10 de mayo de 2021
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Orlando Cadavid Correa
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15 AÑOS DEL ATENTADO AL NOGAL

9 de febrero de 2018

Han pasado 15 años del atentado al Club del Nogal. Esa noche terrorífica de febrero de 2003 cuando un carro-bomba estalló en el parqueadero, dejando más de 33 víctimas fatales y decenas de heridos. En el edificio permanecían a esa hora más de 600 personas que nada tenían que ver con el conflicto armado. Familias, amigos, socios e invitados así como el personal del club no se sabían ‘objetivo militar’ de nadie y mucho menos en Bogotá, donde la seguridad era la mayor del país. Ni siquiera conociendo la barbaridad y crueldad de la guerrilla, a nadie se le pasaba por la mente que pudieran perpetrar un ataque de esas características contra civiles inermes. El hecho sacudió la conciencia nacional. Las dantescas escenas quedaron grabadas en la memoria de todo el país como evidencia de uno de los episodios más graves en más de cuatro años de confrontación armada.

En medio de la tragedia se recuerda a los héroes que expusieron o incluso perdieron sus vidas por salvar la de otros. La solidaridad nacional fue inmediata. Todo el país se manifestó de manera espontánea condenando a los bárbaros que decidieron con premeditación y alevosía asesinar a esa gran cantidad de civiles indefensos. Apenas horas después del ataque ya se sabía que la cuadrilla “Teófilo Forero” de las Farc, al mando de uno de los cabecillas más sanguinarios, era la responsable del acto terrorista. Las investigaciones demostrarían rápidamente que los subversivos y sus cómplices tardaron varios meses planificando un ataque ordenado por los máximos jefes de esa organización alzada en armas, con la criminal intención de demostrarle al gobierno de entonces que no existían lugares en donde no pudieran golpear y verificar su capacidad de asesinar de la manera más cobarde e indiscriminada. Aunque los subversivos trataron fallidamente de ‘justificar’ el bárbaro acto afirmando que allí se reunía la cúpula paramilitar y que las jerarquías gubernamentales, castrenses, políticas y económicas diseñaban también la ofensiva militar contra las Farc, lo cierto fue que la intención no era otra que -como lo hacen todos los terroristas- infundir el máximo temor al país golpeando en el corazón de Bogotá y a uno de los clubes más seguros y reconocidos.

Para no pocos analistas, e incluso para las propias Farc, según lo admitiera recientemente uno de los excabecillas, el ataque fue uno de los más gravosos errores de su historia. La opinión pública, lejos de amedrentarse, se erigió de inmediato respaldando a la institucionalidad y exigiendo pública y masivamente una acción inmediata contra los culpables. El gobierno reaccionó rápidamente y redobló la ofensiva. La investigación determinó en poco tiempo quiénes fueron los autores intelectuales y materiales.

Paradójicamente, por entonces nadie imaginaba que una década después, en el marco del proceso de paz en La Habana, el Estado pactaría la inimputabilidad de los responsables de delitos de lesa humanidad como el del atentado al Nogal. Nadie imaginaba, tampoco, que se repetiría el ‘perdón y olvido’ que cobijó años atrás a los responsables del asalto criminal al Palacio de Justicia y la inmolación de magistrados, civiles y personal de la Fuerza Pública.  Sin duda en uno y otro caso hay un triste historial de impunidad.

Estremece la conciencia escuchar por estos días a las víctimas del ataque al Nogal quejarse dolida y resignadamente de que no hubo reparación alguna ni, incluso, les permitieron en su momento ir a La Habana para que los victimarios explicarán por qué perpetraron semejante acción y pidieran el perdón respectivo.

Pese a ello, muchos de los sobrevivientes y los familiares de las víctimas mortales no se dejaron vencer por la violencia ni la indolencia. Con mucho esfuerzo y temple volvieron a comenzar.  Lo que no significa que hayan olvidado la barbaridad de la que fueron blanco.

Los que profesamos ideas de orden y paz así como de respeto a la justicia y la ley, no entendemos cómo pueden existir grupos de delincuencia común u organizada que piensen que asesinando a ciudadanos inermes, militares y policías modificarán la sociedad. Contra estos violentos la justicia debe ser implacable, como es propio de todo país civilizado. Transar la ley, perdonar una y otra vez los crímenes de guerra y lesa humanidad, a lo único que conduce, de manera inevitable, es a que cada cierto tiempo otros terroristas quieran seguir el ejemplo, esperanzados en que después negociarán con un gobierno débil y obtendrán perdones amplios y jugosos beneficios políticos.

EDITORIAL/EL NUEVO SIGLO