22 de mayo de 2022
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Cuando en Aranzazu expulsaron a los protestantes

22 de agosto de 2017
22 de agosto de 2017

El próximo primero de septiembre, en acto que se realizará en el centro Cultural Teatro Peláez, será presentada en Aranzazu la novela “San Rafael de los Vientos”, del escritor oriundo de esta localidad, José Miguel Alzate.

La obra de nuestro columnista reconstruye en forma novelada la historia del municipio del norte del departamento, destacando los hechos que han marcado a la comunidad. Eje 21.com.co publica el capítulo donde se narra cómo expulsaron de Aranzazu a los protestantes cuando intentaron abrir una iglesia.

Llegaron a San Rafael de los Vientos la misma tarde en que en la Capital de la República aterrizó el avión que traía desde Roma al papa Pablo VI para instalar el Congreso Eucarístico Internacional que por esos días se celebraba en Colombia. Eran tres hombres y dos mujeres, ellos con vestidos de paño negro, camisa blanca de cuello almidonado y corbata negra delgada; ellas con unas batas largas que les cubría las piernas hasta los tobillos, y el cabello gris, medio crespo, llegándoles a la cintura. Ellos altos, delgados, entrados en años, de cabello blanco motilado a lo soldado; ellas pasadas de kilos y un caminado de mulas cansadas que las hacía ver avejentadas, como si les pesaran los años. Todos llevaban terciado a la espalda un maletín de lona azul. El padre Gonzaga Gómez Giraldo, que los vio descender del bus de Expreso Sideral, se preguntó inquieto quiénes podrían ser esos personajes que por la forma en que se expresaban entre ellos parecían hablar un idioma distinto. La respuesta la encontró cuando, al verlo con su sotana impecable y el misal en las manos, los recién llegados trataron de esquivarlo. Estaba en la puerta del almacén de zapatos que a veinte metros de la empresa de buses, antes de llegar al café de Ricardo Giraldo, tenía María Ramírez, conocida como “La Tioca”, cuando se bajaron del bus y, caminando en grupo por la acera, se dirigieron calle abajo, hacia La Pampa. El sacerdote descubrió entonces que todos llevaban en las manos unos libros grandes como la biblia, marcados con caracteres dorados. Curioso, les preguntó qué libro era ese. Ellos le contestaron a una sola voz: “Nuestra biblia. El libro de las revelaciones”.

Fue escuchar esas palabras para el padre Gonzaga Gómez Giraldo convencerse de que a San Rafael de los Vientos habían llegado los protestantes, personas que predicaban un evangelio distinto al de la religión católica. Preocupado, corrió hasta la Casa Cural para advertirle al padre Ramón Alzate Rivera que unas personas extrañas, que nadie en el pueblo había visto antes, acababan de llegar. “Traen unos maletines llenos de propaganda contra la iglesia”, le dijo pensando que allí guardaban las revistas que tiraban por debajo de los portones para tratar de adoctrinar a la gente. El padre Alzate, que usaba anteojos redondos, le encargó que le consiguiera un ejemplar para establecer si en verdad pertenecían a otra religión. Entonces el padre Gonzaga les pidió a dos de sus hermanos que le consiguieran una. Rubén, que manejaba un sentido del humor exquisito, trabajaba en el Almacén Variedades. Alfredo, que era bueno para echar chistes, tenía una distribuidora de leche por los lados de la calle nueva. Así que les quedaba fácil acercárseles a los visitantes para pedirles un ejemplar. El momento de hacerlo se les presentó cuando menos lo imaginaban: a la misma hora en que Pablo VI descendía por las escalerillas del avión de Avianca, los tres hombres entraron al Variedades. Querían comprar unos cuadernos. Mientras tanto, las mujeres entraron, juntas, al local donde Alfredo distribuía la leche, para comprar tres libras de arroz. Como el padre Gonzaga les explicó cómo estaban vestidos, no les fue difícil reconocer en esos extraños compradores a las personas que él les había indicado. Entrados en confianza, lograron saber que iban a invitar a la gente a escuchar la palabra de Dios en una casa que habían conseguido en alquiler por los lados de la galería.

El más grande error que en su vida pudo haber cometido Carlos Arturo Henao, a quien todos en el pueblo conocían como “Plancho”, fue haberse prestado para invitar a la gente a la celebración que los extraños convocaron para el día siguiente a las siete de la noche. Esa mañana, a eso de las diez, se paró en la puerta del Centro Social y, levantando la bocina hecha con lámina de zinc pintada de color azul, echando la cabeza para atrás, erguido sobre sus pies, empezó a gritar: “Esta noche no se pierdan por ningún motivo la invitación que les hacemos para que asistan a un acto cultural en la calle segunda número cinco setenta y seis,  donde podrán escuchar a unos ciudadanos que han llegado de visita a San Rafael de los Vientos para traernos un mensaje de amor y convivencia. Habrá sorpresas para quienes asistan”. Lo dijo sin saber que quienes lo habían contratado para anunciar el acto eran dos muchachas de dudosa reputación que no creían en Dios, quienes invitaron a los extraños para que visitaran el pueblo. Lo vino a saber media hora después, cuando dijo la misma perorata en la esquina del almacén de telas de Gonzaga Hoyos. Apenas terminó de hablar, se le acercó Tiberio Bustamante, el secretario de la Inspección de Policía, para advertirle que lo que estaba haciendo iba contra los principios de la iglesia católica porque quienes promovían el acto eran personas que habían llegado al pueblo para tratar de convencer a la gente de que cambiaran de religión.

En la misa de siete de la mañana de ese día el padre Alzate subió al púlpito para advertirles a los feligreses del peligro que corrían de caer víctimas de la palabra de unos falsos profetas que habían llegado a San Rafael de los Vientos la tarde anterior, tres horas antes de que el papa Pablo VI pisara tierra colombiana. Aunque Carlos Arturo Henao, “Plancho”, asistió a la misa, no escuchó el mensaje del sacerdote porque en ese momento estaba entretenido mirando a una muchacha que vistiendo una minifalda dejaba ver unas piernas hermosas. Por eso cuando Tiberio Bustamante le dijo que el padre Alzate había advertido en la misa sobre la presencia de los extraños, el hombre que promocionaba con su bocina las películas que iba a presentar el Teatro Peláez le contestó impertérrito: “Yo no escuché nada”. Sólo en ese instante Carlos Arturo Henao comprendió que había cometido un error muy grande anunciando la presencia en el pueblo de los protestantes y, sobre todo, invitando a que la gente los escuchara. Él mismo reconoció su error cuando a las dos de la tarde de ese mismo día el padre Alzate lo mandó a llamar a su despacho para reprenderlo por lo que había hecho. “Excúseme, padre, pero a mí nadie me dijo que lo que estaban promoviendo esas personas era la formación de una secta religiosa”, contestó “Plancho” cuando el sacerdote lo recriminó por prestarse para hacerles propaganda.

El llamado que desde el púlpito hizo el padre Ramón Alzate Rivera para que los feligreses se manifestaran contra la presencia en el pueblo de “esos aprovechadores de la fe cristiana”, como él mismo los calificó, dio sus frutos. A las tres de la tarde, sin que el sacerdote la convocara, se inició en el atrio de  la iglesia una marcha organizada por la Damas Adoratrices, la Asociación de Mujeres Piadosas y la Unión de Seguidores de Cristo que terminó frente a la dirección revelada por Plancho en los mensajes a través de su bocina. Fue presidida por el padre Gonzaga Gómez Giraldo. El sacerdote subía las escalas del atrio en el momento en que doña Azucena Giraldo organizaba los grupos para avanzar hasta la galería. Al verlo, la esposa de Tiberio Bustamante lo invitó para que presidiera la manifestación. El padre Gonzaga Gómez, convencido de que la unión de los feligreses era fundamental para expulsar del pueblo a los invasores, caminó encorando el rosario. Fue ahí cuando Azucena Giraldo recordó el plantón que con sus amigas organizó frente al Café Grande el día en que, seis años atrás, llegaron a San Rafael de los Vientos las coperas. Orgullosa, le dijo: “Ayyy…padre…si fuimos capaces de sacar a las coperas del Café Grande, como no vamos a poder extirpar el peligro de que con los protestantes se nos meta el diablo al pueblo”.

Cuando la manifestación llegó a la dirección que había dado Carlos Arturo Henao en su invitación pública, el local donde se iba a hacer la reunión estaba cerrado. El padre Gonzaga Gómez avanzó hasta la puerta de entrada y, dando tres golpes, logró  que lo abrieran. Se asomó un hombre delgado, de cara rubicunda, que tenía una cachucha blanca en la cabeza. Azucena Giraldo se le acercó y, mirándolo con rabia, le gritó: “Ustedes deben desocupar este pueblo”. El hombre no le puso atención. Pero como en ese momento cruzó frente a él un hombre enjuto que tenía el rostro pintado de negro, el cabello desordenado y una barba negra descuidada, como si nunca se hubiera afeitado, se asustó. Llevaba en el hombro un costal también negro, lleno de carbón. Doña Carlina Salazar, que fue quien hizo sonar durante varias horas las campanas de la iglesia cuando sacaron a las coperas del Café Grande, lo detuvo intencionalmente. Era Miguel Antonio Villa Rivera, conocido en el pueblo como Miguelito El Carbonero, que iba a entregar un bulto de carbón en la casa de Eduardo Vásquez. Quienes estaban en la manifestación lo utilizaron para infundirles miedo a los extraños que estaban convocando el acto de esa noche. Asustados, creyendo que habían visto al mismo diablo en persona, cerraron el portón, y sólo lo volvieron a abrir cuando estuvieron seguros de que ya la gente se había ido. A las siete de la noche, la hora convenida para iniciar el acto, nadie llegó. Esperaron media hora, y tampoco nadie apareció. Entonces cerraron la puerta.

Esa misma noche las cinco personas que habían llegado a San Rafael de los Vientos con la intención de abrir una iglesia evangélica tuvieron que marcharse del pueblo. A eso de las diez de la noche, con todo empacado, salieron a la plaza a buscar quién los transportara hasta Manizales. Pero nadie quiso hacerlo. Los choferes se negaron porque en la plaza se regó el cuento de que el padre Alzate había proferido una maldición contra quien les brindara el servicio. Cansados de rogarles, ofreciéndoles pagar lo que les pidieran, casi implorándoles que los sacaran del pueblo, se resignaron a devolverse hasta el local para esperar a que amaneciera. Pero cuando estaban llegando se les acercó un hombre fornido, de mirada agría y barriga prominente, que llevaba la camisa por fuera del pantalón. Sin siquiera sonreírles, les ofreció llevarlos en su carro hasta Manizales. Era Abel Ruiz, “el Aburrido”. Aceptaron felices. Se montaron en su decrépito jeep Willys, e iniciaron el viaje. Pero cuando estaban llegando a Varsovia el carro se varó. Les tocó esperar montados en el jeep hasta que pasara, después de las cinco de la mañana, la chiva de Roberto Montes.