15 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Pellizco

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
2 de febrero de 2018
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
2 de febrero de 2018

Por Carlos Alberto Ospina M.

La capacidad de estupor no se puede anestesiar excusándonos en los afanes citadinos, el imperio de la rutina, el paisaje de las cosas frecuentes y la redundancia de la tragedia cotidiana. Dejar de asombrarse es morir poco a poco sobre las arenas movedizas del egoísmo y la indiferencia. La actitud mezquina de “importarle un bledo”, catapulta el crimen, allana el camino de la corrupción, favorece la impunidad y hace de las suyas en la construcción del tejido social disconforme y amorfo. Colombia se espeja en la sociedad civil carente de identidad y sentido de pertenencia.

Algunas personas, no les va ni les viene, hasta que la tragedia toca a su puerta, la carga impositiva los agobia, la extorsión los devasta o la muerte se ensaña con ellos. Ahí duele. Entonces, buscan visibilidad a través de los distintos medios y tutelan los derechos fundamentales. Otros, de dientes afuera, desconocen el campo de honor en la pugna por el efímero poder, destruyen el concepto de la democracia, injurian y pisotean enmascarados en la clandestinidad con olor nauseabundo a red social. A más no poder, activos en lo superfluo, en lo que no exija compromiso o poner el pecho a la brisa. Espectadores de este terruño manoseado y carcomido por el dinero del narcotráfico, delincuentes de cuello blanco y pistola rápida, paramilitares drogatas, políticos vendidos, guerrilleros socarrones, granujas sicópatas y gente de inferior calidad que desangra las arcas oficiales, quienes carcomen los valores comunes.

¡Esto, también, nos falta! Tener presente que formamos parte de un todo llamado nación, imperfecta e inacabada, donde la combinación de la dignidad del pueblo y la variedad cultural elaboran el antídoto contra la ponzoña de unos cuantos maléficos. Afirmar que “somos el país más feliz del mundo” es un acto de cinismo propagado por falsos relacionistas, maquilladores de mentiras y estilistas al servicio de la hipocresía estatal. ¿Quién puede estar sonriente delante del paredón de la infamia simbolizado en el sistema de atención básica en salud?, ¿Alguien se ufana de la prosperidad compartida al observar ingresos millonarios de magistrados, periodistas, congresistas, funcionarios públicos y empresarios corruptos?, ¿Goza la mujer que hurgan, de un extremo a otro, al ingresar a la penitenciaría? o ¿Cesan las lágrimas de la madre sobre el féretro de su niño, quien, por robarse un mango, lo untaron de tiros? La esperanza, el espíritu de superación y la resiliencia constituyen mecanismos de defensa frente a la adversidad; condición diferente al significado del ciclo pleno de satisfacción: Felicidad.

Ninguno espera tropezar; no obstante, es necesario diseñar las estrategias contra las estructuras inequitativas y torcidas. Sin amor, somos un cuerpo insignificante, ausente de historia, más cerca de la nada. Los cambios surgen de la pasión, la reciprocidad y la energía vital que impulsa la unión entre seres disímiles.

Para salir de la monotonía se requiere de decisión y activar algunos verbos: Demostrar que no somos una sociedad enferma, violenta y complaciente. Denunciar, rechazar y sancionar moralmente a aquellos sujetos que se salen de la fila. Exigir justicia y validar la honra. No tragar entero. Cuestionar a diestra y siniestra a los encantadores de serpientes, venga lo que viniere. Ampliar la visión informativa, cuestionar la intención mediática, contradecir el extremismo y el aislamiento tecnológico. Instituir grupos de resistencia intelectual, capitanear la defensa de los derechos humanos y reconstruir los espacios de convivencia ciudadana. En fin, expresar el amor propio e inspirar el sentimiento de unidad nacional. Hacer oídos sordos a las falsas promesas de insípidos candidatos, mandatarios pusilánimes y mercaderes del engaño consumado.

Enfoque crítico – pie de página. Querer lo propio, la tierra y la estructura social dignificante. Luchar al ritmo de la consciencia, defender el modelo ético universal y oponerse a la supresión del Estado de derecho. ¡Nunca se llega tarde al amor! Vale la pena lanzarse a dibujar jirones con las fibras del corazón; en consecuencia, el espíritu impregna la vida de acciones imperecederas.