13 de mayo de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

Miserables

Por Víctor Hugo Vallejo
7 de julio de 2017
Por Víctor Hugo Vallejo
7 de julio de 2017

Víctor Hugo Vallejo

En el pasado robó por necesidad. Era el pan para sus sobrinos que carecían de todo. Los tiempos eran difíciles y el trabajo era escaso. Un mendrugo de pan se lo negaban a todos. Fueron muchas las veces que lo pidió. Fueron las mismas veces que se lo negaron. Se humilló por el llanto de unos niños que no entendían nada diferente a que tenían hambre. Corrió poco y lo tomaron preso. Lo llevaron ante los jueces. Lo sometieron a juicio criminal como el peor de todos. Pasaron los años y las rejas no tenían  siquiera fecha de vencimiento, sabía que estaba condenado por un delito de hurto, pero no sabía aún cuantos años debía pagar por ello.

Le dieron la oportunidad. No esperó más en medio de una expectativa que no tenía nada de bueno. Sabía que estaría preso por muchos años, pero por lo menos necesitaba saber cuantos. El tiempo corría y nadie le informaba de su futuro, que de ello apenas tenía el nombre. Se fue. Buscó la libertad de manera forzada. Huiría, sin considerar consecuencias. Buscaría una vida nueva- Trataría de estar lo más lejos que pudiera, pero no tenía con qué irse.

Buscó refugio y lo encontró en ese Monseñor  que lo acogió bajo la promesa de cambiar de vida. Ser un hombre honrado. Ponerse  al servicio de las buenas causas. Le dio alojo. Le dio comida y un poco de reposo. En el menor descuido de su protector se llevó consigo unos cubiertos de plata. La policía lo detuvo. Llevaba consigo las piezas robadas. Lo llevaron ante el dueño de los elementos, con el fin de que instaurara la correspondiente demanda, para llevarlo de regreso a la cárcel, a pagar lo que debía y lo que acababa de cometer. Monseñor  dijo que no habría denuncia. No se había robado nada. Se los había regalado. Cuando los gendarmes se fueron  quiso devolver los cubiertos de plata. Su dueño le dijo que efectivamente se los regalaba, que fuese a venderlos para que tuviese algo para si, pero que le hiciera el juramento de ser un hombre honrado de ahí en adelante.

Se hizo el propósito de ser honesto, de no apoderarse de los bienes ajenos, de tener buenas relaciones con los demás y no las que hasta ahora sostenía, que se fundaban  en la observación de objetos de valor y el descuido de sus dueños para llevárselos a hurtadillas.  Se propuso cambiar. Cambió.

En alguna ocasión se puso a hacer experimentos naturistas con el azabache y obtuvo un producto que comenzó a venderse de la mejor manera. Se llamó de otra manera y con lo mucho que ganó con ese nuevo producto, comenzó a ayudar a los más necesitados, con quienes siempre estuvo, pues si antes les robaba al menor descuido, ahora les apoyaba en todo lo que estuviese a su alcance.

Fue tal su popularidad que toda la comunidad lo aclamó en un momento determinado para que fuese su alcalde. Y lo fue. Con su nombre ficticio- El policía que siempre tuvo la misión de capturarlo, supo que ese alcalde se le parecía a un fugitivo muy conocido, condenado por hurto y a quien buscaba en todas las horas del día y de la noche, sin encontrarlo. Era su obsesión permanente. Tanto lo buscaba que  lo encontró en un campesino humilde, a quien detuvo y a quien llevaba a una condena indudable. En ese momento el alcalde supo que iban a condenar a un inocente por culpa suya, por lo que prefirió  identificarse plenamente y con ello permitir que el campesino honrado volviese al lado de los suyos.

Jean Valjean volvió a serlo. Ya no era más el Señor Madeleine, alcalde, sino el prófugo de siempre. El policía  Javert conoció la historia de ese alcalde. Su recorrido de honrado. Su apoyo y ayuda a los más necesitados. Su buena obra de gobierno como alcalde, pero para un obsesionado gendarme la regeneración no es posible en una persona que ha estado dedicada durante tanto tiempo a apoderarse de las cosas ajenas.  No lo convenció su historia de ser un nuevo hombre y le garantizó que lo llevaría de nuevo a prisión.
En esa ocasión Valjean se le fugó cuando pudo. Dejó a un lado su historia con Monseñor Charles Bienvenu Myriel, quien le hizo cambiar de vida,  y se volvió a enfrentar a la persecución obstinada de Javert que  parecía no tener  otra ocupación en la vida.  Volvió a ser pobre. A estar con los que carecen de todo, tratando de ser honrado, pero sin desaprovechar  las ocasiones de tomar algo ajeno que se pudiera vender para poder comer.

En ese ir y venir entre pobres conoce a una mujer necesitada que termina siendo madre soltera y quien en el momento de su prematura muerte le encomienda que cuide de Cosette, su pequeña hija,  cuyo cuidado había entregado a unos amigos en quienes no confiaba plenamente. Sabe de las circunstancias en que vive la niña y termina por seguir huyendo pero en su compañía y con ella va a vivir a Paris, donde hace todo lo posible por darle la mejor educación. La lleva a un convento, pero ella no quiere ser monja. El convento termina siendo su refugio de la huida de Jovert, quien  lo vuelve  a localizar.
Estalla la guerra de 1830 y los enfrentamientos entre franceses se hacen crueles. En medio de las batallas Valjean  encuentra a Jovert en peligro de muerte y le salva la vida. No le cobra ninguna persecución, ni siquiera la eterna y obsesiva.
Cosette termina por hacerse una bella dama, que conoce a Mario y se casa. Valjean  los tiene como a sus dos hijos. Hijos que nunca tuvo. Sigue teniendo la misma vida de fugitivo, pues Jovert, quien ya no quiere ponerlo preso, lo hostiga para justificar su trabajo.

Un día Valjean logra la meta de lo mejor que le pasó en la vida: morirse. Se muere en medio de la miseria y en los brazos de sus hijos. Allí termina una de las grandes novelas del siglo XIX, un verdadero monumento a la creatividad humana y a la capacidad de un escritor de describir a los seres vivientes en sus miserias, sus tristezas, sus angustias, sus dolores, sus lágrimas, sus hambres, sus necesidades, sus apoyos  en medio de la carencia de todo. Es un poco  lo que se dice en “Los Miserables”, de la que  es posible ocuparse porque el pasado 3 de abril se cumplieron los primeros 155 años de su  edición inicial, en 1862.

De esa novela se han hecho miles de reimpresiones y por el paso del tiempo ahora es de libre edición. Una obra fundamental en la formación de cualquier lector. No es de fácil lectura, pero debe asumirse como una manera de conocer a los seres humanos, especialmente en lo que corresponde a sus miserias, de las que estamos llenos.
Con “Los Miserables” se han hecho representaciones teatrales, óperas, musicales, operetas, numerosas películas, tesis de grado, millones de comentarios críticos, que permiten que su autor siga estando tan vigente como cuando la dio a conocer en 1862, sin ser un desconocido para el mundo literario, pues ya había hecho conocer importantes producciones de poesía, novela y teatro, así como numerosos ensayos políticos, pues la política también fue una de sus dedicaciones, yendo desde lo conservador hasta lo más liberal, al punto de que sus ideas le costaron un exilio de casi veinte años en Bruselas, cuando criticó duramente el II Imperio Francés, siendo el más acérrimo cuestionador de Napoleón III.

Es una de las obras mayores de Víctor Hugo, que en las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo XX se dio el lujo de figurar en  el denominado “Índice”, el listado creado por la iglesia católica con los autores que les estaba prohibido leer a sus prosélitos.
Víctor Hugo escribió más de 70 obras , casi todas de gran trascendencia en la literatura. Fue muy fecundo y escribía con la mayor facilidad. Lo comenzó a hacer cuando apenas tenía 13 años, época en la que hizo sus primeros poemas. Es uno de los grandes representantes del romanticismo y llegó a ser una figura tan popular en el mundo del arte que a su entierro el 2 de junio de 1885 asistieron más de dos millones de personas, que reconocieron en ese hombre de porte imperial, pero de ideas democráticas a un verdadero líder del pensamiento francés. Había llegado la III República francesa y le decretaron funerales de Estado.

Víctor Marie Hugo había nacido en Besanzon el 26 de febrero de 1802 y murió el 22 de mayo de 1885 en Paris.  Fue el menor de tres hermanos: Abel y Eúgene. Hijo  del general Joseph Leopold Sigisben Hugo y la dama bretona  Sophie Trebunchet,  de fuerte temperamento y amplia cultura, influyente y determinante en la formación de su hijo Víctor.  Con su padre fueron más las ausencias que las presencias y a la muerte de su madre tuvo un dolor inmenso que le generó una grave depresión.

Se casó con Adele Toucher el  28 de julio de 1830 y con ella tuvo  cinco hijos, la más conocida de todos la menor, Adele, quien veló intensamente  por la conservación de la memoria de su padre y el conocimiento de su obra.

Leer “Los Miserables” es entender un poco al ser humano. Se tienen tantas tristezas, tantos dolores, tantas angustias, tantas iras, tantas decepciones, tantos llantos, tan pocas alegrías, tanto fastidio por lo que hacen los demás y hacemos nosotros, que al final se asimila  todo eso para de allí sacar  lo mejor de cada quien. La obra está traducida a todos los idiomas y encabeza el listado de la literatura francesa de todos los tiempos. No es posible conocer esta, si no se sabe de la novela de Hugo.

Con “Los Miserables” al editarla por primera vez sucedió algo que pocas veces  se da en el mundo de la literatura, que el editor confíe en el autor y tenga plena seguridad del éxito editorial, hasta el punto que para la época el editor,  Albert Lacroix, le adelantó a Hugo 240.000 francos por concepto de derechos de autor. Una suma fabulosa, como que es el equivalente a 750.000 dólares de hoy en día.  Una fortuna. La confianza se daba en que Hugo ya había publicado exitosas obras de teatro, leídas  colecciones de poemas y la novela “Nuestra señora de Paris”, otra de las cumbres  narrativas galas.

La obra fue acogida con entusiasmo por los lectores del común. No así  por parte de figuras del mundo cultural como Baudelaire y Flaubert, quienes  la descalificaron por la crudeza de su lenguaje y la colección de miserias que dejaba conocer.  Le auspiciaron el fracaso total a Hugo. Afortunadamente esos otros dos grandes genios se equivocaron, porque “Los Miserables” sigue en las librerías del mundo,  atrayendo más lectores que se fascinan con el relato de la vida de Jean Valjean, a quien tanto se llega a despreciar, a admirar, a respetar a odiar, a juzgar, a tolerar o simplemente a reconocerlo como otro ser humano que puede y debe tener defectos y virtudes, ya que el humano perfecto jamás se ha dado y nunca se va a dar.

Valjean son tantos. Valjean somos muchos. De Valjean está lleno el mundo. Se confunden en las calles, en las plazas, en las cárceles, en la vida. Víctor Hugo los retrató desde hace más de 155 años.

A Víctor Hugo hay que leerlo siempre. La invitación es con uno de sus poemas:

Mañana, al alba, cuando blanquea el campo,

yo partiré. Mira, sé que me esperas.

Iré por el bosque, iré por la montaña.

No puedo permanecer lejos de ti más tiempo.

 

Caminaré, los ojos fijos en mis pensamientos,

sin ver nada alrededor, sin escuchar ningún ruido.

solo, desconocido, la espalda encorvada, las manos cruzadas.

triste, y el día para mí será como la noche.

 

No miraré ni el oro  de la tarde que cae,

ni las velas lejanas descendiendo hacia Harfleur,

y al llegar pondré bajo tu tumba,

un ramo de acebo verde  y de brezo en flor.