7 de mayo de 2021
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En el día del periodista

11 de febrero de 2018
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
11 de febrero de 2018

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

Muy justo el reconocimiento que se ha hecho el 9 de febrero a la noble profesión del periodista razón por la cual hago llegar mi modesto saludo de felicitación al eficiente equipo editorial de EJE21 cuyos esfuerzos han permitido darle voz y presencia ante la opinión pública a una zona geográfica tan valiosa y querida para los colombianos y a la cual la economía nacional tanto debe y agradece.

A propósito de periodistas y periodismo, regresan a mi memoria algunas experiencias vividas durante mi ejercicio como comandante del Departamento de Policía Risaralda, unidad a la cual llegué en diciembre de 1981. Recuerdo que una de las primeras órdenes que impartí en ejercicio de mis funciones fue la de hacer retirar unas vallas en las calles aledañas al edificio del comando de policía, situado en inmediaciones del Hospital San Jorge, situadas allí por razones de seguridad por órdenes de mi antecesor en las responsabilidades de comando, el señor Coronel Vivanco Vega, obstáculos que impedían el libre tránsito por esas vías, criterio de seguridad que no compartí en tales momentos ni circunstancias, por lo que dispuse su inmediato retiro para la restitución del libre tránsito por frente y alrededor de las instalaciones policiales.

Lo curioso del cuento es que pocos días después de disponer esta medida, fui objeto de la contradictoria crítica de un distinguido columnista pereirano del periódico La Patria de Manizales, autor de una popular y muy leída columna llamada “La Escalera”, a quien de paso y sin conocernos personalmente, parece que le caí como un plomo, pues desde el momento de mi estreno como comandante me hizo el honor de convertirme en tema de varias de sus interesantes y ácidas notas críticas. En efecto, en la columna del jueves 7 de enero de 1982, textualmente afirma, refiriéndose a mi nueva labor de comando:

“El Comandante de la División de Policía Risaralda entró con muchos bríos, pero no le duraron. Ahora ya no hay vigilancia policiva en la ciudad, se acabaron las requisas. Y los agentes son muy pocos. A propósito de Policía Nacional: no sabemos si ellos están autorizados para “taponar” vías que son de la ciudad. Por ejemplo, lateral al  cuartel de policía se “taponó” una que da al Hospital San Jorge. No dejan pasar vehículos por allí y esta entidad decidió tomar esta medida. Esta calle, como se dijo, da acceso al hospital de la ciudad y debe ser abierta. Porque mientras se da una larga vuelta, puede morir un paciente grave”. 

“Este Coronel, que no es ni la sombra del Coronel Vivanco, parece que está haciendo en Pereira lo que le viene en gana. Claro, “y al alcalde quién lo ronda?” 

“Las calles son de la ciudad, no de la Policía Nacional. Ahora lo que falta es que “taponen” todas las vías de ingreso al cuartel. Yo creo que la Policía no tiene nada que temer en esta ciudad, para que se viva con este delirio de persecución. El nuevo Comandante cayó muy mal.”

Tremenda sorpresa me llevé cuando alguno de los oficiales a mi mando me hizo conocer el crítico aunque alrevesado y contradictorio comentario del columnista al condenar una de mis primeras disposiciones como nuevo Comandante, totalmente opuesta al sentido de su demanda. O el señor columnista está pésimamente informado o anda con la “chispa atrasada”, pensé para mis adentros, pues con su crítica se está refiriendo a una medida que estuvo en vigencia mucho antes de mi llegada y que fue oportunamente corregida, precisamente por mis órdenes. Creo que en tales circunstancias. le pedí a alguno de los oficiales que conocían al señor periodista, que discretamente le hiciera caer en cuenta de su ligerísimo error de apreciación.

Como mi arribo a Pereira se produjo en los primeros días de diciembre, la ciudad se encontraba en los prolegómenos de la época navideña, por lo cual se respiraba en el ambiente el espíritu que anima y caracteriza tales festividades. Por alguna emisora de la ciudad escuché algunos mensajes publicitarios que anunciaban con entusiasmo la proximidad de la novena del aguinaldo de la Policía Nacional, por lo cual hice algunas averiguaciones entre personalidades locales, entre ellas con algunos amigos del Club Rotario y la Liga de Radioaficionados y además con el señor Obispo de la ciudad, Monseñor Darío Castrillón Hoyos, de cuyos comentarios deduje que en ocasiones dichas celebraciones se prestaban para que algunos cuantos “voluntarios” particulares bastante “avivatos” sacaran provecho de la campaña de recolección de generosos aportes y donaciones captados entre los comerciantes pereiranos, recursos supuestamente destinados a patrocinar el costo de la dichosa novena de aguinaldo, que solía celebrarse con pesebre armado sobre la calle frente a la entrada principal del cuartel del Comando de Policía con libre acceso para todos los habitantes del vecindario que quisieran acudir en procura de dulces, sorpresas y regalos.

Visto y evaluado semejante panorama, dispuse que la novena del aguinaldo se celebraría dentro de las instalaciones del cuartel y destinada exclusivamente para el personal de la Policía Nacional, sus familias y sus invitados especiales y que su financiación se limitaría a nuestros propios recursos, sin acudir a la captación de puerta en puerta de donaciones de particulares, situación que personalmente consideraba poco digna y precariamente presentable. Así se hizo, el pesebre se armó dentro del cuartel y no afuera y todo el personal de la policía de Pereira pudo disfrutar en familia la celebración de la significativa ocasión en la intimidad de nuestras propias instalaciones, con villancicos, serpentinas, algunos modestos presentes, natilla, buñuelos y hasta algunas lucecitas de bengala, totes y buscaniguas incluídos, que aún no estaban proscritos de las recetas navideñas.

A todos los cuatro vientos expliqué previamente que con Monseñor Darío Castrillón habíamos llegado a un acuerdo, según el cual, ni el Comandante de la Policía respondería por la celebración de novenas populares a la Natividad del Niño Jesús, ni el Obispo de Pereira se encargaría de la vigilancia policial de Pereira y del resto del Departamento de Risaralda. Creo que en ese momento olvidamos comunicarle el sentido de este convenio al distinguido columnista de La Patria, pues en una de sus “Escaleras” se refirió muy severamente al sentido de mi decisión y a mi procedencia de la Escuela Nacional de Carabineros “Alfonso Lôpez Pumarejo” de la cual ocupé el cargo de Director, inmediatamente antes de ser destinado al Comando de Risaralda. En la mencionada publicación del 12 de enero de 1982, describió mi comportamiento como el de un Atila redivivo y se refirió al tema en los siguientes términos:

“Hablé con el Mayor Rubiano, sub-comandante de la División de Policía Risaralda, qué señor. Es un gran amigo y tiene conciencia muy fundamentada  de la labor que debe adelantar un vigilante de la Constitución Nacional, cual es un policía. Ese señor es otra cosa”. 

“Lo que sucede y pasa es que venir de manejar una Escuela de Carabineros, en donde nos imaginamos el Comandante es el amo y señor a una ciudad o un departamento tan difícil como es el Risaralda y en donde la gente no le gusta la represión, es muy difícil.  Lo digo por la conducta que asumió al llegar y continúa el Coronel Héctor Alvarez. Yo sinceramente creo que este señor debería estar en una posición en donde no tuviera mucho que ver con los civiles. 

“Por ejemplo el Coronel Vivanco, sí es un oficial de alto vuelo. De allí que ahora es Inspector de la Policía Nacional con sede en Bogotá. Ahora bien, si el coronel Alvarez se atempera y trata a la ciudad como un núcleo, seguramente las cosas van a cambiarle. Aún más: cómo va a ser posible que para diciembre no hubo pesebre en las instalaciones de la queridísima entidad. Al coronel Alvarez le afectó la luna y dijo que no. Los agentes pasaron sin pesebre, seguramente sin villancicos y sin que la noche de paz y la noche de amor llegara a esa institución. Esas cosas no se pueden hacer” 

“Al menos eso nos dijeron diez agentes de la policía que estuvieron hablando con La Escalera, que saben yo personalmente tengo un gran cariño por los agentes. Y ellos me cuentan las embarradas de los oficiales. Si hay chanchullos, aquí se saben. Es que nuestro sistema de inteligencia es muy bueno’”

Cualquier parecido con el célebre Mamatoco de 1943, cuya saga y lamentable final describimos en notas publicadas en las ediciones de EJE21 del 6 y el 13 de agosto del año anterior, es pura coincidencia. La supuesta vena crítica del respetado periodista quizá hubiera podido atenuarse un poco si hubiera atendido los consejos que me dio en su momento alguno de mis subalternos que llevaban más tiempo que yo en esa unidad. “Mi coronel, el secreto para quitarse ese sirirí de encima es invitarlo a tomarse unos traguitos y comerse una picadita con usted. Verá como cambian las cosas con el tipo…” Infortunadamente nunca seguí el amable consejo, debido entre otras cosas a mi escasa tolerancia y gusto por las bebidas alcohólicas, defectazo que me quedó a raíz de la cura infalible contra la gripa que me recomendó algún curandero muy sabio y acatado que me prometió cura inmediata si bebía tranquilamente y con amigos al menos una media bien medida de ron bautizado con el jugo de varios limones. El remedio se me hizo estupendo y de sabor bastante pasable aunque la maldita peste se conservó inconmovible y encima de todo, el consiguiente guayabo, que estuvo a punto de matarme, me duró varios días. Lo curioso del caso es que me dejó una lamentable aversión por la bebeta, inconveniente que por fortuna, con juicio y mucho empeño, he venido superando al cabo del tiempo.

El entendimiento con el respetado periodista de La Escalera nunca pasó infortunadamente del saludo formal aunque distante, situación bien diferente a la relación cercana y afectuosa con los representantes de las autoridades con las cuales me correspondió el honor de compartir responsabilidades de administración y gobierno en Risaralda. Tales los casos del Gobernador  Germán Gaviria Vélez caballero de exquisito trato y amabilidad probada, de los alcaldes Alvaro Ramírez y Juan Guillermo Angel y del Obispo de Pereira Monseñor Darío Castrillón Hoyos quien amablemente respondió a mi mensaje de despedida con nota que transcribo literalmente, por tratarse de un apreciado testimonio del cual me siento muy satisfecho:

“DIÓCESIS DE PEREIRA,  Gobierno Eclesiástico,  Calle 20 No 7-40

Pereira, enero 12 de 1983

Señor Teniente Coronel

HÉCTOR ALVAREZ MENDOZA

La Ciudad

“Muy apreciado señor Coronel: 

“He recibido  con sumo pesar su nota tan amable de despedida. Sus benévolos conceptos para este humilde servidor no son otra cosa que la expresión de su nobleza y de su amistad que tanto me complace y me honra.” 

“Guardaré un gratísimo recuerdo de su servicio en esta ciudad, caracterizado por la honestidad a toda prueba, la dedicación ejemplar y la distinción que siempre supo imprimirle a sus actos. 

Gustoso imploro del Señor las bendiciones para su persona y su familia, así como para el éxito que le deseo amplísimo en su nuevo cargo.” 

“Con el mayor aprecio y con la certeza de mi amistad sincera me suscribo servidor en Cristo:” 

                                    + DARÍO  CASTRILLÓN  HOYOS

                                               Obispo de Pereira”