20 de mayo de 2022
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Fallecidos en noviembre: DANIEL SANTOS

28 de noviembre de 2017

daniel santos

Óscar Domínguez Giraldo

El Inquieto Anacobero Daniel Santos anduvo por la vida desfaciendo entuertos sentimentales a punta de boleros y guarachas. Lo sigue haciendo a los 25 años de su muerte que se cumplen hoy lunes. Empezó su sabático perpetuo cuando tenía 76 años. Un ataque al corazón lo volvió eternidad.

Una de las batallas ganadas por Santos es el homenaje póstumo que recibió del Nobel García Márquez en su autobiografía «Vivir para contarla». Una especie de indemnización posmortem por cuanto Santos soñó con que Gabo lo biografiara en vida, hermano, en vida.

En el prontuario artístico de Santos figuraron más de 3.500 canciones. Un bolero en la voz del Jefe será siempre un editorial sentimental bailable.

Con 600 canciones de su propio cacumen, fue el biógrafo obligado de enamorados de varias generaciones que sufren y se alegran en los distintos idiomas. Fue la voz de los que no tenían más voz que la suya para confesarles su amor o desamor a su dulce enemiga.

El bolero es el esperanto de los enamorados. O desenamorados. «Tengo canciones, grandes, chiquitas, bonitas, feas; son como  mis hijitas», las definió con ternura de abuelo el Jefe, como lo apodó la bohemia del café Perro Negro, en el barrio Guayaquil, de Medellín, en los años cincuenta, cuando Daniel hacía dos o tres giras por año en Colombia.

Por esa época, a Daniel lo alcanzó un baculazo lanzado por Nos Miguel Angel Builes, obispo de Santa Rosa, Antioquia,  para toda Colombia. Builes se hizo sentir a través de un oficio a través del cual exhortó a sus ovejas a no caer en las redes de la música caribeña profana interpretada por el anacobero. El anataema también tocó al diminuto rey del mambo, el cubanísimo Dámaso Pérez Prado, la Foca. Un honor para los dos.

Seguramente pesó en el ánimo de Monseñor la fama de Daniel de quien se decía que tenía el beneplácito policial para meterse un cacho de marihuana cuando la yerba era fruta prohibida. Tal vez a esa fecha se remonte el estigma que durante años pesó sobre el cigarrillo Lucky Strike que, decían, se utilizaba como soda o pasante de la marachafa.

Una corte de fanáticos recibía siempre a Daniel en sus visitas a Medellín: los llamados camajanes, miembros de la cofradía de la cannabis que lucían floridas camisas con los botones desapuntados que dejaban el pecho al aire. Completaban el decorado pantalones blancos y zapatos del mismo color, sin medias. La pinta ha sido calcada por muchos metrosexuales de hoy.

En un baño del Coliseo Cubierto el Campín improvisado como camerino, Daniel Santos Betancur  aceptó la noche de su último concierto en Colombia, un diálogo fugaz con reporteros de Colprensa. Sería su última visita al país antes de partir para la “ignota lontananza” de los cantantes muertos. Exigió que no se le plantearan cuestiones políticas.

Atrás quedaba su viejo activismo político de cuando pedía a los yanquis  irse a casa y dejar quieto a su Puerto Rico del alma. Daniel no se resignaba a que la bandera de su país “fuera una estrella más en la bandera americana”. Se quitaba el sombrero ante la revolución cubana.

La noche de su último concierto en Bogotá, de  «sus hilos de plata», como el Inquieto Anacobero bautizó su cabello blanco en alguna de sus melodías, numerosas gotas de sudor hacían fila para correr por sus mejillas septuagenarias, en una demostración de que, como siempre, sudó sus honorarios.

ANACOBERO

Según Luis Villarder, experto en música antillana, lo de anacobero viene de una voz africana, “ñañinga”, que quiere decir diablillo. Lo de inquieto, cuenta Carlos E. Serna S., en un libro que editó Discos Fuentes (La Sonora Matancera), nació del hecho de que en el escenario Daniel parecía con mal de San Vito.

Conocí al Anacobero en los pianos sin cola del barrio Aranjuez, de Medellín, de los  años cincuenta. En esa época mi madre soñaba con conocer al Papa. Yo me transaba por conocer algún día a Daniel de quien me preguntaba con El Trío Matamoros en su “Son de la loma”: “Mamá, yo quiero saber de donde son los cantantes”.

Como averiguando se va a Roma, supe que Santos era del barrio Trastalleres, Puerto Rico, donde nació el 5 de febrero de 1916. Otros dicen que “acigüeñizó” en junio del mismo año.

(Orlando Ramírez, Orcasas, estudioso musical, manda p’al carajo mi fecha a través de esta nota: Tus fuentes santistas están en un común error muy extendido, que consiste en afirmar que Daniel Santos nació el 6 de febrero de 1916. Él nació en junio 6 de 2016, pero como el santero sacerdote de la familia les dijo a sus padres que los augurios no eran buenos, les sugirió, y ellos aceptaron, fijar la fecha del 6 de febrero como fecha de nacimiento, para hacerle pistola al horóscopo.

Sólo que como los funcionarios del registro civil no creen en cuentos santeros, la fecha que quedó registrada en el acta de nacimiento es la del 6 de junio y así consta en el facsímil de la que tiene en su poder el amigo Jaime Jaramillo Suárez que vivió en Puerto Rico y la rastreó en los despachos oficiales. Copia facsimilar aparece en la sección de fotografías de la biografía «Vengo a decirle adiós a los muchachos«, escrita por Josean Ramos.

Esos pianos (=traganíqueles) no eran precisamente de los que traían a lomo de barco y de mula para las solteras perpetuas de Envigado como los que menciona García Márquez en «El Amor en los tiempos del cólera».

Por cierto, Gabo le haría a Santos el homenaje póstumo de confesar su devoción por su arte. Y lo hizo en público, no en voz baja.  En su bolero de 579 páginas titulado, “Vivir para contarla”, Gabo confiesa su vocación de cantante.  

Es más, según se desprende de su relato, Daniel y Gabo fueron colegas por cuanto el fabulista de Aracataca integró el Cuarteto García que se dedicaba a animar toda suerte de rumbas en Barranquilla. El de intérprete fue uno de los primeros oficios del nieto del coronel Nicolás Márquez.

Los de Aranjuez  tampoco eran de esos pianos que funcionaban con un concertista que suele arrancarles música accionando el braille del teclado. A los viejos pianos, marcas Wurlitzer o Seeburg,  bastaba con echarles una monedita por una ranura y los cantantes empezaban a extrovertirse por orden cronológico.                     

EL HOMBRE ORQUESTA

 La noche bogotana que lo conocí Santos volvió a lucirse en el escenario. El dueño de la rumba. La orquesta,  el micrófono, su cuerpo, su ritmo, todo colaboró para que las cosas salieran como ordenan los cánones de la rumba antillana. Conocía su oficio. Fue honrado con él. Actuaba como si lo hiciera por primera vez. Si eso no es ética y estética a la hora de ejercer un destino apagá y vámonos.

 «Qué lindo tocó la Sonora Matancera esta noche», comentó Daniel quien al final de su recital se confundió en un abrazo con el director, el eterno Rogelio Martínez, y con Carlos Manuel Díaz, Caíto, otra eterna  segunda voz de la orquesta que arrancó en Matanzas con el nombre de Tuna Liberal, luego ascendió a Estudiantina Sonora Matancera y, finalmente, se convirtió en Sonora Matancera, a partir de 1932.

 Cuando estuve en Cuba pasamos por Matanzas pero nuestro taxista habanero se aculilló y no quiso llevarnos a la meca  de la Sonora. El afable y dicharachero hombre del volante puede sumar las nuestras a las dosis de madrazos que se ha ganado en vida.

 «Soy perfeccionista en mi oficio», confesó cuando le preguntamos por qué en algún momento del concierto se le vió enojado con algunos de los integrantes de la  Sonora.

Celia de la Caridad Cruz Alonso,  Celia Cruz para los guaracheros, lo sucedió esa noche en la tarima. Hoy los dos disfrutan del mismo pabellón en el cielo, tercer piso, ascensor. (Con el perdón de los salsómanos, esa noche me olvidé de Celia. Había que chuliar un sueño apellidado Santos).

 NO AL OXIGENO

 En algún momento de la charla, un discípulo de Hipócrates se asomó al interior del camerino para preguntarle al Jefe si necesitaba oxígeno. Era una de las mínimas “exigencias” del artista que se dio el lujo de grabar hasta dos y tres versiones para diferentes sellos. La altura de  Bogotá de pronto le podía jugar pilatunas al hombre que completó 10 matrimonios, uno de ellos con Luz Dary Padredín, una caleña de 15 años al momento de hacerse leer la epístola.

El Anacobero le dijo no al oxígeno artificial con una sonrisa y prefirió alzar, a manera de brindis, restos de un vaso de whisky seco que había empezado a liquidar sorbo a sorbo a medida que transcurría el concierto.

Cuando arrancó con: «Vengo a decirle adiós a los muchachos, porque pronto me voy para la guerra», tres reclutas fugados de las caballerizas de Usaquén, se pusieron  firmes y lacrimógenos en las graderías. El Jefe les regaló una inclinación de cabeza en reciprocidad. Los reclutas gritaron “Viva Colombia”. Y siguieron quemando su cacho.

El Jefe empató con su autobiográfico «El preso», inspirado en un canazo que tuvo que pagar en Medellín. La canción provocó gran movimiento en los tendidos (olorosos a la sativa), seguramente ocupados por prófugos de cárceles bogotanas.

 En algún momento, una Lolita se metió al camerino con el ánimo evidente violar el  sexto mandamiento: no fornicar. Santos, curado del demonio del mediodía sexual, la desanimó benévolamente y le recordó a ese “bocado de cardenal” que podía ser su abuelo. La chica no insistió.

Un cigarrillo Lucky Strike – con filtro porque todo ha subido-  salió de su saco blanco al que le hacían  juego pantalones cafés y una camiseta roja que no hizo nada por ocultar su generoso estómago.

 LA IMPORTANCIA DE TENER HISTORIA

 Le pregunté si debía su longevidad al hecho de haber cantado  muchas canciones de amor. Respondió que sobre todo cuando era joven le dedicó tiempo al amor pero reconoció que en la vida hay otras cosas interesantes sobre las cuales cantar y escribir.

Santos había escrito sus «Confesiones», el mismo título que San Agustín le dio a su hermosa autobiografía. El hijo de don Rosendo Santos, carpintero, y doña María Betancur, costurera, aceptó que el libro estuvo mal planteado pero que de todas formas «sólo escribí sobre cosas ásperas de mi  vida. Lo bonito de la vida no tiene importancia. El hombre bueno no  tiene importancia. El importante es el malo, el que tiene historia»,  confesó el Jefe en tono filosófico.

 Metió a Dios en la colada y dijo que «quiera él que yo sea de los buenos. Mi idea es ser bueno pero a veces no se puede», nos confesó el  Inquieto cuya voz tantos han imitado. «Entre ellos Charles Figueroa, a quien crié en 1941 cuando salió de Puerto Rico. Era un gran artista. No  había tenido necesidad de imitarme, aunque agradezco a quienes me imitan». En Colombia, del departamento de imitación al Jefe corrió por cuenta de Tony del Mar y Raúl López.(Y de otros, entre los que me encuentro, en la clandestinidad de la ducha).

Insistió: «Creo que Dios cree en mí». Y entró en detalles: «Lo digo porque siempre me ha  ayudado y he tenido fe en él para pedirle cosas. No quiero nada del  otro mundo. Sólo cosas chiquitas. Lo que más quiero es tenerlo a él  a mi lado».

Me dio la impresión de que lo tenía sin cuidado no haber sido feliz. «No he llegado a ser completamente feliz porque voy de carrerita», comentó Santos quien reconoció que sus diez matrimonios fracasaron “por culpa mía, claro». Su condición de trotamundos le impidió dedicarse a la dialética del pañal y la caquita de bebé.

Santos le dio mate al whisky puro que quedaba en su diestra mano que exhibía un tic de tanto empinar el codo. «Adiós, chicos», nos dijo al final.

La leyenda que canta desapareció por una puerta lateral del Estadio y se perdió en los recovecos de la ciudad, de regreso a la soledad de cinco estrellas del Hotel Tequendama a rumiar sus años bien vividos. Y mejor cantados. En recuerdo del Anacobero debajo de mi mesita de noche reposa la foto que me hice tomar con el viejo que hizo grande a la eterna Sonora Matancera. Y al revés, claro.