4 de julio de 2022
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Juan Bernardo

4 de octubre de 2017
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
4 de octubre de 2017

Hernando Salazar Patiño

Tocado, hondamente tocado muy adentro de la memoria de lo grato, de lo trasparente, de lo convocador y de lo evocable, puesto que de las amistades que desarrugan los rostros, empequeñecen los años, conminan la sonrisa, despejan la mirada y serenan el alma, la de Juan Bernardo Botero ocupó el primer puesto en el corazón de sus compañeros de colegio.

Hablar de él, o con él, era remontarnos a esos días increíbles en los que el pasado había sucedido muchísimo antes y nos era casi extraño, el presente, siempre diario, con las tareas que toca hacer o que hicimos, las exigencias de la casa, los encuentros con los amigos para charlar, jugar ping pong, ir a la fiesta, ilusionarse con la niña que se conoce o  llamar y visitar la novia que se tiene, salir para la finca o volver de ella, y el futuro, una sonora palabra en los discursos de los maestros.

Cuando digo esto, no quiero significar que al vernos con Juan Bernardo o conversar con él, fuera forzoso regresar a las imágenes o nostalgias del bachillerato. No.  Todo encuentro personal con Juan Bernardo Botero, para nosotros, los que lo quisimos, los que no podíamos hacer o sentir otra cosa que quererlo, al saludarlo, al mencionarlo, al acompañarnos de él, vital, espléndido, cálido, expresivo, sin petulancias ni dobleces, era algo más singular y hermoso. Era sentirnos en lo que de positivo, de adorable, de abierto, de espontáneo, de mental y espiritualmente desprevenido, tiene ese estado del alma que llamamos adolescencia. Es cierto, Sí, para los que así lo percibíamos, hablar con Juan Bernardo era una especie de  catarsis.

Fui de los primeros que lo acosé a preguntas, cuando llegó, alerta, delgado y elástico a San Luis Gonzaga. Estaba recién arribado de Argentina, a donde su familia se había trasladado por el tiempo en que su padre, el médico Bernardo Botero Peláez, hacía su especialización. Juan Bé terminó allá la primaria. No preciso si ya había caído Perón, pero las noticias provenientes de Buenos Aires llenaban por esa época los titulares de prensa. Mi temprana afición a la historia política, y a la lectura de periódicos, explicaban mi interés en la situación que se vivía en el país austral. No estoy seguro de que Juan Bernardo me respondiera entonces lo que yo quería saber, pero la verdad es que me contaba cosas que no traían las informaciones, ni tenían por qué, pero que imaginadas, o arregladas de lo escuchado a los mayores, por mi amigo, una fuente in situ, yo recibía como un privilegiado.

Ese fue nuestro primer acercamiento. Podría contar decenas, en un repaso de seis décadas de conocernos, pero las anécdotas con Juan Bernardo tienen la particularidad de no ser comunes a casi ninguno, porque cada uno tiene las suyas, hechas de la mejor sustancia, en las que su solidaridad, su  persuasión, su generosidad, su decencia, su sencillez, su entusiasmo, su gana, su callado y oportuno servicio, sean varias o alguna de estas virtudes,  se anteponen al hecho mismo, cualquiera que este  haya sido.

Del dirigente deportivo, tienen mucho para decir los que  compartieron con él esta actividad. De cuando sonó en algún momento el nombre del doctor Juan Bernardo Botero para la alcaldía de Manizales. Un compañero, tanto de colegio en Manizales, como de apartamento en Bogotá, que tuvo con él siempre  una especial dilección personal, era el jefe político en la ciudad. Eso explicaba en ese entonces la coyuntura de su ingreso al sonajero. Estaban, claro, su prestigio como profesional, la energía de sus actividades, sus aportes a la ciudad, su prestigio social y profesional, profesional, pero estaban también su ánimo desinteresado, su honestidad, su carencia de cálculo y malicia, su desconocimiento del terreno en el que las capacidades nada tienen que ver. Fue apenas ilusión pasajera de algunos manizaleños, también suya quizá.

Porque Juan Bernardo Botero fue un hombre bueno, no quiero decir  en el estricto sentido filosófico de mis queridos griegos, ni en el religioso, el que no obstante su profundidad, se emplea con la liviandad del lugar común, sino en el consenso de los que con él trataron o a él se aproximaron, en la asunción de la responsabilidad de ser el amigo con el que se podía contar y con el que con mayor seguridad se contaba. En el dar, como un congénito e inconsciente don natural, abundante y fluido de su personalidad. El confiar en que haya más personas en el mundo similares a la que fue Juan Bernardo, nos exhorta a que  la fe en  el ser humano no está perdida.

Este el ser que así recuerdo hoy y que recordaremos siempre. Les manifiesto mi pesar a su familia, a sus hermanas, a su hermanos, a sus hijos y nietos, a sus familiares,  y el que nos embarga también a sus amigos, y sus compañeros de bachillerato nos damos mutuamente el pésame. Es una pena tan propia, tan fraternal, tan nuestra, tan de la entraña cordial de la amistad, que una partida como la tuya Juan Bernardo, nos dice en una proporción y con un acento que  estremece en el interior de cada uno, qué tan solos nos hemos quedado.