29 de junio de 2022
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Entre el Demonio y Francisco de Asís 

Por Óscar Domínguez
24 de septiembre de 2017
Por Óscar Domínguez
24 de septiembre de 2017

Darío Silva – Silva, de Lambicolor a Casa sobre la Roca 

Cuando se deshojaba el 2014, el Pastor Darío respondió una serie de inquietudes por la anómala vía del correo electrónico. Comienza con una pregunta sobre el mismo Papa cuya visita a Colombia coincidió con la celebración de los 30 años de su iglesia Casa sobre la Roca.

Óscar Domínguez Giraldo

La visita del papa Francisco a Colombia eclipsó los 30 años de Casa sobre la Roca. Los cumplió el 1º.  de septiembre. En Medellín llevan 23 abriles.

De Casarroca, como le decimos en confianza, el pastor Darío Silva es el pontífice máximo. Aunque valga su aclaración: “Este humilde pastor no es el papa sino el lavapatas de esta Iglesia”, me comentó.

La Iglesia abrió plaza con 72 pupilos. Ahora, solo en Bogotá, son más de 15.000. En Colombia hay 26 iglesias más. También lo esperan en homilías en Estados Unidos, España, México y Canadá.

Como lo sabe hasta el policía de la esquina, Silva-Silva, “el Pablo de Tarqui”, como lo bautizó el fabulista de san Bernardo del Vient, Juan Gossaín, hizo el tránsito de un periodismo polémico a más no poder, a las aguas tranquilas de la alta teología. Su caída del caballo, lo digo por confirmar, fue la época de vacas flacas que siguió al esplendor en el noticiero Noticolor.

Hace menos de un lustro, fracción infinitesimal de la eternidad, Darío andaba en sus 75 y cumplía bodas de oro de oficio periodístico. Recibió un homenaje de un grupo de espontáneos, con presidente Santos a bordo del foforro, al que se le llamó “una vida de influencia”.  

Alejado hace años de los reflectores, con su vena humorística que afinó con la lectura del mayor libro de ficción (Borges dixit), la Biblia, afirmó entonces que a su edad “solo hay una vida de influenza”. 

Cuando andaba en el “mundo”, el memorioso Silva –colega del borgiano Funes- saludaba: “Hola, hermano”; como todo ha subido, ahora electrocuta a su interlocutor con un rotundo: “Paz en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. 

Ha vivido de una vez muchas vidas futuras. Tiene más hoja de vida que una mujer fatal, por ejemplo, María Magdalena. 

Cuando éramos felices y documentados trabajamos juntos en el Noticiero de televisión de Alberto Acosta. Allí Silva, el de lengua bravía afilada tempranamente en Radio Colosal, de Neiva, hacía las veces de Diana Uribe de la media noche. En la sección “Lo que ayer fue noticia hoy es historia” mandaba a la gente a dormir enriquecida con su dosis personal de efemérides. 

En ese entonces, con Silva-Silva y otros vivíamos una bohemia de agua aromática. Por esas calendas, a nuestras ingenuas espaldas, Virginia Vallejo, también de la nómina de Acosta, chorreaba la baba por Pablo Escobar. 

Pero pocos como el finado Nacho Ramírez, el chiquito César Fernández, y este pecho, pueden jactarse de haber disfrutado de veladas en algunos sitios nocturnos del centro de Bogotá, donde teníamos su ingenio para nosotros solitos.  

Nacho fue su fórmula periodística en los espacios televisivos del maestro Alberto Acosta. Le obedecían al jefe de redacción, Yamid Amat. El chiquito Fernández, de la misma cuerda, sería reclutado luego por Silva para su causa religiosa.

“No creo en la conversión de Darío”, solía comentar años después el incorregible Nacho, de quevediana nariz. 

Volviendo a las viejas veladas noctívagas, después del noticiero de medianoche solíamos ir a comer en algún restaurante de la Carrera Séptima. Allí Silva, con esa memoria y su inagotable gracia y elocuencia, pontificaba sobre múltiples asuntos, como la historia de los judíos.   

Compartía también su repertorio inagotable de chistes sobre papas, políticos, mendigos, borrachos, bobos. Con una peculiaridad: un tema por día para los gracejos. Hablaba, como hoy, “urbi et orbi”, para que lo escuchara todo el establecimiento. Era el primero en celebrarse sus apuntes. La caridad entra por casa. 

No se repetía el “papelípola”, alias que tienen los poetas huilenses de su generación. Como “papelípola” se declaró “exacto al Demonio y a Francisco de Asís”. Versos como éste lo consagraron como el “poeta maldito” de Tarqui, su terruño huilense.

Nació para hacer bien la empresa que acometiera. Habría sido el malo más malo, pero el que reparte los dones lo tenía para los mejores menesteres. 

Cuando vivía en “este siglo”, por decirlo bíblicamente, molió turbayismo grado triple A. Ahora, lejos del “mundanal ruido”, el pastor Darío sigue utilizando la palabra como púlpito. Hace tiempos sacrificó el turbayismo para pulirse en Jesús y en su Evangelio. 

Todos los domingos tira línea en su iglesia Casa Roca, predicando la palabra del Galileo con su voz firme de Catón de Radio Colosal, en Neiva. Predica con la misma ardentía con la que se graduó de biógrafo del entonces presidente Julio César Turbay y de su gobierno (1978 – 1982). 

En ese entonces a Darío le cupo el extraño honor de convertirse en el colombiano más detestado cuando aparecía “nochemente” en el noticiero Noticolor, con abierta línea editorial favorable al gobierno turbayista 

“Y ya para terminar por hoy”, decía Darío, bolígrafo en alto, y se dejaba venir con la loa o la diatriba, según fuera el comentario sobre el gobierno o sobre algún asomo de oposición. Esto le valió a su informativo el implacable apodo de Lambicolor, como lo bautizó el eterno Klim. 

Darío locuta, causa finita. Hoy, hace rato retirado del “mundanal ruido”, es amado a rabiar por su rebaño casarroquero. En sus palabras, antes “le daba a Turbay lo que era de Julio”. Ahora todo se lo entregó a Dios. Aleluya. Son efectos de haber hecho el tránsito del turbayismo a la teología, algo tan insólito como pasar del ateísmo a todos los dioses. O al contrario. 

Si bien renunció irrevocablemente al turbayismo, sigue siendo fiel a sus tics, como esa manía de estar colocándolo todo en su sitio. El orden es su otra religión. Tampoco ha renunciado a la pasión de manejar el bolígrafo de director  de Noticolor, cargo que compartía con Darío Restrepo Vélez, hoy mandamás en CityTV. 

El autor de “Antinoticias” en cuyas páginas se graduó de “poeta maldito” huilense, conserva la sorprendente lucidez de la bohemia de la fuente de soda del Hotel Plaza, donde despotricaba con el dueño Jaime París (q.e.p.d.) hasta cuando en la emisora le metían el tema del director. 

Impecable en el vestir, desde siempre compra la ropa donde “confecciona” su elegante prosa. Máxime ahora que se tutea con Dios, del cual es su copartidario, para decirlo con el coronel Aureliano Buendía. 

Si la palabra no existiera habría nacido con Silva, el encantador de serpientes de Dios. En la homilía que nos regaló el único domingo que lo visité en su sancta sanctórum, se despachó sobre los peligros de excederse en la palabra. 

Para su charla, el hombre fuerte de Tarqui, Huila, se inspiró en Santiago 3.6 donde se lee que “la lengua es uno de nuestros miembros que contamina todo el cuerpo”. Con capítulos y versículos citados con su privilegiada memoria de elefante, se remitió al salmista, quien dijo que la lengua es áspid. Jeremías la llamó saeta. Para Job, era azote. 

En sus años mozos le lengua de Darío no fue viperina. Era triperita. Tal como la describió su colega el apóstol Santiago.  

Comió tanto prójimo en su ejercicio del periodismo que él mismo se encarga periódicamente de darse cilicio en público. La película de su vida anda narrada en su libro “El hombre que volvió del infierno”. 

Se reconoce como el bebé de Esther Lucia, su mujer, quien lo arrebató a “este mundo” para convertirlo en pastor presidente de Casa sobre la Roca, Iglesia Cristiana Integral. 

Ahora el Pastor sostiene que “me atacan porque Dios me ama mucho”. Hasta el momento, Dios no lo ha rectificado. 

Rodondeando aquella homilía dominical, el hermano Darío sostuvo que Colombia es el país peor hablado del mundo. Vaticinó que si ese lenguaje no cambia, tampoco cambiará el país. Tras arrojar el chisme a las tinieblas exteriores propuso “racionamiento de la energía eléctrica”, o sea, frenar la locuacidad criolla. 

Y para ponerle sabor a su diatriba por el pésimo uso del idioma, recordó que tenemos dos orejas y una lengua, lo que significa que debemos hablar la mitad de lo que escuchamos. Pero no. Según Silva Silva, el colombiano parece haber interpretado la Biblia a su acomodo: “Escucha, Señor, que tu siervo habla”. 

“Cotorras de Dios”, nos llamó el ex papelípola-Pastor. En represalia por el epíteto con plumas, sentí ganas de retirar la tímida ofrenda que había depositado, pero ya el ujier estaba a prudente distancia. 

Deserté del culto a las dos horas y media. Sus de-votos seguían quietos en primera, hipnotizados por Silva, quien sacó tiempo para imponer sus manos de pianista sobre un aspirante a programador de televisión. 

De lejitos, le dije adiós al convincente Pastor Darío, de quien sostienen – sin confirmar sí lo digo- que ha obrado milagros. 

Antes de regresar a mi música religiosa de siempre, felicité a mi antiguo compañero de redacción por su perestroika espiritual y religiosa, y lo dejé con su dialéctica celestial. Y regresé a mi fe de carbonero. 

Como no estoy interesado en que me retiren el saludo y la mirada los agustinos recoletos que hicieron hasta lo imposible por desasnarme, no volví a escucharlo. De pronto incurro en transfuguismo teológico. 

Espero que me perdone por no haber vuelto a su culto.  Suelo despertarme “aceptablemente ateo”. Además, como es muy convincente, me da cutupeto abjurar del libreto impuesto en casa. Me desheredan de la sexta parte de la máquina Singer que nos dejó mamá Genoveva.