9 de mayo de 2021
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RIGO 

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
28 de julio de 2017
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
28 de julio de 2017

Víctor Hugo Vallejo 

Han sido tantas las veces que ha tenido la sensación del final de la vida, que ha perdido la cuenta. La primera vez que sintió que hasta ese minuto llegaba la vida, fue cuando el ser que más amaba se convirtió en una ausencia permanente, de la que apenas le quedaron los recuerdos y las pocas cosas de su closet con sus pertenencias personales.  Miró a su alrededor y supo que la vida con ausencias tiene que continuar, que no se le puede decir al tiempo que se detenga para bajarse. Era casi un niño y ese día, contra su voluntad, le correspondió graduarse de hombre, con responsabilidades que no eludió y que hasta hoy no ha abandonado ni un solo minuto.
Cuando el éxito estaba empezando a llegar y se comenzaba a hacer realidad un proyecto que decidió ese día cuando pensó que todo había terminado, la intrepidez de su juventud y las ganas de demostrar que era el mejor, lo llevaron contra el piso, le generaron graves lesiones y lo postraron a una incapacidad de seis meses, con el diagnóstico inicial de los médicos fatalistas (y facilistas)  de que no podría volver a hacer lo que más le gustaba y con lo que aspiraba a ser  grande.  Estaba lejos de su casa. En un país extraño. Con apenas 18 años de edad. En manos del trato responsable pero frío de un equipo profesional. Eso no es lo mismo que la cercanía de los seres humanos. Dos de grandes dimensiones se aparecieron y le dijeron que estaba naciendo de nuevo.
Retomado el camino con la fuerza de su voluntad y el empeño de seguir en lo que se había propuesto como proyecto vital, lo llevaron de nuevo a la competencia, con más ganas que nunca y con potencialidades mayores y una intrepidez que parecía desconocer lo que ya le había sucedido. Se olvidó de la manija de los frenos y bajó a la velocidad que le daba la fuerza de gravedad de su peso. Hasta una curva que le tomó ventaja y fue a dar a una quebrada pedregosa, donde el cuerpo volvió a sufrir las consecuencias  de su titular.  Otra vez la incapacidad. Otro final pronosticado. Otra vida que se acababa. Vuelva a la lucha. Hasta aprender que cuando la vida se acaba es para que vuelva a empezar.
En ese vaivén de acabar y volver a empezar se ha pasado su existencia. Cuando todo está como perdido es cuando renacen el tesón, las ganas, el poder y la convicción de un hombre que confía en si mismo y se atreve a todos los desafíos que le pongan por delante.
La vida parece que se ha cansado de hacerle saber de su fin y ha decidido que sea él mismo quien conduzca su desarrollo. Ya son suficientes los fines que no fueron finales. Que logre todos los comienzos y las realizaciones que están en su cuerpo, en su mente, en su sencilla y desabrochada manera de ser . Tanto queremos a Nairo, que de tanto quererlo nos hemos olvidado de querer a quien tanto se merece: Rigo. No es tarde para hacerlo. Nunca ha extrañado que no lo queramos lo suficiente, pues no  condiciona lo que hace  con las aceptaciones o rechazos. Sabe para donde va. Sabe que ha hecho. Sabe que puede hacer. Sabe cuanto tiempo le queda en ese mundo de esfuerzos enormes que se hacen insufribles y que su cuerpo ya los asimila como lo normal en la vida de un ser humano que no conoce de expresiones consideradas o instruidas para quedar bien con todo el mundo. Habla como es. Dice lo que se le ocurre y como si estuviera hablando con sus “mijitos” en la plaza de Urrao.
Rigoberto Uran Uran no es un recién llegado al ciclismo profesional, ya son muchos años metido en ese mundo de competencias, de esfuerzos, de extensos recorridos en los que ha cosechado grandes caídas, golpes, fracturas, lesiones, pero también muchos triunfos, sin dejar de ser el más auténtico de los colombianos que habla  de manera espontánea y que cuenta las cosas ante los demás (especialmente los periodistas) como las vive y percibe. No tiene reservas ni cuidados especiales con las palabras. Los que se confunden son los reporteros que se quedan sin frases de continuidad del diálogo, pues los desarma con expresiones que cierran la contundencia de lo que quiere decir.
Alguna vez fue el invitado a un programa de dos presentadoras que con sus irreverencias se gozan la timidez de los entrevistados, que no son capaces de seguirles la corriente de atrevimientos verbales. En esa oportunidad  las sorprendidas fueron ellas, pues les fue contando lo que le pasaba en diferentes ciudades de Europa y se mostró como un ser humano del común, antes que un deportista de élite y de entrada defendió ante las cámaras su belleza personal, que ese día vistió de zapatillas, pantalón oscuro, camisa blanca de mangas cortas y un extravagante corbatín gris. No era la vedette del ciclismo internacional, era Rigo y eso es suficiente. Su desparpajo al ser, es el mismo que utiliza al correr. Va con todo, independiente de lo que suceda más adelante. Por eso ha conocido tantas veces el fin, del que siempre ha regresado y lo ha hecho para quedarse.
Ahora el reconocimiento es general y unánime, cuando tuvo las condiciones para sustituir la esperanza que se tenía en el triunfo de Nairo, al que le fallaron las fuerzas y las estrategias. Rigo puso la cara, esa misma de facciones bruscas, dientes enormes y sonrisa abrumadora, para no abandonar el podio del Tour de Francia –la más importante prueba de ciclismo del mundo-  que en los últimos años se ha teñido con los tres colores que identifican a Colombia. Fue un trabajo de paciencia, de aguante, de esfuerzos inmensos. Estar al lado de los de adelante y hacerles saber que no lo iban a despegar por ningún motivo.
En dos ocasiones en la carrera estuvo a punto de volver a  uno de esos fines de vida que se le han atravesado desde cuando tenía 14 años. En la novena etapa, la más fuerte por el ascenso, que ganó por milímetros, cuando por poco termina en una caída colectiva, en cuyo roce le dañaron los piñones que le fueron medianamente reparados en pleno movimiento y en la penúltima fracción, contrarreloj individual, en la que fue a dar en una curva contra la valla metálica, estuvo a punto de caerse al frente de las cámaras de televisión, se mantuvo firme y se ubicó en la posición que le diera el subtítulo de la carrera.  A esos finales de vida ya les tomó confianza y los desafía.
Rigo es un ser humano excepcional por lo del común que es. No se cree nadie, pero es uno de los grandes en la historia deportiva del país. Su vida es el resultado de una ,lucha constante en contra de la adversidad. Es ciclista por rabia. Es campeón por condiciones innatas.
Nacido en el municipio de Urrao,  a 140 kilómetros de Medellín, en el oeste antioqueño,  el 20 de enero de 1987, era el hijo mayor de uno de los loteros del pueblo, que iba por las calles anunciando la suerte y vendiendo ilusiones para salir de pobres. Era hijo de Rigoberto de Jesús Uran, de quien recibió sus genes, su temperamento de lucha, su pasión por lo que hace, su raza y hasta su nombre, en esa costumbre de perpetuar hasta la nominación sin detenerse en análisis estéticos. Hasta el talonario para vender chance se lo heredó.   El lotero era muy aficionado al ciclismo. Tenía su grupo de amigos en el pueblo y en varias ocasiones a la semana salían a extensos recorridos por las vías cercanas. Poseía una buena bicicleta que fue armando con piezas finas compradas en mercados de segunda.
Alguna vez vio el marco de una vieja bicicleta que hacía muchos años había sido roja. Estaba partida en la barra. Preguntó si la vendían y el dueño acertó a decir que sí, aunque ya estaba pensando en echarla a la basura. Se la vendió por lo que le dieron. La mandó a soldar, la hizo arreglar, le recuperó el color rojo y cuando estuvo presentable se la llevó a la casa a su hijo mayor, para que lo acompañara en sus paseos de aficionado. El muchacho no se entusiasmo mucho, pues la presencia de la bici no era la mejor. Quería tanto a su padre que entendió que lo más importante era salir a esos paseos con él y sus amigos.  Los adultos en sus buenas  máquinas  pretendían  dejar atrás al muchacho, pero nunca fue posible. Siempre iba adelante en su armatoste de color rojo.
Una madrugada del mes de agosto de 2001 cuando Rigo despertó  supo que su padre no estaba en casa. Su madre, Aracelly, le dijo que se había ido a montar en bicicleta con sus amigos y que no había querido despertarlo porque salieron muy temprano. Rigo agradeció la consideración de su padre. Debía regresar en horas de la mañana. Esta se acabó y no volvió. Pasó la tarde y tampoco. Llegó la noche  y Aracelly se preocupó, dio aviso a la policía. Era la época y el reino de los paramilitares que aupados por el Estado generaban otra violencia ante la violencia subversiva, mucho más perversa y cruel que la  que se pretendía combatir, especialmente porque con el dinero de los impuestos se asesinaba a los ciudadanos. En un retén paramilitar pararon al grupo. Los retuvieron. Los ultrajaron y los asesinaron. A la madrugada del día siguiente llegaron con su cadáver.  El muchacho vio que allí se le acababa la vida. Le acababan de quitar al ser que más amaba, a ese que lo daba todo por él.  No había futuro.
Su padre tenía dos anhelos: verlo bachiller y ciclista.  Lo primero lo estaba haciendo  con resultados satisfactorios. Lo segundo no le gustaba. Frente al cadáver de su padre, miró a su madre y su única hermana, Martha, y mentalmente  se propuso tres cosas en la vida: ser bachiller, ser ciclista y velar por siempre jamás por su progenitora y su hermana menor. Cuando sintió que la vida se le iba, supo que apenas comenzaba.
Logró recuperar la bicicleta de su padre y comenzó a montar con el propósito de ser fuerte. Un día supo que el domingo iban a hacer una carrera en el pueblo y se puso una pantaloneta y una camiseta de su padre, los únicos tenis que tenía y se fue a inscribir en la competencia, en la que el premio no era gran cosa. Les ganó a todos. Los pudo esperar en la meta ya descansado, mientras sus amigos llegaban reventados.
El entrenador del club de ciclismo del pueblo José Laverde lo vinculó, lo apoyó y le ayudó con los pocos patrocinios que se conseguían a nivel local. Lo inscribió en cuanta competencia regional se presentaba y todas las ganaba. Un día se comunicó con su amigo  Gabriel Jaime Vélez del Club Orgullo Paisa de Medellín, organizado, con buena financiación y representativo de la región a nivel nacional.  Lo ponderó y lo recomendó como una nueva estrella de un deporte que siempre ha contado con  grandes figuras.
En la primera oportunidad que tuvo de competir demostró de lo que era capaz y de ahí en adelante lo inscribieron en numerosas competencias nacionales en las que el primer lugar era indiscutido para él. Se comenzó a llenar  de trofeos , de medallas, de menciones, terminó sus estudios de bachiller y supo que además de satisfacciones el ciclismo podía ser una profesión.  Vélez aprovechó sus contactos internacionales y le escribió a Juan Fernández, el jefe del equipo europeo Phonak, quien pidió todos sus datos y cuando supo la edad, 18 años, le dijo que lo dejara madurar un poco, que esperara un año y a los 19 lo probarían. Vélez le dijo que dentro de un año a lo mejor ya lo habían fichado. Habló con el ciclista Marlon Pérez, quien corría con la escuadra Tenax Salmilano. Pérez era un velocista con resultados irregulares, pero ganador de muchas carreras. A este le renovaron el contrato por un año y a Rigo le hicieron uno por tres.
A los 18 años ya estaba en la élite del ciclismo mundial. La sede del equipo estaba en el norte de Italia, en Breschia. En una de sus primeras carreras sufrió un grave accidente, por su intrepidez y ganas de ganar. Sufrió serias lesiones. Quedó incapacitado por más de seis meses. Le dijeron que no podría volver a competir. Tenía la compañía de su equipo, pero carecía de un hogar. Era otra vez  ver terminar la vida. Pepe Chiodi y su esposa Melania entendieron a ese muchacho. Lo adoptaron como suyo. Le dieron un hogar y le dijeron que había vuelto a nacer. Rigo los reconoce como sus segundos padres.
Se recuperó. Lo contrataron de nuevo y  en una vuelta a Alemania,  bajando en la punta de la carrera se olvidó de los frenos y se fue tras la victoria. En una curva perdió el control y casi pierde la vida. Una tercera vez para verle el final a la vida. En su casa italiana  lo volvieron a cuidar. Lo tuvo todo. Hizo las terapias rigurosas y contradijo a los médicos, volviendo a la bicicleta. Los caídas no lo han abandonado del todo, pero su experiencia como corredor de fondo le ha enseñado que  el dominio en lo que hace  es parte esencial de la posibilidad del triunfo.
Ha logrado muchos éxitos. Fue medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Londres en  el 2012. Acaba de ser segundo en el Tour de Francia. No faltaron los percances. Los superó. A los 30 años está en plena madurez como deportista y hace la cuenta que le quedan tres años en la élite mundial para conseguir mucho más de lo que ya ha logrado.
La vida no se le va a volver a acabar de buenas a primeras, pues la vida ya sabe que Rigoberto, a quien queremos tanto en su sencillez y forma desabrochada de ser,  la ha desafiado todas las veces necesarias y ha salido airoso. A los luchadores no se les vence con meras caídas, ellos siempre se levantan y ganan.