17 de mayo de 2022
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El arte de matar  ( I )

27 de agosto de 2017
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
27 de agosto de 2017

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

Las Herramientas del Verdugo

Tal como se afirmaba en la breve crónica “El Último Fusilado”, donde se describen las circunstancias de la ejecución pública del abogado chocoano y Capitán del Ejército colombiano Manuel Saturio Valencia Mena, fusilado en Quibdó el 7 de mayo de 1907, publicada en este medio, la pena de muerte se ha convertido en tema recurrente cuando el país es testigo impotente de la insensata ola de criminalidad que afecta campos y ciudades sin respetar género, edad ni condición de las víctimas, que sufren el embate de las más repulsivas manifestaciones delictivas. Como se comentó en el artículo de marras, la pena capital fue abolida en Colombia mediante el Acto Legislativo # 3 de 1910, tres años después del fusilamiento de Valencia Mena, último condenado oficialmente a muerte en nuestro país y luego del múltiple fusilamiento de “Barro Colorado” donde fueron ajusticiados los autores materiales del atentado contra el General Rafael Reyes, presidente de la República. Veamos cómo funcionan y se cumplen los rituales de la pena de muerte, en este caso, con algunos de los sistemas más conocidos como la horca, la decapitación por espada, hacha o guillotina, utilizada esta última en Francia hasta 1981, el garrote, usado en España hasta 1974, la cámara de gas, la silla eléctrica, el fusilamiento y la inyección letal, aplicados aún en algunos Estados a los reos más peligrosos.

La Horca

El ahorcamiento es uno de los sistemas más antiguos y utilizados en el mundo entero, dada su simpleza, economía y facilidad de aplicación. Basta una cuerda de suficiente resistencia, con un nudo corredizo en uno de sus  extremos y la rama de un árbol de altura superior a la de un cuerpo humano, que soporte el peso promedio de una persona adulta y así puede contarse con un efectivo, barato y práctico medio de quitarle la vida a un ser humano. La literatura y la historia universales mencionan la horca en numerosas ocasiones, tal el caso del colgamiento múltiple de las sirvientas de la casa de Ulises quienes ofendieron a su esposa Penélope al dedicarse, dentro del hogar de su amo ausente, a actividades demasiado íntimas y confianzudas con los fallidos pretendientes de la dueña de casa, por lo que el indignado patrón, a su regreso y luego de destripar a los abusivos visitantes, ordenó a su hijo Telémaco colgar por el pescuezo a todas ellas por casquiflojas, culiprontas y busconas. Relata Homero en el Canto XXII de la Odisea:

Una vez en la casa estuvieron las cosas en orden,

de la sólida casa a las siervas sacaron afuera.

Y entre aquella rotonda y la espléndida cerca del patio

En un chico rincón las dejaron,  sin fuga posible.

Y Telémaco, prudentemente, les dijo a los otros:

No dirán que yo he dado una muerte honorable a las siervas

que a mi madre cubrieron de oprobio y lanzáronlo sobre mi cabeza,

al pasarse las noches con los pretendientes.

Dijo así, y a una excelsa columna ató al punto la cuerda 

de una nave de proa azulada, y cercó la rotonda,

alta y tensa para que los pies no llegaran al suelo.

Como tordos de anchísimas alas o igual que palomas

que al entrar en un seto se enredan en redes tendidas

ante algún matorral, donde encuentran odiosa yacija,

así, en línea, tenían allí las cabezas las siervas

con un lazo en el cuello, que hacía espantosa su muerte; 

solamente movieron un poco los pies un momento”.

En el Antiguo Testamento hay numerosas referencias a este método infamante de muerte, entre otros casos, el de Josué quien, después de matar a los cinco reyes amorreos de Gabaón, dispuso que fueran colgados en sendos patíbulos, donde permanecieron expuestos hasta llegar la noche. Como es sabido, Judas Iscariote fue otro cliente de este económico sistema, esta vez aplicado por su propia mano e iniciativa, por motivos suficientemente divulgados y conocidos. Así mismo, en el Capítulo LX de la saga de Don Quijote, Cervantes narra lo que le sucedió al ingenioso hidalgo camino a Barcelona, cuando en la oscuridad de la noche Sancho Panza tropezó con pies y piernas humanas que colgaban de los árboles del bosque por el que cabalgaban, lo que provocó un tremendo susto al ingenuo escudero, hasta que Don Quijote entendió la situación y lo tranquilizó diciéndole:

“–No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no ves, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la justicia, cuado los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona.” A las claras se nota que los magistrados catalanes de esos tiempos no se enredaban con leguleyadas, “ñoñerías” ni dilaciones legales y que por el contrario, conocían y aplicaban los principios de la economía de recursos, tiempos y movimientos. “De veinte en veinte y de treinta en treinta…”. ¡Chapeau..!

Durante la Edad Media, el sistema se hizo muy popular dada la profusión y disponibilidad de bosques y arboledas. No obstante los señores de “horca y cuchillo” que entre sus privilegios más preciados, aparte del abusivo “ius primae noctis”, vulgarmente conocido como “derecho de pernada”, tenían el de disponer libremente de la vida de sus súbditos y aplicarles con largueza este método, probablemente preocupados por proporcionarles algo de entretenimiento gratuito a todos sus siervos sin necesidad de movilizarlos hasta el bosque, se propusieron acercar el espectáculo a las plazas públicas y para lograrlo más cómodamente, idearon un dispositivo elemental consistente en dos maderos verticales con un travesaño horizontal superior suficientemente alto y resistente del cual colgar una o varias cuerdas de cáñamo con sus racimos humanos. Luego se perfeccionó el ingenio y se reemplazó por un fuerte madero vertical sembrado firmemente en el suelo con un travesaño superior en forma de 7 y un soporte diagonal para reforzar el ángulo. Con una visionaria anticipación a los principios de la publicidad moderna, los mercaderistas y creativos feudales consideraron que la visión de este instrumento era de fácil recordación en la memoria de observadores locales y visitantes y los animaba a abstenerse de contrariar a sus señores, amenazar sus privilegios o poner en duda el peso de su voluntad y la fuerza de sus mandatos.

Más adelante el sistema se perfeccionó progresivamente, especialmente en Inglaterra donde se llegó al método del escotillón y el “long drop” o “caída larga”, consistente en un cadalso elevado al que se sube al condenado por una escalera y se lo sitúa, atado de pies y manos, sobre la confluencia de dos tablones en el piso, articulados con bisagras y asegurados por debajo con soportes, que mediante un mecanismo de apertura con una palanca a disposición del verdugo, se abren bajo los pies del condenado y lo precipitan en caída libre, provocándole la rotura del cuello y la asfixia. Así mismo se estableció que el nudo corredizo debía situarse justo bajo el oído izquierdo para que su accionar tuviera más rápidos y seguros resultados. La inventiva y creatividad de los verdugos ha permitido la creación de otras variantes ingeniosas de colgamiento, entre ellas la de montar al condenado sobre el lomo de un caballo, con las manos convenientemente atadas a la espalda, ponerle al cuello la soga fijada a un madero alto y resistente y retirar el caballo con un fustazo. Este procedimiento, muy promocionado en las películas sobre el antiguo oeste norteamericano también se utilizaba subiendo al reo a una carreta y una vez con la soga al cuello y esta bien asegurada a una rama resistente, se retiraba el carromato dejando al colgado pateando el aire.

En algunos ahorcamientos del pasado se solían presentar insólitos aunque frecuentes casos de supervivencia y prolongadas agonías, por lo que era permitido que algunos espectadores, parientes o amigos se colgaran de las piernas de los condenados para acelerar los efectos del suplicio. Así mismo, los verdugos tenían derecho a montarse a horcajadas sobre los hombros de los ejecutados que se resistían a morir, para así acortar el sufrimiento y cumplir con los mandatos de la ley con mayor seguridad y rapidez. El poeta y escritor español Francisco de Quevedo, (1580 –1645), describe esta “piadosa” práctica del oficio del verdugo en un poema, uno de  cuyos versos dice:

Mandáronle  encordelar

los señores la garganta,

y  oliendo las entrepiernas

del verdugo, perdió el habla.

Pero quién no pierde el habla teniendo pegado a las narices el fondillo de un verdugo español de aquellos tiempos, que por lo que se sabe eran poco afectos a las abluciones diarias. Ni siquiera a las anuales. Es razonable sospechar que muchos ahorcados murieron satisfechos pensando que la horca era preferible a soportar tan cerquita de las narices los humores bajitos de sus matadores. Los verdugos más creativos y hábiles, con el muy cristiano y humanitario propósito de despachar más rápidamente a su clientela, se acaballaban sobre sus hombros y daban varias vueltas a la cuerda para apretar más y más el nudo, que así se enterraba literalmente en las carnes de los infelices condenados. En esa posición, les pateaban además el estómago con los talones, para obligarlos a aflojar la tensión de los músculos del cuello, disminuir su resistencia y así facilitar su tarea. Hubo casos en que la cabeza se desprendía del cuerpo, tal el peso agregado y la presión adicional sobre el cuello, obtenida con el forzado retorcimiento de la cuerda. Para evitar desagradables fallas del sistema por debilidad de las cuerdas o por exceso de velocidad y fuerza en la caída, los profesionales del arte de ahorcar crearon una especie de manual de normas técnicas llamado “Tabla de Concordancia” que definían con cierta precisión las relaciones entre el peso del reo y la longitud y consistencia de la cuerda. La tabla de concordancia más conocida es la ideada por el verdugo inglés James Barry, que en términos generales define que entre más pesado es el condenado, más corta debe ser la soga. Aplicando juiciosamente estos principios, un buen verdugo evita que su cliente se sofoque si la cuerda es muy corta o que se le desprenda la cabeza cuando la cuerda es demasiado larga y el sujeto muy pesado. Sutilezas profesionales del oficio de verdugo.

La horca se utiliza actualmente en muchos países del Asia, Africa, Europa, oriente y medio oriente, entre otros en Irak, donde fue aplicada en la modalidad de “caída larga” al derrocado líder Saddam Hussein, según se evidenció en videos tomados subrepticiamente con la cámara de un teléfono celular por uno de los asistentes a la ejecución como testigo oficial. Vale la pena recordar el célebre “Proceso de Nuremberg”, realizado en esta ciudad alemana entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946, luego de la terminación de la segunda guerra mundial, en el que se juzgó a 24 criminales de guerra nazis, 11 de los cuales fueron condenados a muerte por ahorcamiento. Ellos fueron, los mariscales de campo Herman Goering y Wilhelm Keitel, el General Alfred Jodl y los dirigentes nazis Arthur Seyss–Inquart, Hans Frank, Wilhelm Frick, Ernst Kaltenbrunner, Joachim von Ribbentrop, Alfred Rosemberg, Fritz Sauckel y Julius Streicher. Solamente 10 de ellos cumplieron su obligada cita con el verdugo oficial, Sargento del ejército norteamericano John Clarence Woods, responsable, junto con su asistente Joseph Malta, de pasaportar a los condenados, pues uno de ellos, el Mariscal del Aire Herman Goering, tuvo la sana precaución de suicidarse la víspera de su encuentro con la soga, ingiriendo una pastilla de cianuro que se le hizo llegar subrepticiamente.

La ejecución de los diez condenados tuvo lugar en la prisión de Nuremberg el 16 de octubre de 1946 y se cumplió en solamente 103 minutos, record del cual el verdugo Woods se sintió siempre muy orgulloso. Infortunadamente el sargento Woods, que ejecutó a 347 personas durante sus 15 años en la especialidad, disfrutó poco de su celebridad como ejecutor de tan destacados personajes, pues el 21 de julio de 1950 murió electrocutado accidentalmente mientras se ocupaba de la reparación de un circuito de alto voltaje de una silla eléctrica en Einiwetok,  localidad  de las Islas Marshall. Como quien dice, el hombre murió en su ley y en ocupaciones propias del oficio.