11 de mayo de 2021
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La revolución mexicana (I)

25 de septiembre de 2017
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
25 de septiembre de 2017

¿Pancho Villa era colombiano? 

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

En alguna oportunidad apareció en medios periodísticos una noticia, según la cual, el mexicano Doroteo Arango Arámbula, reputado protagonista de la revolución mexicana, habría nacido en alguna población de Antioquia o del viejo Caldas, cosa que nada tendría de extraordinario si no fuera porque el mentado Doroteo pasó a la historia y ha sido universalmente conocido como “Pancho Villa”, a quien José Santos Chocano llamó “El Bandolero Divino” y en cuyo honor se han filmado muchas películas y compuesto y cantado numerosos poemas y corridos. Intrigado por tan singular versión sobre el origen del popular líder revolucionario y cuando fungía como comandante del Departamento de Policía Risaralda, asistí a alguna reunión social en la que estaba presente el gobernador de Caldas de ese entonces, a quien informalmente pregunté su opinión sobre el origen de esa curiosa información, que en su momento fue acogida con escepticismo por los medios mexicanos y con absoluta indiferencia y desinterés por los colombianos. El gobernador me comentó que si alguien debía conocer sobre el asunto era el senador Luis Guillermo Giraldo Hurtado, reconocida autoridad sobre la materia, con quien un tiempo después tomé contacto y con quien tuve oportunidad de intercambiar fuentes de información que enriquecieron mi perspectiva sobre el sabroso tema.

Por cierto, una de las primeras menciones sobre el presunto origen colombiano de Pancho Villa figura en uno de los 19 tomos de la obra “La Verdadera Revolución Mexicana” del escritor e historiador mexicano Alfonso Taracena Quevedo publicada en 1960, quien menciona a Chinchiná, Caldas como probable cuna de Villa. Con anterioridad, en una edición de 1930 de la Enciclopedia española Sopena, se menciona a Medellín como lugar de nacimiento, versión a la que hace eco el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II en su obra “Pancho Villa, una Biografía Narrativa”. Otras fuentes mencionan en el mismo sentido a las poblaciones antioqueñas de Abejorral y Envigado. A los mexicanos, la verdad sea dicha, no les hace la menor gracia esta disputa y algunos consideran que en Colombia se inventó esa conseja para robar la memoria de uno de sus héroes más populares, a pesar de que han sido autores mexicanos los que han alentado estas versiones y que fue en una calle de Hidalgo del Parral, Chihuahua, donde fue asesinado el 20 de julio de 1923, inhumado en el cementerio de la misma localidad, su tumba profanada en la madrugada del 6 de febrero de 1926 y robada la cabeza del cadáver del revolucionario, cuyos restos decapitados, fueron trasladados en 1976 al monumento de la Revolución en la ciudad de México, por orden del Presidente Luis Echeverría Alvarez, donde aparentemente reposan desde entonces. ¿La cabeza?  Nian se sabe.

Revolución Mexicana

Es el movimiento ocurrido en México entre 1910 a 1914 contra el gobierno del General Porfirio Díaz, en el poder desde 1876, liderado por Francisco I. Madero, con el lema “Sufragio efectivo y no reelección”, pues el dictador acababa de ser “reelegido” por octava vez, para el sexenio de 1910 a 1916. Fue el primer fenómeno revolucionario del siglo XX, anterior a la revolución rusa, basado en motivos más políticos que socioeconómicos, a pesar de la estructura feudal injusta, que dividía la población en solo dos estratos, la clase alta, compuesta por mexicanos de origen foráneo e inmigrantes extranjeros, amos de haciendas y por otro lado los indios, que eran la mayoría de la población, quienes tenían prohibido desplazarse por el Zócalo, en los alrededores del Palacio Nacional, sede del gobierno en la capital. La clase media surgió como resultado de este conflicto.

El Corrido en la Revolución Mexicana

El corrido mexicano es una rica manifestación cultural de la más genuina raigambre popular, pues ha sido el pueblo el que ha adoptado sus relatos elementales de situaciones truculentas, el machismo y sus monótonas melodías, que muchos asocian con la música ranchera, de similar origen pero con diferentes enfoques y propósitos. El corrido se hizo famoso a raiz de la Revolución Mexicana, aunque su origen viene desde antes de la segunda ocupación francesa de 1862.

Origen y Estructura del Corrido Mexicano 

El corrido es la musicalización artesanal de estrofas de cuatro versos en los cuales el primero y tercero suelen ser libres y el segundo y cuarto llevar asonancia monorrima. En cuanto a las características métricas, rítmicas y formas estróficas, los hay con versos asonantados en “a”, y en “o”, otros en “o” y en “i”. En sus principios el cantor de corridos se dedicaba a recorrer de pueblo en pueblo y de plaza en plaza para divulgar mediante hojas impresas sueltas con las letras de las canciones que los curiosos compraban por unas monedas y rasgando una guitarra relatar cantando, hazañas, acontecimientos y tragedias ocurridas en el entorno campesino que destacaban la eterna confrontación entre el bien y el mal, los poderosos, llamados “gachupines”, “perfumados” o “científicos” contra los oprimidos y del gobierno de turno y los agentes de su fuerza militar y policial, conocidos como “pelones” y “acordada”, contra los peones de las haciendas, modestos campesinos, indios de pata al suelo y gente del común.

En su etapa pre revolucionaria el corrido floreció alrededor de las fogatas de los campamentos militares, donde el juglar armado de guitarra relataba los últimos sucesos de la guerra y exaltaba las hazanas de algún héroe popular de uno u otro bando, según la audiencia ante la que se interpretara cada corrido. A este grupo corresponden corridos como “La Adelita”,La Cucaracha”, “Rosita Alvírez”, “La Martina”, “El Hijo Desobediente”, “Heraclio Bernal” y “Juan Charrasqueado”. La segunda etapa del género coincide con el levantamiento de 1910 y sus narraciones se caracterizan por el énfasis épico en el desarrollo de la “revolución mexicana” como los dedicados a líderes militares como los generales Felipe Angeles, Pascual Orozco, Pánfilo Natera, Rafael Buelna, “Granito de Oro”, Genovevo de la O,  Pancho Villa o Emiliano Zapata y a bandoleros como “Gabino Barrera”  y  “Simón Blanco”.

La tercera etapa del corrido se inicia a partir de 1930, sus expresiones pierden originalidad y el género inicia su decadencia. A falta de héroes revolucionarios a quienes cantar, el nuevo “narco corrido” relata historias de emigrantes ilegales hacia el norte, llamados “espaldas mojadas”, narcotraficantes y “pirujas”, cantadas por conjuntos “gruperos”. Ya no se le canta a bandidos campesinos o caballos famosos, ni se exaltan los duelos pecho a pecho de un par de “sombrerudos” borrachos en una cantina. Ahora se alaba a mafiosos que beben whisky escocés y prenden sus “Cohibas” con billetes de cien dólares, andan en lujosas 4 x 4 blindadas, manejan toneladas de cocaina, ejércitos de matones y dirigen degollinas y balaceras con fusiles de asalto y pistolas “personalizadas” con empuñaduras de oro y marfil, incrustaciones de piedras preciosas y balas de plata.

La Tienda de Raya

La “Tienda de Raya” era una especie de almacén en las grandes haciendas, donde los peones adquirían a altos precios y crédito leonino, elementos de primera necesidad como mantas, hilos, agujas, fríjoles, harina de maíz y “mezcal,” aguardiente extraído de las hojas del henequén, capaz de aflojarle las cordales a un ser humano normal. Al peón le era imposible redimir sus deudas, pues lo que producía en su pequeño fundo, incluidos sus hijos, era adquirido a bajo costo por la misma hacienda, que luego le vendía caro las mercancías terminadas. Esta “rentable” dinámica económica aseguró disponibilidad permanente de mano de obra barata y la perpetuación de la “salud” económica de sus patrones y sus privilegios, incluido el “derecho de pernada”, versión mexicana.

La Soldadera 

Así se llamaba la compañera de combatientes regulares y guerrilleros a cargo de la atención de todas sus necesidades logísticas y amorosas. La “soldadera”  igual herraba un caballo o servía de cocinera, amante y en ocasiones combatiente en reemplazo de su “Juan”. Durante los desplazamientos en convoyes ferroviarios, sobre los techos de los vagones armaban las estufas para preparar las tortillas. Tal es el caso de “La Adelita”, “Marieta”, “Juana Gallo”, “La Valentina”, “La Rielera”, “La Celedonia” y otras heroínas que acompañaban las tropas y causaron sangrientas tragedias pasionales, tema de muchos corridos. Veamos fragmentos de los corridos más identificados con la revolución, como “La Adelita”, “La Cucaracha” y “Rosita Alvirez”, arquetipos del género. Los dos primeros son considerados himnos y símbolos de la revolución mexicana. El uno describe las correrías de una joven que, como cualquier “minguerra” nuestra, paseó sus encantos entre los cuarteles, la disciplina castrense, los toques de corneta y los “toques” que procuraban darle los vigorosos y enamoradizos conscriptos.  Dice así el apasionado corridista:

Si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra y por mar,

Si por mar en un buque de guerra, si por tierra en un tren militar,

Si Adelita quisiera ser mi esposa, si Adelita fuera mi mujer,

Le compraría un vestido de seda, para llevarla a bailar al cuartel… 

Por su parte, los acordes de “La Cucaracha”, basados en tonadas procedentes de España, se usaron por partidarios de uno y otro bando para cantar las hazañas de sus líderes, ridiculizar al contrario o exaltar alguna acción bélica. Los partidarios del presidente Madero criticaron la traición del general Victoriano Huerta, conocido por su afición a empinar el codo, mientras que en otros versos del mismo corrido se critica la carrera por la “silla” presidencial.

Pobrecito de Madero, casi todos le han fallado,

                        Huerta el ebrio bandolero, es un buey para el arado.

                        La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar,

                        Porque no tiene, porque le falta. marihuana que fumar. 

Todos se pelean la silla, que les deja mucha plata,

                        En el norte viva Villa, y en el sur viva Zapata,

                        La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar,

                        Porque no tiene, porque le falta, la patita principal.

Corrido de Rosita Alvírez 

Año de mil novecientos, presente lo tengo yo, 

En un barrio de Saltillo, Rosita Alvírez  murió,  Rosita  Alvírez  murió.

Su mamá se lo decía, Rosa esta noche no sales,

Mamá no tengo la culpa que a mí me gusten los bailes,

Que a mi me cuadren los bailes…

La tal Rosita, que debía estar a punto de caramelo, era una brincona insensible a los consejos de su madre, por lo que al igual que le sucedió a muchos otros hijos desjuiciados y tarambanas, encontró su tatequieto en una repichinga familiar, lo que hace sospechosamente peligrosas las fiestas por esas tierras y explica por qué andan pistola al cinto hasta los mariachis boyacenses que se contratan en la avenida Caracas con 61 de Bogotá para amenizar cualquier serenata de medio pelo o para lamerle las botas a cualquier jefe en su cumpleaños. Sería preferible y más seguro que las invitaciones a tales fiestas, en vez de exigir a los invitados smoking y traje de coctel, exigieran chalecos antibalas, como prenda obligatoria. Sería más sano. Si no lo creen, ojo con lo que le pasó a Rosita, que a pesar de las advertencias maternas, saltó y se escapó por una ventana rumbo a la fiesta prohibida: 

Hipólito llegó al baile y a Rosa se dirigió,

Como era la más bonita,

Rosita lo desairó, Rosita lo desairó…

Al tal Hipólito, quien según parece, era un parejo de porquería y quien gracias a su esquivez con la ducha era dueño de un “golpe de ala” capaz de secar las matas de los jardines por donde pasaba, no le gustó el desaire de Rosita y colorado de la vergüenza ante las miradas y risitas burlonas de los presentes, le suplicó humildemente y en voz muy quedita a la casquivana: 

Rosita no me desaires, la gente lo va a notar,

Pos’  que digan lo que quieran,

Contigo no he de bailar, contigo no he de bailar…

Echó mano a la cintura y una pistola sacó,

Y a la pobre de Rosita, no más tres tiros le dio, no más tres tiros le dio.

La noche que la mataron, Rosita estaba de suerte,

De tres tiros que le dieron, no más uno era de muerte,

No más uno era de muerte. 

El tal Hipólito, tan lento de magin como veloz e incontrolado de reacciones, no se andaba por las ramas. Menos mal que el tipo si era ahorrativo y no fueron sino tres los tiros que le dio a la “suertuda” doncella, que si no, aquello hubiera sido una masacre. El caso de Rosita no terminó tan mal, pues el desairado galán, para quedar bien después de semejante “cagadón” y en el colmo de la tranquilidad y el descaro, sopló el cañón de su pistola, la enfundó y manifestó que para evitar el desperdicio de recursos, paliar las pérdidas y compensar al anfitrión por las molestias causadas por su explicable desliz, sugería usar la sangre de la difunta para darle una retocada a la pintura de la casa, que menos mal, tenia un color que pegaba bien con el rojo. Ese bonito detalle es destacado en la letra del corrido:   

La casa era colorada y estaba recién pintada,

Con la sangre de Rosita le dieron otra pasada, le dieron otra pasada…

Los dueños de casa quedaron encantados con la iniciativa del galán y al momento echaron mano a la brocha. De todo podría acusarse al cabroncete del Hipólito, menos de no haber sido un tipo práctico y con un admirable sentido de la economía. Pero lo ocurrido en esta fiesta es “moco de pavo” comparado con lo que cuentan los corridos sobre gañanes tan “desaconductados” y malas pécoras como “Juan Charrasqueado”, “El Hijo Desobediente”, “Gabino Barrera” o “Simón Blanco” y sobre las sensibles tragedias pasionales narradas en corridos como “La Martina”, “Modesta Ayala” y “La Celedonia”, para no citar sino unos pocos casos muy sentidos y llorados, temas que esperamos despellejar más adelante.