12 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La audiencia

26 de julio de 2017
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
26 de julio de 2017

Por Hernando Salazar Patiño

Si usted se somete a una operación quirúrgica o a un tratamiento fuerte de la dolencia que lo aqueja, los amigos, los familiares, los interesados que saben que fue o es el paciente, le preguntan cómo le fue en esos procedimientos, o preguntan a los parientes sobre su suerte, cuando hablan de ello. Lo mismo si usted juega un partido de tenis o de fútbol, o participa en algún acto en el que se expone al público, o a los especialistas. A éstos, no  les hacen igual pregunta, sino la sobre sus impresiones del partido o entre colegas, sobre la eficacia de su actuación. Ni qué decir de aquello de que “cada uno cuenta la corrida, de acuerdo a como le fue en ella”. De cómo le fue al torero, no le preguntan los aficionados que no pudieron ir, sino los otros toreros. Y a aquellos, a los otros que sí estuvieron en la plaza.

De ahí que me pongan en un aprieto con la pregunta de “cómo te fue”, las veces en que he dado conferencias o he tenido actuaciones públicas. Como no sé qué decir, ni qué responder para satisfacerla, remito al que indaga a preguntarle a uno o varios de los asistentes. Al fin y al cabo, fueron los “pacientes” de mi intervención.  Son éstos los que califican al protagonista o su presentación. El que está en el escenario, o en la cancha o en la sala hospitalaria o en el ruedo, solo aprecia y de modo vago, porque está concentrado, las reacciones. La atención, los aplausos, la atmósfera final, pueden darle apenas impresiones o sensaciones subjetivas, que hacen que esa pregunta se la haga uno solo a sí mismo, y tampoco es fácil de contestar.

Sea esta introducción la forma de mi gratutud al generoso José Miguel Alzate, prolífico columnista de EJE 21  y de otros medios, por la muy reciente, entusiasta y reconstructiva, publicada aquí, bajo el título “Hablamos de poesía”, sobre la segunda conferencia del ciclo “Poesía y Memoria” La Literatura Colombiana en sus versos Siglo XVI a Siglo XX.

El estudioso de García Márquez estuvo en el auditorio, entre  medio centenar de seres sensibles, que me comunicaron su emoción a medida que transcurría entre poemas, historia y biografías, mi homenaje a los textos, a las materias y a los profesores de mis épocas de bachillerato. Las mismas de varios, de los que allí me acompañaron: el inquieto espíritu de esa excelente persona que es el ex notario Miguel Orozco; el alerta del psiquiatra y epistemólogo de la ciencia Héctor Fabio Cardona; el solidario de los compañeros de colegio, el melómano Julio Ernesto Zapata con su señora, asidua igual en conciertos, y de Emilio Echeverri, ex tantas cosas, hasta ex gobernador, no ex amigo, porque, con la formación común, el ser sobrino del admirado poeta Daniel Echeverri, nos anudó desde otrora, así otros parientes suyos nos “revienten”; también estuvieron conmigo, Carlos González, ingeniero y matemático con el también ingeniero y pescador, Gabriel Medina; Germán Conde, abogado y profesor universitario,  el ex representante y excandidato a la gobernación, Carlos Uriel Naranjo, y la devota avidez de Judith Ramírez, la ex juez que vibra con la cultura y que siempre me halaga porque hace parte del que llamo “mi clientelismo auditivo”, los tres últimos, discípulos años atrás en la universidad.

La desprevenida asistencia del joven prestidigitador Erick J. Vallejo, con la bella pichón de abogada, Maria Antonia, cuya espléndida sonrisa no pudo inspirarme más, debido a mis limitaciones; la para mí inusual, por algún azar, o “sabrá Dios”, del columnista de La Patria, José Jaramillo, y la más discreta y analítica del psicólogo y periodista César Montes; o la del profesor Octavio Hernández, investigador del folklor regional y miembro de las academias locales, a las que por forzosa discreción, no mencionará su presencia en mi acto; novedosas y gratas; al igual que la complacida presentación que hizo el joven licenciado Tomás Rubio Casas, profesor de literatura y copropietario de Libélula Libros, quien por esas  calidades, describió preciso lo que le consta, en sus cordiales y escuetas palabras:  al Lector – me sonó con mayúscula- y al ser menos práctico posible, por lo que extrañado, ponderó mi “adelanto” muy siglo XXI, al observar el video beam con las que proyectaron las imágenes iconográficas de los poetas y las alusivas a sus poemas. El detalle de Tomás de llevar a sus padres, dice de su prestancia humana, y el que su mamá hiciera dúo cuando entoné el soneto Patria de Miguel Antonio Caro, como otros de los mayores del público, musitaron en coro partes de Las Constelaciones, La Perrilla, o La luna, con lo que alcancé uno de los efectos buscados.

No me concentré en ello, ni alcancé a ver, ni a individualizar, ni ahora a recordar, ni es procedente nombrarlos a todos y cada uno de los expectantes amigos que me trasmitieron su atención en esa fiesta de historia y poesía, y menos a muchas presencias nuevas que no conocía ni supe de quiénes se trataba, pero imposible no notar la apetencia del sociólogo Henri Gómez, quien puede medir como pocos el pulso cultural de esta ciudad, o la pródiga del documentalista Ulises Giraldo, aun sin coctel, o la del heredero del recordado José del Cristo Leiva, el activo “duende” José Orlando Leiva, o la anuente del querido nefelibata wagneriano Luis Fernando Zuluaga Potes, o pasar inadvertida la renovada mirada incrédula tan llena de sí mismo, del editor Pedro Felipe Hoyos, examinador de los olvidos y las demoliciones de nuestro patrimonio.

No obstante el infrecuente lleno del auditorio, eché de menos a algunos de los asiduos con los que cuento, casi invariables en mis conferencias, que lamenté y lamentaron el impedimento, o la falta de información anticipada, explicable por cuanto el único medio que anunció en recalcado titular “Poesía y Memoria”, con abreviada relación de la materia a tratar, fue el diario virtual Eje 21. Los posibles amigos, lectores de La Patria, no se enteraron, ya que nada apareció en sus páginas, ni en un rincón, ni en un renglón, a pesar de haberse enviado la información previa días antes. No me extrañó, puesto que no conozco a quien se encarga de esa tipo de noticias, ni a ninguno de sus redactores culturales, aunque los lea. Hay quien diga que quizá tengan una determinada imagen, legado de algunos de los periodistas que los precedieron, y ni yo mismo tengo presente que la vinculación de mi nombre al “periódico de casa”, está cerca de cumplir seis décadas.

Y como para estas actividades pedagógicas o humanísticas, de proyecto individual, suele suceder en la provincia que uno mismo es el propio difusor, diseñador y sufragador de su publicidad, y en particular -por estar acostumbrado-, ya me gozo el hecho, inaudito para muchos pero nada inusitado entre nosotros, de ser a la vez el expositor o realizador responsable,  asistente, divulgador, financista y también gerente y distribuidor y pegador del “comité de afiches”, supliendo el que las instituciones que apadrinan el evento, no tienen la sección o la persona que lo haga, ni  quién redacte las gacetillas de prensa, ni subvencionan esas líneas.

Por eso el halago gratificante cuando vi sentarse, otra vez,  la vigilante y lisonjera connivencia de Pablo Villa, Pablo X, estudioso  hacedor de cine y reeditor artístico de joyas literarias, con el par de maestros del arte, Ramiro Ramírez, y sus perceptivos ojos de la perfección estética, al servicio de la destreza de su mano, y al lado Marthica su acuciosa riosuceña, y al ya monumento vivo de la pintura en Caldas, Jesús Franco, con su gracia intacta, proclive a la poesía que le dicta a sus pinceles; y a la ex magistrada Astrid Arboleda, también poeta, tan ajustada en sus versos como en sus ponencias judiciales, y muy en especial, haciéndome el homenaje de su aparición, llegada de Armenia, tras la memoria de un rostro amigo de la infancia, Esperanza Jaramillo García, la dilecta nieta de nuestros entrañables clásicos Juan Bautista Jaramillo Mesa y Blanca Isaza, con la intención de compartir mi jubilosa evocación antológica de la pléyade nacional y de entregarme con sus propias y pulcras manos de poeta, antes de partir para Europa, las 67 incitantes piezas que integran su último poemario “Tiempo del escarabajo”.

Y hablando de poetas, la que pudo causar ser para mí la mayor sorpresa, fue apreciar, cerrando al extremo esta notable congregación de oyentes, a uno, o dos o tres de ellos, no supe si más, de los muchos representativos de la poesía de Caldas, que viven, escriben y publican en esta ciudad. Claro que allí estaba Carlos Mario Uribe, el dinámico y generoso timonel de La Nave de Papel,  que transportó en ella la gestión comunicativa en su radio de acción,  y la inefable, ubicua, dulce y persistente Dorian Hoyos; y  el poeta Edgar González, escaso en mis presentaciones, cuya concesión de un buen rato proveniente de él, me tentó a indagarle su exigente juicio, y le oí decir “hubo bastante asistencia”.

La inexistente o excepcional presencia a convocatorias como ésta, distintas a las que hacen ellos, en las que se leen y se atienden, igual que a sus invitados, se debe según mi impresión, a falta de otra hipótesis, que sería el primero esperanzado y feliz, en rectificarla, que las nuevas generaciones se sienten un poco adánicas en literatura, y que ignoran o no les interesa la pasada historia de su hacer creador, porque les fue ajena la tradicional y hoy olvidada y no superada enseñanza que motivó a sus antecesores, con el aderezo del displicente escepticismo hacia lo próximo y doméstico.

Si me he detenido en la audiencia que me honró en esa noche, es que para mí, desde siempre y no de ahora, sin clasificación alguna, los que acuden a formarla, son muy importantes y  merecen tanto respeto como el tema mismo, porque acentúan su significación, demandan y requieren la suficiente solvencia, y me concentran en el esfuerzo de dar lo mejor y no defraudar.

De ahí que concluya este recuento emocional, con el agradecimiento a los que hicieron posible la primera y la segunda parte del ciclo que comprende cuatro, y fueron conditio sine qua non de la acomodación, ambientación, equipamiento, proyección visual, filmación, y demás herramientas imprescindibles de la logística recomendable. Se trata de Valentina Salazar Latorre, mi hija, de mi esposa Mayarly Latorre, y su compañero de trabajo Mario Castaño (no confundir) con su impagable dedicación.

El apoyo por parte de la Gobernación de Caldas a través de la Secretaría de Cultura, su patrocinio, la cofinanciación y el proporcionar el maravilloso escenario de “Poesía y Memoria” en lo que se lleva del ciclo, planeado en prioritaria  instancia para las instituciones educativas de los municipios de Caldas, del que dejé registro en los posters y aplaudo, reconociéndolo aquí, con la disposición y el propósito de ojalá continuarlo, agradecimiento en el que incluyo a quien fungió de anfitriona encargada en representación de los funcionarios, de dar la bienvenida e indicarles el sitio de la  celebración a los que acudieron, y de esperar paciente la terminación de la misma, facilitándonos a todos la salida de la sede, de la que es ella, la acogedora Lawry, su cumplidora portera.