22 de mayo de 2022
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La vida en Popayán de Alejandro Mieles Tres Palacios

Por Guillermo Muñoz
27 de octubre de 2017
Por Guillermo Muñoz
27 de octubre de 2017
Alejandro Mieles Trespalacios (Q.E.P.D.) foto lachachara.org

Guillermo Muñoz
Popayán

Corría la mitad de la década de los años setentas y a la apacible Popayán llegó en uno de esos inolvidables y nostálgicos días de verano, el nuevo corresponsal de El Tiempo. Cargado de ilusiones y de los recuerdos de su querido Mompox, el pueblo de la costa interior donde nació, Alejandro Mieles Trespalacios se estableció en esta cuna de prohombres y presidentes que forjaron la historia y la nacionalidad de Colombia.

Atrás habían quedado la costa y la riqueza de sus contrastes étnicos, culturales e históricos. Aquí en Popayán, lo conocimos y con él hicimos una amistad que perduró hasta el final de sus días, viviendo aún en Sincelejo, la tierra que lo honró cerca de treinta y seis años. Vivía agradecido con su gente, la que también lo recibió cálidamente en los comienzos del 80.

Alejandro, se volvió un ícono en su paso por Popayán que también fue su terruño y que no deja de olvidarlo.

Con Carlos Campo, corresponsal de El Espectador y Director de El Liberal, fueron solidarios compañeros del oficio y dilectos amigos. También lo fue con Eduardo

Gómez, otro insigne periodista payanés que tuvo por él, aprecio y amistad.

Alejo Mieles, tenía una particular pasión por los temas históricos. En las tertulias, al calor de una copa de buen licor caucano, con su pausado acento y su imaginario costeño, lo desbordaba la idea de hacer un paralelo de la historia entre Mompox y Popayán.

Un conversador innato que buscaba la noticia entre los personajes de la vida política y social de Popayán. De las invitaciones especiales que le cursaban, salía bien informado a la redacción del periódico o del noticiero.

Un cigarrillo que apretaba en sus labios lo acompañaba cuando escribía esa noticia que había conseguido con empeño y paciencia. Por ese logro, sonreía con satisfacción.

Compartí infinidad de momentos con Alejandro Mieles Trespalacios. En el oficio fue mi compañero en RCN, empresa en la cual hicimos una dupla que daba permanentes chivas regionales. Ganamos una sintonía amplia, y en especial, la credibilidad informativa que tanto nos inculcaba el maestro Orlando Cadavid, desde la Dirección Nacional de Radio Sucesos RCN.

En Popayán descubrió los vaivenes del periodismo radial, en una sala de redacción que me trae gratos recuerdos.

Asimiló la rapidez para escribir las notas y emitirlas en la cabina, apropiado de la sentencia “¡sin confirmar no

lo decimos”, proveniente de la escuela del maestro Cadavid.

Fueron tiempos de suma responsabilidad periodística y de seriedad informativa.

En los ratos amenos, le pedíamos “Momposina”, la célebre canción que interpreta Nelson Pinedo con la Sonora Matancera. Tres o cuatro veces, Alejo, emocionado, la repetía con orgullo, en homenaje a su Mompox natal y a los jolgorios de la costa que tanto añoraba en aquellos años.

Admiré la sonoridad de su nombre y apellidos en los artículos periodísticos que escribía o en las emisiones informativas de radio. Enorgullecían al oficio. Vibraban al pronunciarlos.

El día que Orlando Cadavid le ofreció la Dirección de Radio Sucesos RCN en Sincelejo, Alejandro, la aceptó como un ascenso en su vida profesional. Me alegré, pero igualmente sentí la tristeza del compañero que se ausenta. Lo quiso así porque quería volver al lugar de sus ancestros, donde lo esperaban su madre y seres queridos.

En Sincelejo como era de esperarse, afincó la sonoridad de su nombre y apellidos con los cuales reafirmó el prestigio de un gran periodista. Allí encontró el amor de su vida: Mayito… la confidente, la mujer que lo llenó de afecto y lo acompañó hasta el fin de su existencia.

Eduardo Gómez, también su entrañable amigo, le escribió así:

“Alejandro Mieles Trespalacios, mompoxino, fue corresponsal de “El Tiempo” en Popayán, antes lo había sido en la Costa Atlántica. Atendió escrupulosamente la corresponsalía y fue amistoso con los colegas. Nada que ver con ese tipo de periodista presuntuoso que todos los días se cree el dueño de la chiva, un adelantado y “superior” con respecto a los demás.

Dada su corrección y bonhomía, se adaptó fácilmente a Popayán y el Cauca, medios muy distintos de aquel de su procedencia. Las particularidades y hasta excentricidades que pudiera haber acá, lo enfrentaba con una bondadosa sonrisa.

Alejandro hizo numerosas amistades y no solo en el mundo de la comunicación: conoció en detalle las capas que se superponen en sociedades andinas como la de Popayán, más estratificadas y solemnes que el ambiente costeño de sus orígenes, y su preferencia fue por las gentes sencillas que trabajan denodadamente, que son muchísimo más generosas que aquellos que poseen recursos abundantes y que calladamente alcanzan metas difíciles como, por ejemplo, el ver coronados los estudios universitarios de sus hijos en la universidad pública, algo que los llena legítimamente de orgullo”.

Alejandro partió al infinito hace más de un año, cuando los vientos de verano aún soplan en Popayán, los mismos que lo recibieron a mediados de los setentas en esta que también fue la ciudad de sus sueños y pasiones. Lo recordaremos siempre.