28 de mayo de 2022
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¿Vocación nacional?

27 de noviembre de 2017
Por Javier Darío Restrepo
Por Javier Darío Restrepo
27 de noviembre de 2017

Javier Darío Restrepo

Uno podría pensar que los colombianos le tememos a la verdad y a la justicia, a juzgar por las reacciones frente al tema de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) o de la Comisión de la Verdad (CV).

En el caso de la JEP se esgrimen las sospechas como si fueran hechos: la de parcialidad, o la de cogobierno de las Farc, o la de dominio de la izquierda.

Lo mismo ocurre con la creación de la CV. Que entre los comisionados aparece un exmilitar, que no se le dará prioridad a los crímenes de Estado, que los nombrados tienen tufo oficialista. Desde el otro lado también llueven los reparos: que la mayoría de los comisionados tiene inclinaciones de izquierda, que el padre de Roux simpatiza con la Teología de la Liberación, que esta Comisión puede ser un paso hacia la creación del Ministerio de la Verdad, exageró algún lector de la novela de Orwell, 1984.

¿Temen aquellos a la justicia? ¿Los aterra a estos la verdad? ¿O estamos asistiendo al reconfortante espectáculo del uso de la capacidad crítica, propio de una sociedad inteligente y libre?

El padre de Roux no es flemático sino evangélicamente comprensivo cuando explica la paranoia nacional como “un trauma cultural y social profundo”, motivado por el largo y doloroso  sufrimiento producido por la violencia; y precisa que la Comisión de la Verdad no va a juzgar, que su tarea será combatir la mentira y que uno de los efectos queridos es ayudar a los colombianos a salir del pantano de la polarización.

Uno observa el espectáculo: el de las apasionadas polémicas, con más adjetivos que razones; el de la serenidad ejemplar del sacerdote presidente de la Comisión  y el de las expectativas de un país que, después de haber saludado gozoso el silencio de las armas, ve, ansioso, el empeño casi suicida por hacer trizas la paz. Se reúne todo eso y se cree encontrar que ese caos es el resultado lógico del imperio de las verdades absolutas.

Estoy hablando de esas verdades como “La Teología de la Liberación es marxismo clerical”, “la justicia debe concentrarse en los crímenes de Estado”, “los exguerrilleros son criminales que no deben participar en política”, afirmaciones, entre muchas más, que no admiten contradictores y con las que se clasifica a los que no las comparten como equivocados, sumergidos en las oscuridades del error.

Un efecto funesto de estas verdades absolutas es que los que se sienten dueños de la verdad se autocalifican como buenos e inteligentes, y miran a los demás como malos y brutos. De pensar así solo hay un paso hasta llegar a sentir, como un deber ético, la necesidad de destruir a los malos porque, según el dicho, por estúpido no menos común: “Los buenos somos más, los malos son los menos; acabemos con los malos”.

Detrás de las disputas por la JEP, y por la Comisión de la Verdad, se siente el aire excluyente que crean las verdades absolutas que atraviesan el discurso opositor: “Solo es íntegra la justicia capaz de vengar a las víctimas”, “toda propuesta que venga del enemigo contiene una trampa”, “nadie con ideas de izquierda puede ser veraz, ni justo”. Son unas cuantas entre las verdades absolutas que han convertido a Colombia en el campo de una guerra interminable en el que madrugamos para tener tiempo de destruirnos los unos a los otros, mientras la paz vuelve a verse como un ideal y una felicidad imposibles, si no tienen el sello y la firma de algún político. El Heraldo.