20 de mayo de 2022
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ELEGÍA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
27 de octubre de 2017
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
27 de octubre de 2017

Víctor Hugo Vallejo

Eran cuatro muchachos con todos los sueños en plena producción. Estaban en un pequeño pueblo en el que se vivía de la agricultura o del cuidado de ganado menor. Todos ellos hacían parte de una comunidad en la que los senderos del futuro se cerraban en la cumbre de la primera montaña de esa topografía agreste. Sólo el vicario de la iglesia podía hablar de tener una biblioteca. En las casas, si mucho había uno o dos libros. Y esos jóvenes estaban ávidos de leer . Comenzaron a hablar de los pocos que habían leído. Era como una especie de intercambio de saberes, pequeños saberes y muchas ambiciones. Entendieron que si se reunían con frecuencia podrían apoyarse mutuamente y de alguna forma comenzar un camino que sabían muy extenso y del que desconocían su destino final.

Se hicieron muy amigos. Se reunían al final del día, cuando el sol se comenzaba a ocultar y aparecía la luna. Intercambiaban los versos que leían. Todos eran amigos del vicario y además los mejores consultores de la pequeña biblioteca municipal. Se solazaban con la poesía clásica española y trataban de memorizar muchos de esos poemas, con el ánimo de intercambiarlos y recitarlos entre ellos mismos, para encontrar tonalidades y expresiones emocionales que iban enriqueciendo el contenido de esos decires de quienes les antecedieron en la construcción de muchas palabras.

Era como si se reunieran cuatro artesanos de la palabra que tenían más deseos que conocimientos, pero cada uno aportaba lo que podía. El entusiasmo era todo y en la medida en que iban descubriendo nuevos autores, más se entusiasmaban y más ganas tenían cada día de juntarse en alguna banca del parque principal a hablar de tantas cosas en las que se les iba la vida.

Comenzaron por reunirse alrededor de Carlos Fenoli, quien ya había realizado sus primeras publicaciones y aparecía como un futuro escritor. Era la guía de esos anhelos de escribir y hacer saber a los demás que ellos eran capaces de cantar tantas cosas que todos quieren cantar y sólo los poetas son capaces de traducir en vocablos con la suficiente sonoridad para hacerlos inmortales. Ellos, tan jóvenes, se habían propuesto ser inmortales y sabían que eso no iba a ser fácil, mucho más en medio de las limitaciones de su pueblo natal, del que aún no se habían alejado más allá de cortos viajes con sus padres a poblaciones vecinas.

El primer admirador de Fenoli era su hermano Efrén y por supuesto que fue vinculado a la tertulia juvenil de todos los días al caer la tarde. También llegó Manuel Molina, a quien le brillaban los ojos cuando elaboraba un buen verso. José Marín Gutiérrez, quien llegaría a ser abogado y a convertirse en un sólido ensayista, se sumó a esos debates en los que era posible hablar de cosas irreales partiendo de la realidad de los sueños juveniles. Y en ese grupo se fue construyendo el sentimiento de amistad y unidad de alguien que llegaría a cantarlo de la mejor manera en el idioma castellano. De tal modo que hasta ahora no se ha podido escribir algo capaz de superar esa expresión de lo que es la amistad, el cariño cierto hacia los amigos, la lealtad que debe ir más allá del depósito en una tumba. La unidad que no se va con los tiempos y con los espacios y se mantiene en el mismo imaginario. Ni aquellos, ni éstos pueden atentar en lo más mínimo contra la solidez de esa mistad cultivada desde las calles de un pueblo en el que nacieron y se ataron por siempre jamás.

Allí en ese grupo se fue forjando ese aprendizaje propio, personal de Miguel Hernández Gilabert, el gran poeta español, de quien en este año se han cumplido 75 de su muerte en una cárcel de Alicante, a donde fue llevado a pagar una pena de 30 años por pensar de una manera diferente a como pensaron (si es que lo hicieron) quienes resultaron vencedores de la guerra civil en los treinta en la península ibérica. Se murió de dolor, de angustia, de miedo, de soledad, lo que al final se le tradujo en una grave tuberculosis como lo diría la necropsia oficial. Lo mataron los franquistas con su persecución despiadada después de terminada la guerra y cuando capturaron a un soldado republicano, que ya había dejado de serlo y que lo único que pretendía era vivir su vida lejos, muy lejos de esas tierras en las que mordió el polvo de la derrota. Cuando quería ganar su libertad definitiva, lo detuvieron en la frontera con Portugal, por el camino de Huelva, y el dictador Salazar lo entregó a Franco como gesto de amistad.

Estuvo en varias cárceles y sin que hubiese mayores explicaciones a los pocos meses lo dejaron libre, parece ser que por influencias de José María Cossío, el autor de la gran enciclopedia Los Toros, en la que Hernández había sido colaborador, habiéndose hecho muy amigos. Una vez en libertad decidió regresar a su pueblo, Orihuela, a donde estaba su esposa, Josefina Manresa, y su pequeño hijo Manuel Miguel, quien moriría en 1984, cuando en su sepelio se hizo la exhumación de los restos del poeta y juntos fueron sepultados en su pueblo natal.

En Orihuela y en toda la provincia se conocía la militancia como republicano de Miguel Hernández, por lo que volvió a ser detenido por las autoridades locales que necesitaban hacer méritos con las nacionales y debían dar muestras de carácter y del poder que ostentarían por tantas décadas desde el autoritarismo de un pequeño general que le hizo sentir el miedo en todos los poros a todos los españoles. Lo juzgaron por haber sido soldado republicano y lo condenaron a muerte. Tantas solicitudes de perdón y ayuda de grandes intelectuales del mundo, como Pablo Neruda p Vicente Alexandre, de quienes tan profunda influencia lírica recibiera, hicieron que la pena se le conmutara por la prisión de treinta años. Su detención y juicio se dio en el año 1939, un año después de finalizada la guerra civil y apenas les pudo abonar a su ignominia tres años, pues el 28 de marzo de 1942 en la enfermería de la cárcel de Alicante, se acabó la vida de quien apenas estaba en la flor de los 32, como que había nacido en Orihuela el 30 de octubre de 1910. Allí se fue la vida de un hombre y se acrecentó la fuerza de un poeta que aún suena con sus versos como el más actual de todos los poetas de lengua hispana.

La obra de Hernández no es la más extensa, pero es la más homogénea y precisa en la expresión de sentimientos y emociones propios de una voz mayor de la poesía. Sólo escribió poesía con las mayores exigencias académicas, alguien que nunca lo fue. Su educación fue tan precaria como que comenzó sus estudios de primaria en 1915 y un año después su padre lo retiró de la escuela para que ayudara en la casa. Luego regresó en 1918 y pudo terminar su ciclo básico en 1923. Después iniciaría sus estudios de bachillerato con la comunidad jesuita y dadas sus numerosas lecturas de los clásicos españoles, le ofrecieron una beca para que pudiera cursar todos sus estudios, incluidos los universitarios. El padre se impuso y en 1925 lo hizo retirar del colegio de manera definitiva, para que se fuese a casa a cuidar cabras que era el oficio de la familia. Todos tenían que aportar al sostenimiento de la numerosa familia. De ahí en adelante todo el conocimiento adquirido por el poeta fue por su propia cuenta, en lo que le dio gran solidez la tertulia formada con sus a amigos juveniles. Miguel Hernández fue pastor de cabras en Orihuela, en la calle de Arriba # 37, y poeta del mundo.

Nació en el seno de la familia de un campesino, Miguel Hernández Sánchez y Concepción Gilabert, siendo el tercero de siete hijos, el segundo varón. Nació en la calle San Juan # 82, cuando el niño tenía 4 años se fueron a la calle de Arriba # 37, en las afueras del pueblo, porque esta tenía un lote interno mucho más grande que permitía ampliar la tenencia de cabras para leche y carne. Allí fue donde transcurrió la infancia y los años juveniles de Hernández. Cuando no tuvo más educación formal, se volvió el gran lector, a quien el vicario de la parroquia le prestaba libros, a más de los muchos que estudiaba en la biblioteca con su grupo de tertulia diaria. Conoció toda la literatura clásica española y se paseó por la cultura universal con gran soltura. El más brillante de los autodidactas.

En 1930 da inicio a sus primeras publicaciones poéticas aprovechando el acceso que le dieron al periódico local “El Pueblo de Orihuela” y la revista “El día de Alicante”. En 1931 viaja por primera vez a Madrid en busca de empleo. Fracasa. Regresa a Orihuela. Es muy difícil para quien solamente es considerado un campesino –sin saber que sabe-, conseguir un empleo en la capital. Vuelve a lo suyo: las cabras y a sus amigos. Sigue escribiendo y en 1933 publica su primer texto poético: “Experto en lunas” y surge como una voz novedosa en la poesía española.

Regresa a Madrid y colabora con la redacción de la enciclopedia Los Toros, dirigida por José María Cossío y se une al dramaturgo Alejandro Casona, con quien realiza muchos montajes y comienza a escribir lo que sería su obra teatral, compuesta por: “Quien te ha visto, te ve y sombra de lo que eras”, “El torero más valiente”, “Los Hijos de la piedra” y “El labrador de más aire”. En marzo de 1937 contrajo matrimonio con Josefina Manresa, con quien procreó a Manuel, nacido a finales de ese mismo y muerto a comienzos de 1938, lo que constituyó el golpe afectivo más grande que la vida le dio. Luego nacería en 1939 su otro hijo Miguel Manuel y al poco tiempo sería apresado y llevado de cárcel en cárcel hasta dar con su humanidad en la de Alicante.

Estando en la cárcel alguna vez Josefina le escribió que en casa ya no quedaba nada que comer, apenas cebollas de la huerta. Con dolor y angustia produjo ese canto de arrullo infantil que es “Las Nanas de la cebolla”, en la que va brotando la vida con más dolor que alegría:

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre:

escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla:

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

 

En la cuna del hambre

mi niño estaba.

Con sangre de cebolla

se amamantaba.

Pero tu sangre

escarchada de azúcar,

cebolla y hambre.

 

Una mujer morena,

resuelta en luna,

se derrama hilo a hilo

sobre la cuna.

Ríete, niño,

que te tragas la luna

cuando es preciso.

 

Alondra de mi casa,

ríete mucho.

Es tu sonrisa en lo ojos

la luz del mundo.

Ríete tanto,

que en el alma, al oírte,

bata el espacio.

 

Tu risa me hace libre,

me pone alas.

Soledades me quita,

cárcel me arranca.

boca que vuela,

corazón que en tus labios

relampaguea.

 

Es tu risa la espada

más victoriosa.

Vencedor de las flores

y las alondras.

Rival del sol,

porvenir de mis huesos

y de mi amor.

 

La carne aleteante,

súbito el párpado,

y el niño como nunca

coloreado.

¿Cuánto jilguero

se remonta, aletea,

desde tu cuerpo?

 

Desperté de ser niño,

nunca despiertes.

Triste llevo la boca.

Ríete siempre.

Siempre en la cuna,

defendiendo la risa

pluma por pluma.

 

Ser de vuelo tan alto,

tan extendido,

que tu carne parece

cielo cernido.

¡Si yo pudiera

remontarme al origen

de tu carrera¡

 

Al octavo mes ríes

con cinco azahares.

Con cinco diminutas

ferocidades.

Con cinco dientes

como cinco jazmines

adolescentes.

 

Frontera de los besos

serán mañana,

cuando en la dentadura

sientas un arma.

sientas un fuego

correr dientes abajo

buscando el centro.

 

Vuela niño en la doble

luna del pecho.

El, triste de cebolla,

tu satisfecho.

No te derrumbes.

No sepas lo que pasa

ni lo que ocurre.

Hay un hecho que de alguna manera hace saber de la personalidad de Miguel Hernández cuando el 20 de marzo de 1931 logró comprar a crédito una máquina de escribir portátil Corona, por 300 pesetas y pudo, a partir de ese momento, pasar sus poemas en limpio, sin estar molestando al vicario, quien siempre lo ayudó en su tarea de transcripción, como que toda la vida escribió los originales a mano. Ese fue uno de sus días más felices, como en alguna ocasión lo dijo. Esa máquina iba con él a todas partes y puede verse en el Museo que lleva su nombre en la casa # 37 de la calle de Arriba en Orihuela, provincia valenciana.

En el grupo juvenil Hernández se hizo amigo de los cuatro compañeros, pero mucho más cercano de José Marín Gutiérrez, con quien todo lo compartía y se hizo su amigo de emociones, su hermano de vida. Marín Gutiérrez en su obra intelectual como poeta y ensayista adoptó el seudónimo de Ramón Sijé y a su muerte Hernández produjo el poema más bello que se puede encontrar en el idioma español a la amistad, al compañerismo, a la solidaridad, al sentimiento cierto y verdadero que se quiere prolongar en todos los espacios y en todos los tiempos. A Sijé le escribió el poeta la más grandiosa de las elegías de la poesía universal. Con ella y muchos otros de sus poemas, Miguel Hernández se hizo inmortal. Escribió el 10 de enero de 1936:

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería).

 

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.

 

Alimentando lluvias, caracoles

y  órganos mi dolor sin instrumento,

a las desalentadas amapolas

 

daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado

que por doler me duele hasta el aliento.

 

Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.

 

No hay extensión más grande que mi herida

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.

 

Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.

 

Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.

 

No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.

 

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofe y hambrienta.

 

Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte

a parte a dentelladas secas y calientes.

 

Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.

 

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de mis flores

pajareará mi alma colmenera

 

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

 

Alegrarás las sombras de mi cejas,

y tu sangre  se irá a cada lado

disputando tu novia y las abejas.

 

Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.

 

A las aladas almas de las rosas…

de almendro de nata te requiero:

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

Ya son 75 años de su muerte. Quienes lo encerraron en una cárcel para matarlo de dolor y angustia, comienzan a pasar al olvido  en España. El poeta sigue vivo en toda su dimensión, pues sus versos  van a estar con la humanidad por siempre jamás.