15 de mayo de 2021
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MALA NOTA DEMOCRÁTICA

2 de febrero de 2018

El informe de “Democracia en el mundo”, publicado por la unidad especial de la revista The Economist, no deja necesariamente bien parada a Colombia. Porque, desde luego, es nuestro país una de las democracias más viejas y arraigadas del continente, pero apenas logra una calificación mediocre, al mismo nivel que otras naciones con un sistema ambivalente.

La revista analizó diferentes variables, entre ellas la celebración de elecciones libres y justas, el nivel de libertad de prensa, las circunstancias de la gobernanza institucional y la participación en política.

En realidad, nos parece que la democracia colombiana, frente a estos temas, está bastante por encima de otras naciones de la región. Muchas de ellas, por lo demás, han tenido extensos periodos dictatoriales, algo que, por fortuna, Colombia no ha vivido en semejantes dimensiones y por lapsos tan prolongados.

De suyo, en el país no hay voto obligatorio, lo cual por supuesto cambia los conceptos sobre lo que significa la democracia. Entre otras cosas porque el voto obligatorio es una paradoja de un sistema que se pretende absolutamente libre y solo apela a la conciencia ciudadana.

Del mismo modo, Colombia se ha caracterizado dentro de la región por ser una gran creadora, en todos los tiempos, de derecho público, al punto de que muchas instituciones son replicadas en otros países luego de ponerse en práctica entre los colombianos.

Esto no quiere decir, de otra parte, que nuestro país no esté sufriendo en estos momentos un desmayo institucional sin precedentes, pues las tres ramas del poder público son gravemente cuestionadas por la sociedad. Los bajos niveles de confianza están a la orden del día en los sondeos, pero en modo alguno podría decirse que por ello otros países democráticos, con falencias más evidentes y lesivas, puedan situarse por encima de la institucionalidad colombiana. De hecho, en el informe citado, el país aparece de décimo en el listado de democracias de América Latina y el Caribe.

Tampoco puede decirse, asimismo, que la democracia colombiana pueda catalogarse entre las más desarrolladas. A estos efectos, el informe citado pone a Noruega como el país más democrático del mundo, seguida por Islandia, Suecia, Nueva Zelanda y Dinamarca.

Frente a ello nadie dudaría, claro está, que la gran mácula de la democracia colombiana está en la violencia. Porque precisamente el sistema democrático consiste en resolver las diferencias ideológicas por la vía de las urnas y de las instituciones. Eso es lo que ha sido imposible desde hace muchos años. El fenómeno, por lo demás, se reedita hoy cuando el asesinato es recurrente y la hostilidad es pan de cada día. Esto, por anticipado, es un ingrediente que erosiona las características de una democracia sana.

Uno de los propósitos fundamentales hacia el futuro de Colombia es recuperar las instituciones de la negligencia, la ineficacia y la corrupción. Del mismo modo, es necesario llevar el Estado a los lugares más apartados del país. Como se demuestra después de la desactivación de las Farc, los territorios desalojados han venido siendo copados por otros actores de la violencia. De esta manera los resultados concretos, en búsqueda de una paz real, se han venido difuminando paulatinamente. De nada vale sacar siete mil armas del escenario si ello de inmediato es cubierto por otras formas de delincuencia que igualmente dominan los territorios, compran nuevas armas e impiden la soberanía total.

El informe especial de la revista The Economist le hace un llamado de atención al país, pues aquí nos solemos regodear con que esta es la democracia más antigua del continente. No es ello suficiente, mucho menos cuando las evidencias demuestran el declive institucional y el avance de los populismos.

EDITORIAL/EL NUEVO SIGLO