13 de mayo de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

El hombre que parecía un domingo

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
3 de octubre de 2017
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
3 de octubre de 2017
Garrincha

Óscar Domínguez Giraldo       

Como aperitivo de la inminente paliza que le daremos el jueves a Paraguay en Barranquilla, recordemos que el séptimo día Dios inventó el fútbol. Después puso a Caliche en Aranjuez, en Medellín. Un barrio se parece a su fútbol y Aranjuez tuvo un tiempo en que se parecía a mi amigo.

En Caliche, el balón era su sexto sentido. Su corazón adicional. Era todo elegancia hasta los pies vestido.

Los patos, masas, chinches o chingas, (niños) de entonces entendemos sólo ahora que el pelao era la cuota inicial de lo que serían después Pelé, Maradona, Di Stéfano, Ronaldo, Messi.

Nació para ser un diez. Pero también era un todero en el terreno

de juego: lo mismo se lucía en una portería improvisada entre dos

piedras que en el medio campo, o adelante.

Sin exagerar, todos jugábamos en todos los puestos, no había libreto. O mejor, ese era el libreto. ¿Entrenador? ¿Y eso que con qué se come? Todos éramos Pékerman. Se jugaba para nadie, o sea, para nosotros mismos, el juego por el juego; la inmortalidad nos importaba un reverendo carajo.

En los años cincuenta, Carlitos era Turrón Álvarez para nosotros solitos. (Para los que acaban de llegar, a Turrón, quien todavía nos acompaña en este acabadero de ropa llamado mundo, lo recordamos como el mejor jugador del Atlético Nacional en sus primeros setenta años. Los demás son los demás).

El crac se dejaba apellidar Arango y nos enseñó a mirar el fútbol desde su perspectiva. Jugador que no se parezca en su juego a él, será siempre un aprendiz. Por más que gane millones y millones.

Jamás violó los derechos humanos de los balones proletarios que caían, rendidos, a sus pies.

Estos balones muchas veces eran de trapo; otros los hacíamos con pedazos de periódicos enrollados y amarrados con pita para que no se desperdigaran los goles de hoy. Ni las noticias de antier.

El hombre mandaba en la cancha de Quintapelayo, Lídice, La Piñuela, en Ciegos y Sordomudos. De pronto había que jugar en Campo Valdés o Manrique. No había partido sin, mínimo, un descalabrado.

Cuando jugaba en las mangas aledañas al manicomio de la María, los locos recuperaban parcialmente el uso de razón. Los volvía a

enloquecer con su arte a las patadas, otro de los alias del fútbol.

A su lado, los demás jugadores éramos advenedizos perplejos que envidiábamos su prestidigitación desde ring side.

La ‘muchachocracia’ se peleaba por jugar a su lado en los picados de todos los días y fiestas de guardar para no tener que soportar el bochorno de su malabarismo. Jugar contra él era algo así como incurrir en harakiri balompédico.

Tampoco faltaban los sicarios sin escrúpulos que iban detrás de sus canillas para estropear su virtuosismo.

Siempre era domingo cuando Caliche tenía un balón a sus pies.
Cualquier balón mejoraba su currículo a partir del momento en que caía, adormecido, en su pecho.

Cuántas pelotas no mejoraron su hoja de vida en un tiro libre,

un penalti, o en un remedo de corner cobrado por Carlitos quien, como su tocayo, Chaplin nos arrancaba más de una sonrisa. De Chaplin se dijo que era todos los domingos del mundo. Pido permiso para decir lo mismo del futbolista.

Copiándone de alguien, digamos que cuando mi contemporáneo jugaba el mundo era mejor.

Sin confirmar sí lo digo: “Mané” Garrincha, del Brasil, y Alexis García, del barrio La Floresta, de Medellín, clonaron su fútbol. Olvidaron darle el crédito.

El fútbol se hizo para sus pies. Si no hubiera existido lo habría inventado en cualquier calle del barrio. (La calle era entonces el estadio obligado de la muchachada, el mejor cuarto de la casa, el mejor sinónimo de libertad).

Solía demostrar la existencia de Dios con su cabezazo certero. Su cabeza grande y prematuramente despejada fue hecha a propósito: para  pensar pensamientos futbolísticos que luego se convertían en goles ante la impotencia del rival. (Sé de buena fuente que los porteros se iban a la casa a aplaudir en secreto a quien les había mejorado la hoja de vida a punta de goles de exquisito factura).

Los jugadores de trompo, arroyuelo, los quebradores profesionales de bombillos, los jugadores de bolas (canicas) se detenían, nos deteníamos, boquiabiertos, y con el almuerzo embolatado, a mirarlo jugar.

Un saludo suyo en la calle nos sacaba del olvidato. Creerse su amigo porque su mirada se cruzaba accidentalmente con la nuestra, era un pecado de lesa vanidad que se cometía con frecuencia. Aranjuez, el barrio que tuvo su propio James Rodríguez, le debe una estatua.

Los muchachos de antes que no usábamos gomina ya le levantamos un pedestal en el recuerdo y en la nostalgia.

Debe estar muerto. Un jugador como él sólo tiene sitio en la leyenda. Fue el hombre que nos enseñó el mejor sinónimo para el fútbol: el domingo. (Esta nota ha sido aumentada y no sé si corregida sobre la original que es anterior a internet…).

GARRINCHA

Se llamaba Garrincha, Mané (Manuel) Garrincha. Fue héroe de la selección de fútbol del Brasil, con la que ganó dos copas mundiales.

Fue estrella del Botafogo de Río. En el Júnior de Barranquilla, quemó sus últimos cartuchos. En Barranquilla,  el escritor Álvaro Cepeda le hizo un gran reportaje que publicó en El Heraldo. Daniel Samper lo incluyó en una de sus antologías periodísticas.

El garrincha “es un pájaro pobre, muy veloz,  pero no es nada, no es un pájaro fino”, contó en ese gran reportaje.

Temprano lo visitó  la poliomielitis. Tenía una columna vertebral en forma de s y las dos piernas eran torcidas para el mismo lado (tortas, les dicen en Brasil).

Pues bien, Garrincha convirtió en virtudes esas debilidades físicas y jugó tan bien al fútbol que no vaciló en compararse con el rey  Pelé.

Aunque hacía esta aclaración: “No somos reyes. Somos jugadores de fútbol profesional. Todos somos iguales. Yo soy igual a Pelé”.

Al principio, nadie daba un peso por su futuro en Pau Grande, su tierra natal, donde aprendió tres cosas, en ese orden: a ser humilde, a coser camisas y a jugar fútbol.

Cuando empezó su ocaso futbolístico, Garrincha desgranaba hermosas metáforas, talento, filosofía, ganas de vivir. Y mucho licor y amor en cantidades por la cantante Elsa Soares quien  a la muerte de Garrincha le dedicó un hermoso testimonio escrito.

Con su fútbol volvía hilachas  a sus marcadores. El defensor Jorge Gallego, de Millonarios, quien mejoró su hoja de vida marcándolo cuando estuvo en Bogotá, todavía lo está buscando.

Otro pensamiento que hacía parte de su filosofía balompédica era éste: “La gente se preocupa mucho de quién hace los goles en el fútbol, pero este es y debe ser un juego de conjunto. En la cancha, todos somos iguales. Detrás del que hace los goles está siempre alguien, otro jugador que no se ve y que no sale en los periódicos”.

Qué es un jugador de fútbol, le preguntó Cepeda. He aquí su respuesta:

“Los jugadores no somos más que payasos; salimos al campo a divertir. Al igual que los payasos en el circo, nos aplauden si lo hacemos bien y nos insultan si lo hacemos mal, pero de ambas maneras los estamos divirtiendo. Si nos dejamos llevar por los insultos o los aplausos, no podríamos hacer bien nuestro papel”.

Claro que la frase reina de Garrincha es la siguiente que tengo apuntada en un papelito en la memoria para que no se me olvide:

Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí.

EL SONETO A GARRINCHA

El ángel de las piernas torcidas

Vinicius de Moraes

(Traducción de Ricardo Bada)

A un pase de Didí Garrincha avanza

con el cuero a los pies, el ojo atento,

dribla uno, dribla dos, después descansa

como midiendo el riesgo del momento.

 

Tiene el presentimiento y va y se lanza

más rápido que el propio pensamiento,

dribla otra vez, un-dos, la bola mansa,

feliz entre sus pies, ¡un pie de viento!

 

En su trance la multitud contrita,

en un acto mortal se yergue, y grita

un unísono canto de esperanza.

 

Garrincha, el ángel, atiende y oye ¡Goooooool!

Es pura imagen: G que chuta una O

dentro de un arco en L: ¡es pura danza!

HINCHAS

Para decirlo con metáforas ajenas, acomodadas, el hincha “es cosa vana, variable y ondeante”. También “es móvil cual pluma al viento”.

Su  corazón es amplio pero  desertor al primer revés.

Pide renuncias, luego existe. Tiene más fuerza un purgado que un aficionado: reparte por igual madrazos que elogios, según la ubicación de su equipo en la tabla.

En el caso colombiano, uno nace liberal  o conservador, católico o católico, e hincha de determinado equipo. El Atlético Nacional,  es mi equipo desde que Dios andaba de pantalón cortico.

Pero abandona uno su terruño y queda habilitado para la infidelidad balompédica sin que lo echen de la casa. Es uno de los encantos de la diáspora. Si el corazón del hincha no está amando, preocupándose permanentemente, podría incurrir  en Alzheimer futbolístico.

Al pueblo que fueres, adhiere al fútbol que vieres. A  la ciudad adonde uno va terminará de hincha de algún equipo local que hermanará con el de sus entretelas.

Uno adivina – o se inventa- ciertos hilos secretos entre los equipos, los entrenadores,  los jugadores. Los goles de unos  nos parecen  cortados con las mismas tijeras que otros; los jugadores  como que tuvieran talentos parecidos, paralelos, heredados, clonados.

En Bogotá – adonde emigré hace 40 años- soy hincha azul del Club Millonarios por encima del Santa Fe. Claro que como andan mal, me pasé a La Equidad, del maestro Alexis García de quien digo, en la clandestinidad, que soy su amigo, para que no me vaya a rectificar.

Si el balón se mueve en césped español soy seguidor del Real Madrid, a quien acaban de borar la copa europea. En Italia, el Milán cuenta con mis afectos y desafectos de “tifoso”. Es como si en sus filas jugaran Buffalino, Italo Calvino o Alexandro Baricco.

El Botafogo, de Río y de Garrincha,   es mi equipo carioca, por encima del Santos, de Pelé.

Ya que Erasmo de Rotterdam es carne de eternidad hace cientos de años, que sepa que hago el elogio hasta la locura del fútbol del Ayax.

En Argentina, doy tres patadas y un resbalón por  River Plate de Pedernera, Rossi, Labruna y Enrique Omar Sívori. Así Borges haya tenido el pésimo detalle de despotricar de ese deporte. Cuando el River queda sin chance, ahí está el Boca Júnior para apaciguar mis ánimos.

Peñarol, de Montevideo, puede contar conmigo, como en el verso de Benedetti. Si el Manchester United necesita plata para pagarle la quincena a alguno de sus jugadores, ahí está mi bolsa de “hooligan” pacifista para respaldarlos.

Lo mismo el Hamburgo, de la hanseática ciudad alemana donde tuve ocasión de verlos respetar los derechos humanos del balón. Es mi reciprocidad por haberme tenido algunas semanas en jurisdicción del lago Alster. Y por haber conocido – conocido no más, aclaro- damas deshinibidas en el pecaminoso barrio St. Pauli.

Dios perdone la doblez de los hinchas.