9 de mayo de 2021
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El escabroso camino de la paz

4 de julio de 2017
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
4 de julio de 2017

el papa francisco

Este 27 de junio se terminó el desarme de las FARC o la dejación de armas; 6.803 hombres y mujeres entregaron 7.132 armas que los delegados de la ONU acomodaron en 26 contenedores. De este modo se dio vuelta a la página porque el grupo guerrillero cambia las balas por la palabra. Después de cinco años de negociaciones las FARC dijeron adiós a una guerra de más de medio siglo, que dejó cerca de 220.000 muertos, 25.000 desaparecidos y más de seis millones de desplazados. El jefe de la Misión de la ONU en Colombia, Jean Arnault, afirmó que “hoy podemos recomendar a Naciones Unidas que recoja las enseñanzas de las experiencias en Colombia para aplicarlas en otras partes del mundo”.

Sin embargo el pueblo colombiano no está satisfecho y el país sigue sumergido en la apatía y el pesimismo. En la última encuesta realizada por la firma Gallup, entre el 15 y el 24 de junio, el 71% desaprueba la gestión del presidente Santos y el 55% cree que la implementación de los Acuerdos, entre el gobierno y las FARC va por mal camino. La conclusión es que la paz no emociona a pesar del acuerdo histórico con la guerrilla más antigua de América. Claro que esta encuesta se aplicó a 1.200 personas de Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla y Bucaramanga; habría que preguntarle al país de la periferia, que ha sufrido la guerra.

La realidad es que hoy los colombianos estamos más divididos por el tema de la paz, porque aquí entra em juego el ruido de la desconfianza, los otros factores de violencia y las aves de mal agüero. Recordemos las palabras del excanciller de Israel Shlomo Ben Ami, quien dice que hay que pagar un precio por la paz, porque “cuando un líder conduce una nación a la guerra, normalmente la tiene unida detrás de sí; pero cuando la conduce hacia la paz, la tiene dividida, porque la paz demanda concesiones y sacrificios inevitables”. Entonces “para un líder negociar la paz es mucho más arriesgado que hacer la guerra”.

El tortuoso y largo proceso

Después de las experiencias que dejó el gobierno de Pastrana y del fantasma del Caguán, el Estado avanzó hacia el militarismo por medio del Plan Colombia y dedicó mayor presupuesto para la guerra. Desde el año 2006 se iniciaron los cambios en las Fuerzas Armadas para mejorar la lucha contra el movimiento guerrillero; los resultados no tardaron en llegar pues al año siguiente dieron de baja al Negro Acacio, se invadió territorio ecuatoriano para bombardear el campamento de Raúl Reyes (2008) y la inteligencia militar realizó la Operación Jaque (julio de 2008) para rescatar a 15 secuestrados. Después, el 22 de septiembre de 2010, se produjo la Operación Sodoma, contra Jorge Briceño, el Mono Jojoy; fue un exagerado bombardeo contra su campamento porque se utilizaron 30 aviones y 27 helicópteros que arrojaron siete toneladas de explosivos. Por último, el 4 de noviembre de 2011, se produjo la muerte del comandante Alfonso Cano.

Con los golpes propinados a los miembros del Secretariado, el Estado consideró que ya se podía negociar con una guerrilla que había sido azotada pero no derrotada y que tenía el cansancio de la guerra. Esto lo entendió muy bien Timoleón Jiménez (Rodrigo Londoño), jefe máximo de las FARC, quien le envió una carta al presidente Santos (noviembre de 2011) donde le planteó la posibilidad de iniciar diálogos de paz, le habló de la crueldad de la guerra y de los guerrilleros que llevan medio siglo en esta lucha: “Algunos de cabeza blanca, cuentan historias de sus días en Marquetalia. Otros hablan de los años en el Guayabero de los primeros diálogos con Belisario […] Las FARC son miles y miles de revolucionarios que soportan las más duras condiciones porque creen firmemente en su causa. No ganan un solo centavo, no poseen nada material, el movimiento les da lo que necesitan. Y el movimiento son todos ellos”.

Las conversaciones se fueron manejando en secreto con el apoyo de Cuba, Noruega, Venezuela y Chile, hasta que el presidente destapó las cartas cuando finalizaba el mes de agosto de 2012. El 4 de septiembre se hicieron oficiales los diálogos entre el Gobierno y las FARC y el presidente reveló los cinco puntos de la agenda: desarrollo rural, garantías para el ejercicio de la oposición política y de la participación ciudadana, el fin del conflicto armado, el narcotráfico y los derechos de las víctimas. En un video de 20 minutos Timoleón Jiménez anunció el cierre del encuentro exploratorio y el inicio de la mesa de conversaciones, como parte del “largo pero necesario camino de la construcción de la paz estable y duradera para Colombia”. Advirtió que la salida no es la guerra sino el diálogo civilizado y que el acuerdo ayudará a “cerrar el portón a los violentos” y que “los vampiros están en los cuarteles tratando de convencer a las Fuerzas Militares de irse en contra del Acuerdo”.

El ruido de la desconfianza

Ahora nos preguntamos si estamos preparados para la paz. En un país tan pesimista calan el discurso del odio y la estrategia del miedo. Sin embargo hay razones para el escepticismo y la desconfianza. Nuestra guerra ha sido larguísima, porque es alimentada por la corrupción y el narcotráfico; en este conflicto los muertos son de lado y lado: soldados, policías, guerrilleros, paramilitares y población civil, caídos en asaltos, atentados, masacres y ejecuciones o “falsos positivos”. Entre 1982 y 2007 hubo 2.505 masacres que dejaron 14.600 muertos. Además hay que sumar la parte económica porque centenares de miles de campesinos fueron expulsados de sus parcelas y los narcotraficantes se apoderaron de las mejores tierras. Y, por supuesto, un porcentaje muy alto del presupuesto nacional se destina a la guerra ¿Quiénes se han beneficiado con el conflicto? En primer lugar los narcotraficantes y sus aliados los paramilitares, siguen los gamonales y la extrema derecha.

Parte del escepticismo se debe al desprestigio de las FARC, por los secuestros y los bombardeos y ataques a los pueblos. De acuerdo con Gallup el 81% de los colombianos tiene una imagen desfavorable de las FARC. Además, debido a los golpes propinados a los comandantes guerrilleros entre 2008 y 2011, el 66% cree que las Fuerzas Armadas están en capacidad de derrotar militarmente a las guerrillas.

Pero también generan pesimismo las otras violencias que subsisten en las zonas marginales, donde hacen presencia el ELN, las disidencias de las FARC, el crimen organizado y los paramilitares, que se pasean por los territorios, abriendo nuevos corredores que las Fuerzas Armadas no pueden o no quieren controlar.

Por último, está la polarización impulsada por razones políticas. Algunos sectores como el uribismo lograron vender la visión apocalíptica de los acuerdos en amplios sectores del país urbano; la idea del castrochavismo asusta pues muchos creen que si las FARC hacen política pueden llegar al poder y se produciría la “venezolanización” de Colombia. Entonces promueven el odio y el miedo con fines electorales, y han tratado de hacer “trizas” el Acuerdo de Paz. Como conclusión ¿Si las FARC desaparecen a quien se le echará la culpa de los males del país?