2 de julio de 2022
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Nicanor

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
9 de febrero de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
9 de febrero de 2018

Víctor Hugo Vallejo

Lo queramos o no

Sólo tenemos tres alternativas:

El ayer, el presente y el mañana.

 

Y ni siquiera tres

Porque como dice el filósofo

El ayer es ayer

Nos pertenece sólo en el recuerdo:

A la rosa que ya se deshojó

No se le puede sacar otro pétalo.

 

Las cartas por jugar

Son solamente dos:

El presente y el día de mañana.

 

Y ni siquiera dos

Porque es un hecho bien establecido

Que el presente no existe

Sino en la medida en que se hace pasado

Y ya pasó…

como la juventud.

 

En resumidas cuentas

Sólo nos va quedando el mañana:

Yo levanto mi copa

Por ese día que no llega nunca

Pero que es lo único

De lo que realmente disponemos. 

Ese día que no llega nunca, como cantaba el poeta, le había llegado mucho tiempo atrás y le duró apenas 103 años. Tuvo presente, tuvo futuro y tenía pasado, que ahora es definitivo y se va a construir con lo que fue su existencia, pero muy especialmente con lo que fue su obra, una de las más brillantes en habla hispana, habiendo sido eterno candidato al Nobel de Literatura que parece nunca se lo dieron para no abultar la cuenta de su país, que ya llevaba dos, uno ganado por el más grande (Pablo Neruda) y otro que solamente se entiende en la subjetividad de los jurados que se encargan de señalar al ganador (Gabriela Mistral). No se lo dieron. Lo merecía. Nunca le hizo falta, ni se lamentó por ello. No escribía tras un galardón, sino para hacer saber de sus emociones y sus pensamientos a los demás. Lo hizo desde muy niño y eso se le pegó a su propio carácter.

Una vida vivida siempre en presente, pues gozaba de los recuerdos, pero se negaba a permanecer en ellos, ya que era necesario que en la medida en que se iba gastando el cada día que le llegaba, se hiciera ilusiones grandes, medianas y pequeñas ante lo que sucedería mañana, sin que nunca se hubiese propuesto que este fuese tan extrañamente extenso, independiente del crecimiento que se da hoy día en materia de expectativa de vida que de mucho tiempo atrás se viene ampliando para el ser humano.

En la palabra tuvo la medida de todas las cosas y las compartía con los demás, para hacer saber de otras maneras de decir lo que muchos perciben y sienten pero de alguna forma sólo lo expresan con demasiadas limitaciones. Desde muy niño tuvo dos atracciones extrañas: los números y los fenómenos físicos y la palabra. Esta lo encantaba, lo llevaba a ensoñaciones que se iban volando por el tiempo. Supo que en la poesía estaba su lenguaje y la trabajó de tal manera que un día determinó que si había poesía también podía haber antipoesía, para aquellos que no fuesen tan sensibles, pero de todos modos quieren expresar lo que llevan como emociones.

No dudó en llamarse así mismo un anti-poeta. De lo que estaba bastante orgulloso, porque trabajar en contrario haciéndolo completamente al derecho, luce confuso ante los demás, con una gran claridad ante si mismo. Esa que llamó anti-poesía, es poesía de la más bella, con palabras sencillas que son capaces de resumir tantas expresiones y que se dicen sin solemnidad, pero con mucho de profundidad.

No contaba con tantos años de existencia. Esperaba el fin mucho antes de cuando efectivamente llegó, por lo que hace mucho tiempo había cantado, de pronto en la confianza de que quedaba poco, casi nada:

 

Ya no me queda nada por decir

Todo lo que tenía por decir

Ha sido dicho no sé cuantas veces.

 

He preguntado no sé cuantas veces

pero nadie contesta mis preguntas.

Es absolutamente necesario

Que el abismo responda de una vez

Porque ya va quedando poco tempo.

 

Sólo una cosa es clara

Que la carne se llena de gusanos.

 

La de él estaba lejos de llenarse pues los años soportaron el paso de 103 calendarios que se constituyen en una especie de trofeo vital. Estaba en la tranquilidad de su retiro en el Distrito de la Reina, en Santiago de Chile, en la misma zona donde estuvo la carpa de circo donde una vez su hermana menor Violeta se voló la tapa de los sesos con un arma de fuego, con sus más cercanos, sin afanes, leyendo mucho, oyendo música, lúcido hasta el último momento, sin escribir más, no porque le faltase voluntad para hacerlo, sino porque consideró que ya lo había dicho todo en sus doce libros de poesía que se siguen y seguirán leyéndose en el mundo de hoy y de mañana.

Su vida fue extensa, como esos días de los que habló alguna vez en sus versos, de esos que se daban en su ciudad, la de sus amores, de sus preocupaciones y de la presencia constante de un apellido que se confunde con el arte mismo. La extensión fue necesaria porque en su figura hubo una especie de punto de referencia para todos en como se sobrevive en medio de tantas modificaciones sociales, sin que esos cambios lo pudiesen llevar al abismo.

 

En Santiago de Chile

Los

Días

son

interminablemente

largos:

varias eternidades en un día.

 

Nos desplazamos a lomo de luma

Como los vendedores de cochayuyo:

Se bosteza; se vuelve a bostezar.

 

Sin embargo las semanas son cortas.
Los meses pasan a toda carrera.
Ylosdiasparecequevolaran.

Lo que viene a explicar porque no se le hizo pesada la tarea de deshojar un total de 37.595 días que en Santiago podían ser muy extensos, como dos eternidades juntas, pero que en su existencia apenas representó la sobrevivencia de uno de los tres poetas más grandes que ha dado Chile en todo su historia: Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Nicanor Parra, con quienes el país austral ha cantado a todo.

A Nicanor Parra le dio por gastarse completamente el hoy del martes 23 de enero de 2018, cuando cerró los ojos y dejó saber a quienes estaban a su lado que todo había terminado en una existencia llena de poesía, de música, de amor, muchos amores, de ternura, de hijos, de premios internacionales, de reconocimiento universal como una voz con el poder de decir las cosas que todos sienten pero que no poseen la capacidad de plasmarla en frases.

En San Juan de Alico, en la región del Bío Bío, a muchos kilómetros de Santiago, nació Nicanor Parra el 5 de septiembre de 1914 y fue el mayor de 8 hermanos llegados al hogar del maestro de escuela Nicanor Parra Alarcón y la tejedera y modista Rosa Clara Sandoval. Cuando tenía un poco más de cuatro años se fueron a vivir a Chillán, en donde comenzó a estudiar en el Liceo de Hombres, donde se fue enamorando de las matemáticas y de la poesía. Dos mundos abiertamente opuestos, pero que en su persona iban a tener la mas concertada coordinación, como que lo uno nunca se contrapuso a lo otro y fue tanto un científico en ciencias exactas como las matemáticas y la física y un extraordinario poeta con voz propia y auditorio universal. Su ciclo secundario lo cursaría en el internado Normal Barros Aranda, en cuyos claustros pensó más de una vez en seguir la profesión de su padre, pero ante las carencias de este y el poco orden vital que lo llevaba por los extraviados caminos del alcohol, con abandonos temporales de sus deberes de padre, hicieron que mirase un poco más adelante y no quedarse solamente con esa clase de formación.

En 1933 ingresó al Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile para estudiar matemáticas y física, en lo que se recibió, pero manteniendo contacto directo con la poesía, la música y el arte.

En 1935 participa en la creación de la Revista Nueva, que tuvo una efímera existencia y que buscaba ser una voz joven de la literatura chilena.

En 1937 aparece el que sería el primero de sus doce libros: “Cancionero sin nombre” hasta culminar con su última producción que se editó en 1979: Nuevos sermones y predicaciones del Cristo de Elquin”. Entre ellos pasó su vida y se gastó todas las emociones, mientras gastaba el mucho amor que le llegó metido y que hizo que las mujeres fueran su fortaleza y su debilidad. Fueron varios matrimonios, el primero con Ana María Troncoso, en 1940, quien ya tenía dos hijos de un anterior matrimonio y con quien tuvo tres vástagos. Una mujer con una gran fuerza de expresión y de fuerte temperamento, lo que nunca fue obstáculo para los constantes devaneos de cuanta mujer bonita encontrara a su paso Nicanor. En 1950 se casó con Inga, de nacionalidad sueca, a quien le fue infiel muchas veces, incluso con connacionales de ella. Tanto le atraían las mujeres, por quienes lo dio todo, que alguna vez explicó de manera sencilla: “Parra amar he nacido”. No alcanzó el nivel de justificante, pero si fue la explicación de un poeta.

En 1943 viajó becado a Estados Unidos para estudiar mecánica avanzada. Aprovechó la oportunidad, además, para leer en el idioma original a los grandes poetas norteamericanos. Fueron más los días enteros metido en una biblioteca leyendo poesía, que las horas de clase a las que asistió. Regresó en 1945 e inició una extensa vida de docente en universidades. En 1948 fue nombrado director de la Escuela de Ingeniería de Chile.

En 1949, nuevamente becado, fue a Oxford, en Inglaterra, a estudiar cosmología. En 1952 estudiaba poco y leía mucho. Una constante vital. En 1954 da vida su obra de mayor notoriedad: Poemas y Antipoemas, que hicieron carrera en la voz de todos.

De quien ha vivido 103 años es posible decir muchas cosas. Se dicen tantas de cortas vidas improductivas, que hacerlo ante una figura de la dimensión de Nicanor Parra no luce en nada extraño. Pero a veces a los poetas es mejor dejarlos para que sean ellos mismos los que hablen de ellos, porque lo hacen con una precisión y una sinceridad que un tercero difícilmente puede conseguir. Conocerlo es saber que un día regresó a San Juan de Alico, su poblado natal y cantó:

A recorrer me dediqué esta tarde

Las solitarias calles de mi aldea

Acompañado por el buen crepúsculo

Que es el único amigo que me queda.

 

Todo está como entonces, el otoño

Y su difusa lámpara de niebla.

Sólo que el tiempo lo ha invadido todo

Con su pálido manto de tristeza.

 

Nunca pensé, créemelo, un instante

Volver a ver esta querida tierra,

Pero ahora que he vuelto no comprendo

Como pude alejarme de su puerta.

 

Nada ha cambiado, ni sus casas blancas

Ni sus viejos portones de madera.

Todo está en su lugar: las golondrinas

En la torre más alta de la iglesia;

El caracol en el jardín, y el musgo

En las húmedas manos de las piedras.

 

No se puede dudar, este es el reino

Del cielo azul y de las hojas secas

En donde todo y cada cosa tiene

Su singular y plácida leyenda:

Hasta en la propia sombra reconozco

La mirada celeste de mi abuela.

 

Estos fueron los hechos memorables

Que presenció mi juventud primera,

El chorreo en la esquina de la plaza

Y la humedad en las murallas viejas.

 

¡Buena cosa, Dios mío, nunca sabe

uno apreciar la dicha verdadera,

cuando la imaginamos más lejana

es justamente cuando está más cerca¡.

 

Ay de mí, algo me dice

Que la vida no es más que una quimera

Una ilusión, un sueño sin orilla,.

Una pequeña nube pasajera.

 

Vamos por partes, no sé bien que digo,

La emoción se me sube a la cabeza.

Como ya era la hora del silencio

Cuando emprendí mi singular empresa,

Una tras otra, en oleaje mudo,

Al establo volvían las ovejas.

Las saludo personalmente a todas

 

Y cuando estuve frente a la arboleda

Que alimenta el oído del viajero

Con su inefable música secreta.

Recordé el mar y enumeré las hojas

En homenaje a mis hermanas muertas.

 

Perfectamente bien seguí mi viaje

Como quien de la vida nada espera.

 

Pasé frente a la rueda del molino

Me detuve delante de una tienda:

El olor del café siempre es el mismo,

Siempre la misma luna en mi cabeza;

Entre el río de entonces y el de ahora

No distingo ninguna diferencia.

 

Lo reconozco bien, ese es el árbol

Que mi padre plantó frente a la puerta

(ilustre padre que en sus buenos tiempos

fuera mejor que una ventana abierta).

 

Yo me atrevo a afirmar que su conducta

Era un trasunto del de la Edad Media

Cuando el perro dormía dulcemente

Bajo el ángulo recto de una estrella;

A éstas alturas siento que me envuelve

El delicado olor de las violetas

Que mi amorosa madre cultivaba

Para curar la tos y la tristeza.

 

Cuanto tiempo ha pasado desde entonces

No podría decirlo con certeza;

Todo está igual, seguramente,

El vino y el ruiseñor encima de la mesa.

 

Mis hermanos menores a esta hora

Deben venir de vuelta de la escuela;

Sólo que el tiempo lo ha borrado todo

Como una blanca tempestad de arena.

 Se le acabaron los tres tiempos al poeta Nicanor Parra. El pasado se le fue de tiempo atrás, el presente se le prolongó por más tiempo del común de los mortales y el futuro corresponde a su obra poética que se va a seguir leyendo por muchos años, como una de las voces mayores del idioma español. Que importa su muerte, queda su obra y allí por siempre jamás en un presente que si llegó para permanecer.