26 de junio de 2022
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FRACASO

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
20 de octubre de 2017
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
20 de octubre de 2017

Víctor Hugo Vallejo

Tantos sueños que terminaron en grandes pesadillas, algunas de ellas con final desconocido aún. Fueron muchos sueños construidos desde el idealismo formado con el conocimiento novedoso de teorías políticas en las que trascendía por encima de todo la solución a las dificultades sociales de la mayoría, que de alguna manera eran comunes a los pobres del mundo. Se discutía arduamente. Se trataba de entender esas ideas de la mejor manera. Con ellas se iba construyendo un proyecto de vida en el que pensar en los otros estaba por delante de pensar en si mismo. Se accedía a estudios superiores como una manera necesaria de prepararse para dar las batallas que fuesen necesarias con tal de formar una nueva sociedad, con otras visiones, con otras metas, con otros alcances.

En los salones de clase. En las cafeterías internas y externas de la universidad habían espacios de debate en los que se trataba de ser novedoso, pero, por encima de todo, de comprometerse con algo en concreto, que llevase por caminos nuevos.

Tantos sueños nacieron en la cafetería “Tronquitos” de la Universidad de Antioquia, donde todos los días era como construir el país del futuro, que se iban diluyendo en la obtención de un título profesional y el indispensable ingreso al mercado laboral, para ser productivos y ayudar a la familia que tantos esfuerzos había hecho en su formación, o la consolidación de unas ideas que marcaban los pasos hacia la defensa de lo social, de lo humilde, de hacer conocer a los que nadie conocía.

No fueron muchos los que escogieron el camino de esos ideales mucho más idealizados por ellos mismos, pero lograron ocupar un pedacito de la historia reciente de este país. Uno de esos contertulios de cafetería y compañero de mas de uno de ellos en los trabajos sociales de los barrios pobres de Medellín, se propuso contar esos relatos en que se puede saber de tantos sueños frustrados, fracasados, muertos o desaparecidos.

Eran los años sesenta, cuando la libertad era una bandera mundial y los jóvenes soñaban con libertad cierta en todos los espacios y los tiempos de la vida. Y era el momento de las revoluciones con sonrisas, con flores, con amor, con vida. Se patentó el anhelo de hacer la revolución pero que todo pareciera fiesta. Lo que querían era la fiesta de la libertad y por eso miraban la vida con optimismo y cuando en la lucha les llegaba la muerte, la observaban con la misma sonrisa de saber que unos que caían en ese momento, serían la semilla de los que podrían vivir con la alegría soñada.

Finalmente no hubo fiesta. Todo fue fracaso. Se intentó cambiarlo todo para que nada cambiara, porque el establecimiento se movió al vaivén de lo que pedían, guardando siempre los ases bajo la manga para mantener el poder en su favor. Quisieron cambiarlo todo. Finalmente nada cambió porque ese estatus que pretendían modificar de alguna manera fue más fuerte y tuvo más recursos a mano para mantener el estado de cosas, a lo que debe sumarse los muchos errores que en nombre de esa revolución se cometieron y que terminaron por deslegitimar lo que era una causa justa y al final apenas terminó en una colección de delitos.

Alonso Salazar J., el ex alcalde de Medellín, formado como periodista en la Universidad de Antioquia, compañero de muchos de los protagonistas, cuenta en su nuevo libro “No hubo fiesta”, esos fracasos encontrados en la búsqueda de tantos sueños de igualdad social. El relato de la historia reciente de Colombia, es un devenir de juventudes, sueños, ideas, proyectos, victorias pírricas, planes optimistas y fracasos que condujeron en la mayoría de las veces al silencio.

Lo que hicieron tantos con tan pocos recursos de todos modos marcó un momento del desarrollo de la política en nuestro medio. Esa marca, lo que hicieron, lo que dejaron (si quedó algo), es lo que va contando la obra necesaria en su conocimiento para entender que pasa hoy día en Colombia. Saber de la historia de un país siempre será la base sustancial del conocimiento en todas las áreas. Conocer la historia reciente es explicarse de alguna manera lo que somos y en lo que estamos ahora.

Publicado por Peguin Random House Grupo editorial el pasado mes de agosto, la obra se ocupa de los antecedentes de todo ese movimiento revolucionario que se diera con tantas ideas, mayoritariamente enfocadas en el socialismo y el comunismo, y hace saber en un apretado resumen de lo que fue la denominada etapa de la violencia, así llamada en forma general, que se desarrollara entre finales de la década del 40 y finales de la década del 50, en el siglo XX, en la que más de 300 mil muertos los pusieron los de abajo, los humildes. El fin del conflicto se logró entre los mismos que le habían dado inicio al asesinato indiscriminado.

Liberales y conservadores (sin que nadie tuviese nunca claro que era ser lo uno o lo otro) decidieron que la mejor manera de acabar electoralmente con el contrario era asesinando, con todas las complicidades necesarias del gobierno de turno. En esa lucha descubrieron que también procedía quedarse con los bienes de las víctimas, especialmente de la tierra. Todo tenía un tinte político y luego pasó a ser una lucha denodada por la posesión y la explotación de la tierra. Los mismos que dieron comienzo al conflicto, un día se sentaron en España, en un balneario (Benidorm), hicieron las paces y se pusieron de acuerdo en que si lo que los mantenía enfrentados era el acceso al poder, la mejor manera de salir de eso era decidir que en adelante el poder se lo iban a distribuir por partes iguales.

Fue cuando en 1958 nació el Frente Nacional, en que conservadores y liberales decidieron que en adelante Colombia sería una parcela que iban a gobernar por espacio inicialmente de 16 años, término ampliado en 8 años más, para un total de 24 en los que el acceso al poder sería turnado de manera ordenada y repartidas absolutamente todas las posiciones burocráticas por estricta mitad. Un poder pactado desde las élites, con exclusión de los de abajo, que apenas quedaban con la posibilidad de votar, sin importar que fuese en bajas cantidades, pues de todas maneras el resultado sería el mismo. Los que votaran elegirían y lo harían por partes iguales. Una hegemonía bipartidista exclusiva y excluyente en la que la componenda, el arreglo, el hago y te callas, haces y me callo, se patentó como una fórmula de convivencia. Ahí comenzó, de nuevo, a joderse el país, cuando unos pocos repartieron el Estado como si se tratase de la finca del último adversario asesinado desde la oscuridad de un cafetal o una platanera.

Fue la consagración institucional de la exclusión, legitimada desde una reforma constitucional para que todo apareciese en el orden del derecho. Todos tan contentos porque al menos iban a dejar de matar por ser conservador o liberal. En adelante se trataba de repartir entre unos y otros. Desde la exclusión siempre, en todos los espacios y en todas las circunstancias, se han generado las más grandes injusticias sociales.

Allí estuvo la génesis de esos movimientos revolucionarios en los que se comprometieron vidas valiosas y se echaron a perder inteligencias superiores que buena falta le hacen a Colombia. Allí se sacrificaron ideales a través de la muerte y la desaparición. Y allí mismo tuvo origen la contrarrevolución de los que vieron amenazado al establecimiento y lo quisieron defender ante los métodos terroristas de daño y agresión. Se conformaron las luchas desde la izquierda, con esos revolucionarios salidos de la universidad y desde la derecha con el patrocinio, la ayuda, el apoyo y el respaldo de la institucionalidad, comenzando por el gran capital y las fuerzas oficiales.

Desde tales posiciones, caer en la mezcla de insurrección ( o defensa del Estado) y delito fue cosa fácil. Mientras unos luchaban por ideas, habían otros que descubrieron por los mismos años, el lucro ilimitado de traficar con el vicio de quienes no toleran la vida en estado de normalidad y aprovechando que todo el Estado se ha dedicado a perseguir lo inacabable. Se mezclaron revolución y narcotráfico y también defensa del Estado con el mismo comercio que se hace lucrativo desde la concepción radical de la prohibición.

Tantas preguntas que se hicieron cuando se dio esa proliferación de movimientos subversivos, sin que nunca se hubiese dado la respuesta adecuada, se pueden absolver ahora con la obra de Salazar, que en un lenguaje convincente, serio, pausado, muy bien documentando –como excelente escritor que es-, conociendo hechos concretos, con nombres, con tiempos, con espacios de cómo nacieron tantos sueños revolucionarios y como fueron apagándose, quedando apenas el vacío y la pérdida de dos generaciones que quisieron hacerlo todo y apenas lograron la trascendencia de hacer saber que había otra manera diferente de pensar.

Son 351 páginas de conocimiento de la historia reciente del país. Hay que saber que fue ese movimiento para poder entender el momento en que estamos, en el que muchos insisten en permanecer en lo mismo o incluso volver a viejos tiempos de dominios hegemónicos y otros se fundan en el cambio que debe generar el fin de un conflicto con todas las dificultades que ello entraña. Saber de ese conflicto en los términos en que lo plantea Alonso Salazar, es una mejor manera de comprender que la sociedad colombiana debe regresar a las decisiones incluyentes, que fueron cercenadas desde cuando los mismos que crearon el conflicto lo negociaron, pero para seguir beneficiándose ellos y sólo ellos del manejo del poder.

En el capítulo inicial que denomina “La Tormenta”, ubica el historiador lo que se relata en los siguientes, cada uno de ellos con cierto nivel de especialización en los movimientos, con sus líderes, sus propuestas, sus acciones, sus éxitos, sus fracasos, sus enormes frustraciones y esos inmensos baños de sangre en que las víctimas terminaron siendo indiscriminadas. Ya ni siquiera había selección del enemigo. Se trataba de causar daño para generar pánico. Y en todo ese asunto se mezclaron todos los intereses y cada quien pretendía ser el más ruidoso y el más destructor. Fue la batalla general de dañar sin importar a quien con tal de generar mucho ruido y obtener victorias que pudiesen servir de medio de popularidades y prestigios que se han ido derrumbando con el paso de los años, cuando todos entendieron que nadie tuvo la solución, pero todos contribuyeron a la generación de problemas.

Es el desfile de tantas voces serias que hablaron un lenguaje nuevo y quisieron proponer proyectos capaces de procurar cambios a favor de la mayoría. A la vez es observar el camino de los fracasos, del atropello, de la dominación desde lo más fuerte o desde lo más tramposo.

Un libro que se asume con el entusiasmo de conocer la historia reciente del país, con muchos acontecimientos que los de ahora han vivido en carne propia, con sus angustias, con sus dolores, con sus tristezas. Poco a poco se van conociendo esos relatos de tanta gente que pudo ser mucho mas, pero nunca claudicaron en sus ideas y cuando quisieron enmendar no se los permitieron, porque los desaparecieron o los sicariaron en cualquier calle de ciudad. Era como si hasta el derecho al arrepentimiento se los hubiera liquidado. Al fin y al cabo cuando ellos tomaron la decisión de dar esa lucha a favor de causas ideales, lo hicieron a conciencia de que era un camino sin retorno. A ninguno se le venció en lucha franca. Los métodos frontales los eludieron todos. Especialmente el Estado.

Apenas comienza a circular la obra de Salazar J., pero será un libro de necesario estudio en el conocimiento sociológico e institucional de este país que tantas veces nos ha parecido que se deshace entre las manos de todos. Han sido tantos los fracasos. No ha habido fiesta. Muchos sueños muertos. Mucho futuro por construir, en la medida en que se aprenda la convivencia entre los diferentes y se admita la inclusión de todos, sin miramientos de ninguna naturaleza. No es fácil. Las nuevas generaciones es posible que lo aprendan si les llegare a corresponder vivir en una nación sin los conflictos que se vivieron y relatan en “No hubo fiesta”.

Queda claro: no hubo fiesta, pero si muchos fracasos.