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Elisa Mújica: Pionera de las mujeres en Academia de la Lengua

27 de febrero de 2018
27 de febrero de 2018

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

La Academia Colombiana de la Lengua, durante su primera sesión ordinaria del presente año, rindió un sentido homenaje a la escritora Elisa Mújica al celebrarse en 2018 el centenario de su natalicio que se cumplió el pasado 21 de enero.

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Y no era para menos: ella fue la segunda mujer en ingresar a esa institución en 1982 como Miembro Correspondiente, habiendo sido precedida tan solo por Dora Castellanos, pero fue también la primera en asumir allí dos años después, en 1984, como Miembro de Número, previa recepción de don Eduardo Guzmán Esponda, quien no dudó en calificarla como una “ilustre prosista”.

Así, tomó posesión de la silla Y (a cada Numerario le corresponde una letra del alfabeto), haciendo su disertación de rigor sobre las raíces del cuento popular en Colombia, nada menos.

Castellanos y Mújica, por tanto, fueron pioneras en el acceso de la mujer a la Academia de la Lengua, siguiendo los pasos de sus similares en España y Francia: la Real Academia Española y la Academia Francesa, donde sus propias autoridades reconocen el machismo imperante en sus filas y lo difícil que fue abrir sus puertas a dignas representantes del sexo femenino (Marguerite Yourcenar, por ejemplo).

De hecho, ambas atrajeron a otras mujeres hacia nuestra Academia, cuya cifra alcanza la suma de 18 hasta ahora, distribuidas así: tres fallecidas, cuatro honorarias, seis numerarias y cinco Correspondientes, lo que constituye una de las representaciones femeninas más altas en estos lugares sagrados de la lengua castellana. “Un ramillete de valores y virtudes”, en palabras del historiador Antonio Cacua Prada.

No es poco su mérito, en verdad.

Bumanguesa y bogotana

Pero, ¿quién fue Elisa Mújica, a quien muchos compatriotas no habrán oído siquiera mencionar? ¿Y qué tan buena escritora fue para haber sido exaltada en esa forma por tan selecto grupo de académicos? ¿Y cuál es, en fin, su obra literaria? Al respecto, el secretario ejecutivo de la Academia, Edilberto Cruz Espejo, fue quien llevó la vocería en esa corporación que por cierto está próxima a cumplir 150 años de existencia.

Para empezar, nació en Bucaramanga y ya desde temprana edad -según Guzmán Esponda en su citado discurso de bienvenida- era bastante aficionada a la lectura, incluso de libros prohibidos, condenados por el Índice de la Iglesia Católica, o seducida simplemente por las Rimas de Bécquer con su romanticismo enfermizo.

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Cuando tenía apenas ocho años de edad, su familia se trasladó a Bogotá, llevándola consigo. Y enhorabuena: al parecer, se adaptó de inmediato a la capital, convirtiéndola acaso en su segunda ciudad natal, donde por desgracia no tardaron en llegar las dificultades. ¿Como cuáles? En primer término, la muerte de su padre, que le partió la vida en dos, cuando se disponía a celebrar, en pocos meses, su fiesta de quinceañera.

Empezó, pues, su vida laboral: fue mecanógrafa, oficio que le caía de perlas como escritora incipiente; empleada del Ministerio de Comunicaciones, como si la palabra o el lenguaje la persiguiera, y hasta secretaria privada de Carlos Lleras Restrepo cuando éste fungió como Contralor General y ministro de Hacienda, mucho antes de ser Presidente de la República.

Luego partió hacia Quito, para cumplir funciones diplomáticas que tanto le permitieron dedicarse al fascinante mundo de la escritura, y de regreso al país fue gerente de la Caja Agraria en Sopó, cuando tampoco las mujeres solían hacer las veces de ejecutivas, para terminar como bibliotecaria no solo ahí, en la Caja Agraria, sino en la mismísima Academia de la Lengua, un honor más que le brindaron sus nuevos colegas.

Tales honores, a propósito, se fueron multiplicando con el paso del tiempo, como cuando recibió la Cruz de Boyacá o cuando la Feria Internacional del Libro en Bogotá le rindió un homenaje, todo por obra y gracia de su reconocida y prestigiosa producción literaria.

Al fin y al cabo para entonces era “un modelo de escribir bien”, en palabras de Montserrat Ordóñez, experta en su obra.

La muerte le llegaría finalmente en el año 2003, a comienzos del tercer milenio que había esperado con ansias.

De Marx a Jesús

Como Elisa Mújica nació en 1918, un año después de la Revolución Bolchevique en Rusia, llegando a presenciar la Revolución Cubana a mediados del siglo pasado y poco antes la Revolución China de Mao, no es de extrañar la fuerte influencia del marxismo en su obra literaria, según dejó constancia en una de sus novelas, “algo autobiográfica” al decir de Cruz Espejo.

En su caso, sin embargo, la honda sensibilidad social, ligada a una intensa espiritualidad, fue desembocando en el cristianismo a través, sobre todo, de los escritos de santa Teresa -“clave de su conversión”- y de sor Josefa del Castillo y Guevara, nuestra mística tunjana, en torno a las cuales escribió dos de sus más famosos ensayos. Saltó, pues, de Marx a Jesús, diríamos parodiando a Revel.

Como novelista, bordeó los terrenos del romanticismo, aunque más bien su narración tuvo que ver con cuestiones del lenguaje; incursionó con éxito en la literatura urbana, como Bogotá de las nubes, que trasciende la escueta visión de una guía turística, y denunció con maestría la soledad, el aislamiento y la incomunicación del mundo moderno, al que lanzaba su enérgica diatriba contra el olvido de la historia y el culto al neoliberalismo en boga, por deshumanizante.

En los cuentos, se paseaba a sus anchas por su querido barrio de La Candelaria, por sus callejuelas y casas viejas como la que habitaron Soledad Acosta y José María Samper, al tiempo que en sus relatos no puede dejarse de mencionar su Expedición Botánica contada a los niños, editado por el Instituto de Cultura Hispánica.

Fue ensayista y crítica literaria, sin duda lo que en mayor grado la hizo popular en los círculos intelectuales por sus continuas publicaciones en “Lecturas Dominicales” de El Tiempo, periódico donde también mantuvo durante varios años su sección de reseñas bibliográficas.

Nadie se sorprendió, en consecuencia, cuando en 1962 los jueces del codiciado Premio Esso recomendaron la novela que presentó al concurso para ser publicada junto a la ganadora, dados sus invaluables aportes a otro género del que ella fue pionera en Colombia: la literatura femenina, rompiendo con los cánones establecidos y enfrentando con mirada crítica la realidad de la mujer.

Notas finales

Al término de la intervención de Cruz Espejo, Teresita Morales de Gómez, ex directora del Museo Colonial, fue la académica encargada de hacer los comentarios debidos, que en su caso estuvieron marcados por su amistad con Elisa Mújica, pionera -repitamos hasta el cansancio- de la presencia femenina en la Academia de la Lengua.

Recordó, en efecto, que ella fue quien la reemplazó, al morir, en la silla Y, como Miembro de Número, afirmando que sus visitas a la oficina del Museo están todavía fijas en su memoria, tanto como sus “páginas bellísimas” a Santa Teresa, sus textos infantiles y su amor a la soledad, a los libros y a los gatos, a las calles estrechas y sombrías de La Candelaria, donde residió por mucho tiempo.

Citó apartes de su Diario, donde revela cómo la fuerza de su fe la sostenía en su vejez, la decepción que sufrió ante el fracaso estruendoso de los regímenes comunistas, su cuidadosa lectura de grandes místicos como san Juan de la Cruz y la pobreza franciscana de sus últimos años, cuando un aguacero estuvo a punto de tumbar su amada casona colonial que luego abandonó con dolor.

A su turno, Daniel Samper Pizano declaró, sin rodeos, que el mejor ensayo sobre Reminiscencias de Santa Fe de Bogotá, de Cordovez Moure, es precisamente el de Elisa Mújica, superando con creces a los de Rafael Pombo y tres ex presidentes de la república: Marroquín, Concha y Abadía Méndez. “Nadie más cachaco, más santafereño, que ella”, señaló.

Era bogotana, claro está. Y bumanguesa, tanto que el presidente de la Academia Colombiana de Historia, Eduardo Durán, rememoró algún pasaje lejano en Bucaramanga, cuando Alfonso Gómez Gómez y Pedro Gómez Valderrama le ofrecieron la máxima condecoración de su ciudad natal, a lo que ella respondió: “No hace falta. El título de bumanguesa me basta”.

Los aplausos resonaron en el amplio salón de la Academia, donde todos celebraban, al unísono, el centenario del natalicio de doña Elisa Mújica, “ilustre prosista”.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua

Foto exterior El Tiempo