Con base en el error aprendido y más miedo que vergüenza quiso disimular el efecto pusilánime del varón que observa la algarabía, mientras que en el recinto el espectáculo circense se transforma en comedia dramática.

Minutos antes de la función bebió agua y reparó de un extremo a otro, la figura insolente y la voz desgarrada del cante nocturno. Fue bailador adolorido y limitado con ansias de descuartizar el piso en señal evidente de enfrentar el destino.

“…Por ir al norte fue al sur,

creyó que el trigo era el agua.

Creyó que el mar era el cielo

que la noche la mañana.

Que las estrellas rocío,

que la calor la nevada…” Rafael Alberti.

Dos perpetradores al lado de la rampa, otro en posición de atrincheramiento y algunos bufones inquietos. El sujeto seguía atravesado en la línea de fuego sin posibilidad de escape y a merced de las circunstancias. La suerte estaba echada en medio de la confusión reinante. No tenía escapatoria y el blindaje externo era tan frágil como el corcho sobre el agua. En un principio se refugió detrás de varias sillas, ensayó mirar de costado sin lograr ubicar al causante de tal alteración, solo tenía una opción de salida y especular sobre la modalidad de rendición.

El hombre de armas optó por no correr. Exhaló profundo, sacudió los brazos a manera de enfrentar al contrincante, giró la cabeza y estiró el cuello; con las manos subió la armadura y parpadeó para aclarar la vista. Después de tragar saliva se encontró, cara a cara, con el impertinente mensajero y éste de forma amable le dijo: “Mi amiga quiere bailar contigo”. El preliminar puso de presente el adormecimiento de las piernas, la falta de oficio e ilustró el carácter para enfrentar el reto de una invitación abarrota de inadvertidos artificios.

En seguida del saludo protocolario comenzó la ráfaga de movimientos rítmicos y sensuales. Ella hizo gala del más completo repertorio de danza tradicional y baile contemporáneo. ¡Ah! resultó casada y convencida de “que no se va a separar”. Aquella granada de aturdimiento produjo un pisotón de madre. Él tomó prudente distancia con el fin de prestar atención a los dones artísticos de la intrépida oferente. Al parecer, el extraño cedió su fortín a lo impensado y depuso la timidez al servicio de la lúdica casual. En época de entregas etílicas y besuqueos, intempestivamente, dos personas se salen de la fila rumbeando sin apretujamiento. Luego, cada uno por su lado.

Ellos dispararon risas, hostigaron a la rutina, provocaron la envidia, desafiaron el contenido, conspiraron y dejaron una estela de alegría. El único acto violento hubiese sido no aceptar la invitación a bailar por parte de la dama.

Enfoque crítico – pie de página. “El secreto de la felicidad no se encuentra en la búsqueda de más, sino en el desarrollo de la capacidad para disfrutar de menos”. Sócrates (470 a. C. – 399 a. C)