7 de mayo de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

Una noche con Uribe Vélez

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
5 de julio de 2017
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
5 de julio de 2017

Óscar Domínguez Giraldo

En los ochos de gobierno, aquí donde me ven, compartí una noche con el entonces presidente Uribe, quien el martes 4 de julio cumplió 65 años bien trabajados. Y tuiteriados. Aquella noche, Uribe estaba de salida de Palacio y de plato fuerte habló sobre la batallla de Chorros Blancos. El encuentro sucedió en la Casa de Antioquia.
Aprovechando la coyuntura de su cumpleaños (japiberdi, presidente de parte de este santista vergonzante) retomo el correo que les envié la  noche de Chorros Blancos a un grupo de amigos, incluido uno de los asistentes, el doctor Raúl Emilio Tamayo. Y para darles argumentos para que deserten de esta lectura incluyo, también al final otras columnas sobre Uribe que escribí en su momento para El Colombiano: 

1-.

REFRIEGA EN EL CALLEJÓN

Apreciados paisanos:
A la Casa de Antioquia llegó primero el presidente Uribe que el doctor Raúl Emilio Tamayo. En realidad, era la primera vez que Uribe llegaba temprano a un acto. Tanto que no dejó que empezara la cosa tan pronto llegó. Cuando el doctor Raúl llegó, Uribe lo saludó por su nombre. «Doctor Raúl». También saludo al doctor José Obdulio Gaviria, doctor Saulo (Arboleda), doctor Valencia Cossio (Fabio, con quien alguna vez se dio en la jeta),  doctor Tirado Mejía, y otro mundo de doctores que había en el salón VIP de la CAsa de Antioquia.

A una dama que yo no conocía se le tiró en plancha y le dio su menco de piquito. Les quedo debiendo el nombre de la dueña de esos cachetes que nunca conocerán al agua para que no se borre. El gobernador Luis Alfredo Ramos dijo: “Yo tampoco te había visto”, pero se quedó en su curul, al lado de la directora de la Casa, la bella doctora Velásquez, quien se parece a una novia que tenía yo en mis mocedades. La doctora Cristina, le dio una despedida tan titina al presidente Uribe que hasta colgaron la foto del beso en la página de la presidencia, pero unas horas no más.

Yo estaba en la mansarda de la Casa, donde se realizó el acto, no como VIP, sino como colado. Cinco raqueteadas le pegaban a uno antes de ingresar a ese sancta sanctorum. Fue tal la tocata que un camarógrafo dijo: «Me tocaron tanto que casi me vuelvo marica, me quedó gustando». Alegué que era columnista de El Colombiano, y gracias a la actuación de la directora de la Casa, me sonó la flauta. Me dejaron.

El presidente, fiel a su costumbre siguió saludando a Raimundo y a todo el mundo. Llegó hasta donde estaba este negro. Para matar el tiempo, yo leía «El asesinato como uno de la bellas artes», de De Quincey. Se los recomiendo. Siempre llevo lecturas para estos eventos, por lo que potes potinges, como decimos los «latinistas» de media petaca. También me ubico cerca de la puerta de salida para dormir tranquilo, o por si toca poner pies en polvorosa por aburrición.
El presidente, lo juro, me extendió la mano, mejoré mi hoja de vida estrechándole los cinco claveles al de Ubérrimo. Pero, ay, a mí no me dijo: «Doctor Óscar, o doctor Domínguez», nada. Y no lo hizo por dos razones: (1) no sabe quién soy yo, y (2) mejores cosas hay qué hacer en la vida.

Pero el doctor Raúl Emilio sí recibió todo los créditos. Uribe lo graduó prácticamente de cordobista mayor. «Doctor Raúl: ¿Cuántos años tenía el general Córdoba en tal ocasión»? «20 años, presidente. Los cumplió el 20 de septiembre», respondió al rompe el de Jus Gentium que acapara lectores en El Colombiano del sábado. ¿Qué vestido tenía Córdoba el día de la batalla de Chorros blancos, los zapatos eran de cordones negros o blancos, o no se había inventado los cordones, doctor Tirado, doctor José Obdulio, doctor Raúl?
La noche que estuvo rociada con productos de la fábrica de licores y matizada con el órgano (no sexual) del maestro de Titiribí, Jaime Llano González, a quien no le pasan los años ni las corcheas.

Solo le faltó mencionar esta vez a otro historiador que suele leer, según confesión de parte: Rodolfo Segovia Salas, quien le prestó este dato: En los 200 años sin españoles de por medio, solo ha habido siete años de paz en Locombia: cuando Núñez.
Al doctor Raúl Emilio y demás historiadores presentes les puso múltiples tareas: Averigüen qué pasó, por qué mataron a Córdoba, creo que ahí faltó comunicación entre Bolívar y Córdoba.

En fin, que el presidente empezó a estrenar su condición de ex y realizó algunas de las tareas que ejecutará a partir del 8 de agosto a las tres de la mañana: la de docente, historiador, conferencista, que fue lo que hizo en la noche de despedida de los paisas.
Todos chorreaban la baba por la memoria privilegiada del paisano que nos hizo un recorrido por la violencia que hemos tenido: por eso no somos mejores, porque nos la hemos pasado cascándonos los unos a los otros. ¿Por qué? Otra tareíta para los doctores Tirado, José Obdulio y Raúl Emilio. Todos dijeron sí. No se le dice no al poder.
Como me las doy de amigo suyo, iba a saludar al doctor Raúl Emilio, pero lo ví muy entretenido hablando con José Obdulio. Entonces me dije: José Obdulio mata Oscar Augusto y me largué antes de que me dejara el Transmilenio para NIza IX. Saludos, od
24 horas en la vida de Uribe 

2.-

TRABAJAR, TRABAJAR Y TRABAJAR 

Desde que se conoce, el presidente Uribe ha sido el antípoda declarado del Negrito del Batey para quien “el trabajo lo hizo Dios como castigo”. Más bien, como María Landó, protagonista de la canción de Susana Baca, Uribe “sólo trabaja, sólo trabaja, sólo trabaja”. Esa trabajoadicción tiene en cama al presidente que luce por estos días la camisa de fuerza del receso forzoso, en una fácil posición que no se hizo para él: el decúbito dorsal.

Que se mejore para que regrese a la fatiga más dosificada, con alguna pizca de creativa lúdica. Y con un oído de polvorero a prueba de balas.

Ojalá acepte la dosis personal de mar y sol que le figuró en su menú vital y aprenda del memo, con copia a su hoja de vida, que le ha enviado su propio cuerpo. Lo sucedido es una invitación subliminal a vivir a 14 cuadros por segundo, como en esas películas viejas que veía cuando capaba poquísima clase. No es sano vivir a toda hora corriendo los cien metros planos por debajo de los diez segundos.

A la hora de camellar todos los días, el presidente es de los que cobra el tiro de esquina, mete el gol de cabeza, se aplaude a sí mismo, celebra la anotación bailando un bambuco, saca el balón de la portería, lo lleva al centro del campo y le presta un pulmón al árbitro para que pite la reanudación del partido. Está perratiando el encanto de trabajar.

Con esa forma de ganarse la quincena para mantener a doña Lina y a sus dos pipiolos (muchachos) “bonbril”, el presidente está embolatando solito su reelección inmediata. No creo que sus de-votos deseen repetirle la dosis a quien toma el trabajo como una cruzada, una venganza personal contra el ocio.

Es como si se impusiera la tarea de trabajar por todos los que en este momento no tienen coloca en Colombia. Se le agradece el mesiánico gesto, pero tampoco es para tanto.

Si la Corte le dice sí a la reelección, con o sin televisión, es posible que sus fans digan no, y le ordenen un recreo de cuatro años lo que sería un castigo equiparable a una cadena perpetua para quien se prepara para ser presidente desde cuando tomaba tetero.

El doctor Álvaro está dejando sin destino a los enemigos personales de su reelección. Y de paso está haciendo inútil los insomnios de la muchachada que dentro y fuera del país, en embajadas y consulados, defiende a capa, espada y corbatín su continuidad en el Palacio aledaño al exclusivo barrio Las Cruces.

Muchachada encabezada por esos jóvenes eternos que son el ex presidente Turbay y don Hernán Echavarría Olózaga, amén de otros uribistas grado triple A que se reúnen todos los lunes bajo la batuta de Héctor Echeverri Correa, el hermanísimo de Fabio, para no dejarle ningún detalle al azar.

Turbay, Echavarría, Echeverri y el resto de la cofradía tripleAuribista está pensando seriamente retomar las suscripciones de revistas de crucigramas para llenar en sus ocios. A menos que el presidente le merme al ritmo paisa y a la paisanización de la nómina que ha desatado la justa ira de muchos en la parroquia.

La dieta mockusiana: trabajo intenso con lúdica, debería ser la nueva religión presidencial cuando regrese a vivir 2.600 metros más cerca de las estrellas.

3.-

POETA DE UN VERSO

Con su poema sin diminutivos para la revista Soho, el presidente Uribe se ha quitado la hoja de parra, ha perdido la inocencia y la virginidad, literariamente hablando. Ese verso, el primero que se le conoce al tardío bardo hecho en Medellín, puso al descubierto la única amante que a Uribe le aceptan en casa: la poesía, así sea por encargo.

En Locombia, todo el mundo es poeta mientras no se demuestre lo contrario. Así se trate de presidentes. Núñez fue uno de los primeros mandatarios que nos castigó con sus versos. Nos encimó un himno nacional que parece escrito para un país que nunca existió. Ojalá algún cerebro, fugado o no, se anime a parir un himno que se asemeje a nosotros.
En lugar de trabajar, trabajar y trabajar, como el actual mandatario, el presidente Marroquín prefería escribir, escribir y escribir. En esos ocios creativos, Panamá nos dijo adiós. El istmo quedó sólo en el escudo. A manera de indemnización, Marroquín produjo su poema “La perrilla” y la ortografía en verso, especial para memoriosos.

Otro ex, Belisario Betancur, cometía poesía en sus tiempos del seminario de Yarumal, de donde fue expulsado por un verso cojo contra su profesor de latín. (Tal vez éste: “Manduco me, flumen de te”. O sea: cómo me río de ti).

Julio César Turbay Ayala, quien se jactaba de tener una biblioteca de siete mil volúmenes, nadie sabe cuántos de ellos leídos, no padeció el acoso de las musas que se ensañaron en su segunda esposa, doña Amparo, quien produjo libro.

La edición la agotaron la noche del lanzamiento turbayistas nostálgicos y agradecidos por las prebendas burocráticas recibidas.

En Colombia “todos nos llega tarde”, incluso la poesía de Uribe Vélez cuya lirismo miran con lupa expertos como Rogelio Echavarría y Cobo Borda, prestos a reeditar, si es del caso, las antologías que les publicaron Planeta y Benjamín Villegas. Claro que si no hay más poemas,

Uribe no pasará de presunto poeta. Un verso no es suficiente para ingresar a las grandes ligas literarias. Por lo pronto el presidente está más cerca de apellidos como Turbay, Samper, Pastrana, que de Carranza, Silva, Barba Jacob.

En su minipoema, el imposible poeta Uribe nos invita cándidamente a memorizar un verso. Y sin ponerse colorado sienta esta “jurisprudencia”: “Porque un verso nos enseña a amar el amor, olvidar el olvido, no odiar el odio, hacer esperanza de nostalgia”.
“Un verso – explica con ternura e ingenuidad que parecen sacadas del Libro Rojo de Mao- nos enseña a salir con entusiasmo a trabajar para brindar con el verso aprendido”
.

Lo malo del asunto es que Uribe, tan memorioso como Funes, el personaje de Borges, se sabe versos como arroz. O sea, que para recitarlos y “trabajarlos” necesitaría, mínimo, tres períodos presidenciales, algo que no imaginaron los más fervientes defensores de su reelección.

En ese poema único con el que le hace competencia a los glúteos de las más bellas en las páginas de Soho, está la secreta motivación de la trabajoadicción de Uribe, quien acaba de desenterrar el adjetivo mañoso para fulminar a quienes discrepan de su mesianismo. Ha sido por la vía de la poesía que el presidente peló el cobre de su aspiración reeleccionista. Si a los presidentes de Usa hay que leerlos en los labios, a los de Colombia hay que interpretarlos en sus poemas únicos…