16 de mayo de 2021
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El mundo religioso de “María”

2 de julio de 2017
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
2 de julio de 2017

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

En este 2017 venimos celebrando el sesquicentenario de la aparición de “María”, una de las grandes novelas románticas del siglo XIX en América Latina, escrita por el colombiano Jorge Isaacs a la temprana edad de treinta años.

Con tal motivo se han realizado diversos actos conmemorativos (como el de nuestra Academia de la Lengua en días pasados) y los correspondientes encuentros o foros, conferencias y publicaciones en torno a esa obra que por cierto tiende a verse, por enésima vez, como de carácter autobiográfico en muchos de sus pasajes.

Y claro, dado que su popularidad aún persiste (pues todos nosotros -¡durante siglo y medio de historia!- la hemos oído nombrar o leído alguna de sus páginas cuando no uno de sus capítulos o el libro en su conjunto), vuelve a hablarse aquí y allá sobre el trágico amor de Efraín y María, la Hacienda El Paraíso -convertida de tiempo atrás en sitio turístico- y episodios como la caza del tigre, entre muchos otros.

Más aún, según se acostumbra en dichas circunstancias, el momento resulta propicio para leer o releer la novela y mostrar o negar su vigencia, ahondando en aspectos específicos como, por ejemplo, la religiosidad de la novela y de sus personajes, tema que en los 150 años previos ha sido objeto de intensas discusiones, marcadas en ocasiones por razones ideológicas, políticas o sectarias que ya es hora de superar.

He ahí el propósito que nos guiará a continuación.

La virgen María

Como es sabido, Efraín y María eran primos. A ambos les venía el parentesco por el lado paterno, pues el padre del joven era primo de Salomón, el padre de ella. Su parentesco, por tanto, era más bien lejano (primos en tercer grado, para ser exactos), aunque su relación familiar fue más cercana todavía, incluso fraternal. Veamos por qué, aunque sea a vuelo de pájaro.

Para decirlo sin rodeos, María, que tenía apenas tres años de vida cuando falleció su madre, quedó después también huérfana de padre, razón por la cual el papá de Efraín la adoptó, llevándola a vivir en su propia casa.

En efecto, él se había comprometido ante Salomón, en su lecho de muerte en Jamaica, con educar y hacer cristiana a la niña, asumiendo la debida responsabilidad paterna ante la cercana ausencia definitiva de su progenitor.

“Si el cristianismo da en las desgracias supremas el alivio que tú me has dado, tal vez yo haría desdichada a mi hija dejándola judía”, respondió el moribundo a tan generosa oferta (promesa o juramento, en verdad), aludiendo a su origen judío y el judaísmo que él seguía practicando a diferencia de su primo, cristiano hasta los tuétanos.

“Cuando llegues a la primera costa donde se halle un sacerdote -agregó, a modo de mandato-, hazla bautizar y que le cambien el nombre de Ester por el de María”.

María, en consecuencia, recibió ese nombre en honor a la Virgen María, madre de Dios según las creencias cristianas. Tal hecho, sin duda, es el principal fundamento de la alta religiosidad que inunda la obra y que es característica esencial de sus protagonistas.

El asunto no termina ahí. Antes bien, desde su llegada a la hacienda, Efraín, aún niño, descubrió en su prima  “el rostro de una virgen de Rafael”, al tiempo que Tránsito advertía “la notable semejanza entre el rostro” de María “y el de una bella Madonna del oratorio (en la casa de El Paraíso)”.

De otra parte, el enamorado narrador (Efraín, como es obvio), al describir el “paso ligero y digno” de su amada, decía que ahí  se “revelaba el seductivo recato de la virgen cristiana”, insistiendo por tanto en su virginidad, aquella virtud que ni siquiera permitía a la pareja besarse o siquiera cogerse de las manos, pues el simple roce generaba el mayor estremecimiento.

María, además, tenía entre sus libros preferidos la Imitación de la Virgen, como si quisiera imitarla o, mejor, ser igual a ella, la madre de Dios, a quien consideraba su modelo de vida.

Ella era, sí, la virgen María. De ahí que al mencionar el título del libro: María, hemos de asociarlo en adelante a la madre de Dios, prueba cabal de la honda religiosidad cristiana que anotamos desde un principio.

“Dios es amor”

Efraín y María eran católicos convencidos, igual que el resto de los personajes, fueran amos o esclavos. De ahí la devoción que profesaban a la Virgen, cuyas imágenes religiosas, tanto en el oratorio de la madre (la Madonna) como en el cuarto de Efraín (la Dolorosa), permanecían adornadas con flores -“las más hermosas”-, que era tarea habitual precisamente de María, quien las recogía con fervor, en ocasiones acompañada por los niños.

Pero, ¿por qué -se preguntará- tal devoción? En un país como el nuestro, de tradición católica desde la conquista española, la razón es obvia: unos y otros creían en el poder intercesor de la madre de Dios ante su hijo Jesús y, por ende, ante Dios Padre, creador del universo, para conseguir en forma milagrosa sus sanos deseos, por imposibles que parecieran.

María, en efecto, rogaba a ella por su sanación, desde el momento en que se manifestó la fatal enfermedad hasta poco antes de su muerte. “Muchas veces he pensado con horror en ese mal -eran sus palabras, en medio de la angustia-, pero tengo fe en que Dios me ha oído…”. Nunca perdió la fe, a pesar de todo.

Idéntica petición hacía en otras circunstancias, como cuando oraba, segura de la cabal intervención divina, para impedir su matrimonio arreglado con Carlos, amigo de Efraín.

“Yo le he rezado mucho a la Virgen para que hiciera suceder todo así”, decía mientras aseguraba, confiada: “Siempre me concede lo que le pido, y como esta vez yo le rogaba tanto, estaba segura de que me oiría”. Esta vez, por lo visto, la súplica fue atendida, pues su rechazo a la propuesta matrimonial bastó para resolver el asunto.

Oró asimismo en el oratorio -frente a la “bella imagen de la Virgen que tanto se le parecía”- por la salud de su padre putativo cuando cayó enfermo debido a las enormes deudas que lo afligían, igual que lo hizo la madre de Efraín, con la mirada fija “en un Ecce Homo, colgado sobre la pared”. De nuevo, el resultado final fue feliz.

Efraín, a su turno, tampoco se quedaba atrás al respecto. Antes bien, su fe lo conducía hasta Dios como creador, a quien sus férreas creencias cristianas, fundadas en sólidas lecturas que solía compartir con María (en primer término, el libro Genio del cristianismo, de Chateaubriand, pero también La Biblia, Cristo ante el siglo y, en general, “mucha cosa mística”, según le dijo Carlos en tono de burla), lo llevaban a ver el amor en Dios, según la célebre expresión de san Pablo: “Dios es amor”.

Así, la felicidad que vivió al sentir los arrebatos del primer amor, cuando llegó de Bogotá, era “un don divino”, así como un “delirio delicioso, inspiración del cielo”, cuyo nombre repetía exaltado: “¡María! ¡María!”; ese Dios -pensaba- no podía destruir a su más bella criatura, a quien él tanto amaba porque el mismo Dios lo había querido, y cuando el terrible desenlace se presentó, no hizo más que invocar la fortaleza divina, aceptando su voluntad.

El amor, por último, es eterno. Ya lo había dicho María en una de sus cartas postreras: “Estaré siempre a tu lado… No, no; nadie podrá volver a separarnos”. Sí, ese amor tendría su plena realización en el cielo, hacia donde ella había partido poco antes de que Efraín llegara de Londres a la casa de El Paraíso.

¿Dónde está María?, preguntó ansioso, desesperado, al no verla para darle la bienvenida. “¡En el cielo!”, respondió su madre.

Más valores cristianos

No es mera coincidencia (como tampoco lo fue el título “María” en la novela, según vimos arriba) que el escenario donde tuvo lugar esa historia de amor fuera la hacienda “El Paraíso”, expresión que alude explícitamente al paraíso terrenal, descrito en los textos bíblicos como el lugar ideal: sin pecado ni muerte y junto a Dios, donde reinaba el amor de la primera pareja, Adán y Eva, después de la creación divina. Es como el Cielo, con el que a veces parece confundirse en los sentimientos religiosos de los cristianos.

No es de extrañar, en ese contexto, que Efraín, tras declarar su amor a María, anuncie su decisión de “hacer un paraíso de la casa paterna”, y que al mirar con nostalgia su infancia y juventud reviva “aquellas horas no medidas en que el alma parece esforzarse por volver a las delicias de un Edén -ensueño o realidad- que aún no ha olvidado”.

Tales afirmaciones revelan también la visión idealizada no solo del amor sino de la naturaleza, característica del movimiento romántico desde sus orígenes (baste pensar en Rousseau y sus Reflexiones de un paseante solitario), cuya profunda influencia se siente en cada página de María.

De hecho, la continua exaltación de la naturaleza es por ser creación divina, que “parecía ostentar toda la hermosura”, pues ahí se manifiestan “las grandes bellezas de la creación”. “Naturaleza, divina ensoñadora”, la llama Issacs en algún momento (como si anticipara la célebre máxima de Rubén Darío: “Juventud, divino tesoro”).

“En las sombras húmedas, en la brisa que movía los follajes, en el rumor del río…, veía el Edén”, agregaba Efraín, quien lamentaba sin embargo la ausencia de su amada, como si nada existiera: “Pero faltaba ella”. El paraíso, en fin, desaparece cuando el amor (que es Dios, insistamos) no está presente.

En la naturaleza, además, estaban las flores para adornar los altares, aquellas con las que el joven, sumido en el dolor por la muerte de María, formó una corona que colgó de la cruz, abrazándose a ella para darle su “último adiós”. La cruz, no lo olvidemos, es el símbolo que más identifica a los cristianos. Recordemos que María, al morir, sostenía en sus manos un crucifijo.

Pero, la cruz no es el único símbolo cristiano, ni el único objeto sagrado. No. En María encontramos una amplia variedad en tal sentido: los dos cirios benditos que iluminaban, temblando, el cuarto de María y su lecho de muerte; los rosarios de Tránsito y Lucía, colgados del cuello, o el relicario de Luisa, en sus manos, y ni para qué hablar de imágenes religiosas como las de la Virgen y el Ecce Homo, antes mencionadas.

Ello se complementa con sitios cuyos nombres poseen una clara connotación religiosa -verbigracia, el Alto de las Cruces- (algo muy común en nuestros pueblos latinoamericanos) y con distintas ceremonias (las misas o celebraciones eucarísticas y el matrimonio, en primer término), donde se impone la fraternidad entre amos y esclavos, fruto de la hermandad cristiana fundada en que todos los hombres somos, por igual, hijos de Dios.

Ahí entramos, por último, a los valores cristianos, encarnados por los numerosos personajes de María: la devoción, que tanto hemos subrayado; el respeto del amo al esclavo -“Mi padre, sin dejar de ser amo, daba un trato cariñoso a sus esclavos”, decía Efraín-, y sobre todo la fe, que entre los esclavos negros provenientes de África ha sido visceral, con pasión desbordante (pensemos en la fascinante historia de Nay, transformada en la vieja Feliciana que en su agonía “se esforzaba en vano por pronunciar el nombre de Jesús”).

Unos y otros, sin excepción, son seres orantes, que rezan a toda hora y en todas las circunstancias: en la mañana y en la noche, al despertarse y al acostarse, en las comidas y en los duelos, en la cacería y en los momentos de felicidad…

El cristianismo en María está presente de principio a fin, como un hilo permanente, continuo, que le da su fundamento espiritual a la obra.

A modo de conclusión

¿Cuán vigente está María en estos tiempos?, cabe preguntar. En cuanto al tema planteado: su dimensión religiosa, parece que no lo está, igual que desapareció el esclavismo allí descrito. Al fin y al cabo el nuestro ya es un estado laico y la religiosidad se ha perdido en alto grado, sin que casi nada se considere pecado, mientras los templos permanecen vacíos, aunque haya proliferación de sectas cristianas en un país donde antes el catolicismo reinaba a sus anchas.

Persiste, sí, el fervor popular, pero en los círculos intelectuales, con pocas excepciones, priman las ideas y sentimientos contra la religión -“El opio del pueblo”, según decía Marx-, en medio del ateísmo o al menos la indiferencia religiosa y hasta las posiciones anticlericales, contra la iglesia, que otrora proclamó el radicalismo liberal, movimiento en el que paradójicamente militó don Jorge Isaacs, autor de la obra.

Ahora bien, ¿150 años después de haberse escrito, hemos superado la vieja disputa entre quienes ven a nuestra gran novela romántica como la apología de aquellos valores cristianos que veíamos atrás, enarbolados por lo general en las huestes conservadoras, aliadas con las jerarquías eclesiásticas?

¿O, por el contrario, se imponen quienes encuentran en sus páginas el fin de una época semifeudal, de terratenientes y esclavos, para abrirle paso al citado liberalismo radical, donde la libertad individual lleva las de ganar?

A decir verdad, la discusión en tal sentido sigue abierta. Por nuestra parte, las tesis expuestas pretenden quedarse en el plano objetivo e imparcial de la crítica literaria, para que cada lector se encargue, con la debida autonomía, de sacar sus propias conclusiones. ¿Cuáles son, a propósito, las suyas?

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua – [email protected]