8 de mayo de 2021
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Se llamaba Wolf Ruvinskis

25 de junio de 2017
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
25 de junio de 2017

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

A mediados de la década de los años cuarenta se organizó en Bogotá una temporada más de lucha libre, cuyas funciones tenían lugar en un improvisado cuadrilátero en la plaza de toros de Santamaría a donde acudía el público capitalino a vitorear a sus atletas favoritos y a abuchear a los “villanos”, esos luchadores que hacían el papel de malos, siempre presentes como protagonistas indispensables de este popular espectáculo. Uno de los malos recontramalos era un luchador alto, rubio, amigo de todas las trampas y cultor del juego sucio, que igual pinchaba los ojos de sus contrincantes, como daba golpes prohibidos y atacaba a mansalva al árbitro y a sus oponentes, por parejo. Cuando quien recibía el castigo era él, el muy cínico se arrodillaba e imploraba con voz conmovedora y su castellano salpicado de  acento letón, “–Por favor, no me pateen el cerebro que estoy estudiando…” Era un rudo rudísimo, cuya regla principal era precisamente la de que en su caso, no existía regla alguna, digna de ser honrada.  Pero ese era  su estilo y en eso fincaba la razón de su popularidad.

Su nombre verdadero era Wolf Ruvinskis Manevics, nacido en Riga, Letonia el 31 de octubre de 1921, cuya familia, de origen judío y en la más extrema pobreza, emigró hacia la Argentina, para huir de la ocupación nazi y de los rigores de la segunda guerra mundial. En el país austral la familia Ruvinskis encontró más propicias maneras de matar el hambre, que permitieron al joven Wolf dedicarse a cultivar la lucha libre, una de las aficiones de su primera juventud, donde se hizo admirador de las hazañas del legendario luchador argentino Antonio Roca, campeón mundial de la especilidad y una de las estrellas más rutilantes y conocidas del “catch as can” en ese entonces. Pronto Ruvinskis se convirtió en luchador profesional y se unió a una empresa promotora que organizaba temporadas de lucha libre por toda América latina y los Estados Unidos, una de cuyas frecuentes etapas era precisamente Bogotá.

Su nombre de combate  era  “El Lobo Letonia”, objeto de odios y amores entre los fanáticos que apreciaban su estampa musculosa y su asombrosa agilidad a la hora de aplicar sin piedad lanzamientos de martillo, “dolorosísimas” llaves “Doble Nelson”, estrangulamientos ilegales con las cuerdas del ring, patadas voladoras impresionantes y crueles candados al cuello y la cabeza del pobre rival de turno, además de la sevicia y frescura con la que estrellaba las silletas de la primera fila contra la cabeza del contrario y si era necesario, también sobre la del señor juez del combate.

Era un malvado de siete suelas, tramposo y maestro de triquiñuelas, aunque con fervientes admiradores y simpatizantes, especialmente entre la clientela de las localidades más baratas de las graderías y los que entraban gratis o colados, entre ellos muchos policías, estuvieran o no estuvieran de servicio. Lo cierto es que algún policía visionario valoró su particular estilo de lucha y lo abordó en su camerino para invitarlo a la Escuela de Policía “General Santander” del barrio Muzú de Bogotá, para que les mostrara a los aspirantes a oficiales los secretos de la defensa personal a mano limpia. Fuera del encordado, el temible “Lobo Letonia” era un caballero a carta cabal, gentil y amable, quien gustosamente aceptó la invitación a la Escuela de Policía, dirigida en ese entonces por el  doctor Roberto Pineda Castillo.

Allí se le ofreció la cátedra de Defensa Personal, cargo que aceptó de inmediato y  durante algo más de un año alternó sus presentaciones en el ring de la Plaza de Santamaría con las clases de caídas, lanzamientos y movimientos de defensa en las lonas y encordados de la escuela, donde impartía sus enseñanzas prácticas con la cooperación de un joven instructor local, corto de estatura pero ágil y fornido llamado Jorge Arévalo Garzón, quien heredó los conocimientos del maestro Ruvinskis y quien, hasta su jubilación como instructor de planta de la Escuela General Santander, los impartió a numerosas promociones de cadetes y oficiales, entre ellos la de quien esto escribe. Además, durante su breve permanencia en la Escuela, el letón preparó un librito llamado “Veinticinco Golpes de Defensa Personal,” editado en 1946 por la Biblioteca de la Escuela de Policía “General Santander”, con prólogo del doctor Pineda Castillo, director de la Escuela.

El libro, de 183 páginas con muy escaso texto, contiene 139 fotografías en las que aparece el maestro Ruvinskis con camiseta blanca y las letras E  de  P (Escuela de Policía) sobre el pecho, en compañía del instructor Arévalo, con la demostración gráfica y la descripción de cada uno de los ejercicios de Jiu Jitsu, técnica japonesa de combate y defensa cuerpo a cuerpo.

Cumplida esta experiencia pedagógica, el gentil “terror del cuadrilátero”, atendió los dictados de su corazón de gitano, tomó sus bártulos y siguió su camino, esta vez rumbo a México donde hizo las delicias del público como el recontra maloso luchador “Neutrón”, quien durante sus combates disimulaba su identidad y sus “fechorías” bajo una ajustada máscara de tela negra, mientras golpeaba a mansalva y a su vez era molido a patadas de mentiras por contendores tan famosos como “Huracán Ramírez”, “el Médico Asesino”, “Black Shadow”, el “Lobo Negro”, el “Santo”, conocido también como el “Enmascarado de Plata” y otras celebridades de la lucha libre, conocidos en todo el mundo a través de las películas del cine mexicano especializadas en el tema.

Precisamente el cine mexicano estaba en su época dorada, con figuras tan conocidas en nuestro medio como Jorge Negrete, Pedro Infante, Luis Aguilar, María Félix, Mario Moreno “Cantinflas”, Germán Valdez “Tin Tan”, Rosita Quintana, Joaquín Pardavé, Sara García, la actriz colombiana Sofía Alvarez y muchos otros de igual nivel, que convirtieron esa industria en el principal medio de difusión de la cultura azteca en el mundo entero,  muchos de los cuales compartieron estrellato con el profesor Ruvinskis en las numerosas películas de su extensa filmografía.

Allí obtuvo Ruvinskis la nacionalidad mexicana y también encontró el amor, pues rindió su corazón sucesivamente a tres damas de esa nacionalidad con quienes formó familia. Fueron ellas, Beatriz Pérez, la bailarina Armida Herrera y la actriz Lilia Michell. Así mismo, en el cine y la actuación descubrió su segunda vocación y desde ese momento se transformó en el luchador perverso e intrigante de las películas, donde tuvo que convertirse en aliado o enemigo de Cantinflas, Tin Tan y su carnal Marcelo, Pedro Infante, Jorge Negrete, Domingo Soler y Pedro Armendáriz, entre los más recordados.

Su primera película fue “No me defiendas compadre”, filmada en 1949,  seguida de algunas comedias de humor elemental y argumentos planos y bastante simples que se exhibieron en su momento en Colombia y que aún son ofrecidas por algunos canales de televisión especializados en la proyección de viejas películas del cine clásico mexicano, como  “Simbad el Mareado” (1952), “El Hombre sin Rostro” (1952), “Pepe el Toro” (1952), “Los Tres Alegres Compadres” (1952), “Caballero a la Medida” (1953), “La Bestia Magnífica” (1953), “El Gato sin Botas” (1956),  “Los Tres Mosqueteros y Medio” (1956), “A media Luz los Tres” (1957), La Vida no Vale Nada” (1965)  y por último, “La Mujer de los Dos” en 1996, su postrer aparición en la pantalla.

En total el profesor Ruvinskis participó en 72 películas, de las cuales filmó cinco entre 1960 a 1964 como “Neutrón”, el luchador enmascarado salvaje y mañoso, pero de corazón sensible. También apareció en alguno de los capítulos de la serie norteamericana de televisión “Yo, Espía”, estelarizada por el actor Robert Culp. Durante su carrera cinematográfica Wolf Ruvinskis recibió al menos dos premios de actuación, uno de ellos el Ariel de la Academia Mexicana de Cine, el “Oscar” mexicano y en 1966 le fue otorgado el premio como mejor actor de reparto en la película “Juego Limpio”.

Una vez retirado del cine, abrió dos restaurantes de comida argentina en Ciudad de México, llamados “El Rincón Gaucho”, en los que personalmente entretenía a su clientela aporreando un piano y cantando algún tango o haciendo malos chistes. Nunca, que se sepa, regresó a Colombia, ni de visita. Parece que fue un tanto ingrato, pues nuestro profesor Jorge Arévalo poco se refería a su antiguo compañero de labores, y si lo hacía, asomaba en su mirada un dejo de nostalgia que difícilmente disimulaba y que nunca accedió a explicarnos.

Wolf Ruvinskis murió en Ciudad de México el 8 de noviembre de 1999 a los 78 años.  Así transcurrió la breve aunque intensa saga de un lobo peregrino del Báltico que alguna vez encontró refugio temporal en nuestros lares policiales, donde dejó una leve huella que infortunadamente pocos recuerdan, luego de lo cual reanudó su camino hacia el estrellato cinematográfico y solamente regresó a nosotros como un fantasma, repartiendo patadas piadosas y falsos mojicones y haciendo toda suerte de trucos sucios y maldades en el encordado de utilería que aparece en muchas de sus numerosas películas, para solaz y entretenimiento de su numerosa claque de fieles fanáticos y admiradores. Te saludamos “Lobo Letonia”, hasta la vista  “Neutrón”.

Coletilla. Un Gran Campeón, con record nacional aún vigente, forjado en Manizales. En esta ocasión, es justo y conveniente recordar que en agosto de 1964 el Teniente de la Policía Nacional Carlos Ariel Ardila Dimaté, oficial de planta de la Escuela de Carabineros Alejandro Gutiérrez de Manizales, en representación del Club Hípico de ese centro de formación, montando el ejemplar “Fugitivo II” estableció el record nacional de salto largo a caballo, 7.10 metros, marca homologada oficialmente por las autoridades de deportes ecuestres, que continúa vigente hasta la fecha, pasados 53 años de la hazaña deportiva, por la cual, en su momento, le fue otorgada la “Medalla Deportiva Militar” en el grado de “Gran Campeón” y distinguido por el diario “El Tiempo” de Bogotá como el deportista del año 1964 en la especialidad de los deportes ecuestres.

No satisfecho con este logro, el Teniente Ardila, después de constantes e intensos entrenamientos en los campos hípicos de la Escuela de Carabineros de Manizales, hizo varios intentos de batir la marca mundial de 8.30 metros establecida desde 1951 por el jinete español López del Hierro en el caballo “Amado Mío”, record vigente en ese entonces. En dichos intentos Ardila Dimaté, en el mismo caballo “Fugitivo II”, alcanzó a saltar algo más de 9 metros superando con holgura la marca mundial.

Las pruebas oficiales para ese propósito fueron programadas por las autoridades ecuestres nacionales con la supervisión del General Eduardo Yañez del cuerpo de Carabineros de Chile, enviado especialmente por la Federación Ecuestre Internacional, como Juez internacional delegado. En el tercero de los tres intentos reglamentarios permitidos, Ardila y su caballo superaron ampliamente la marca mundial, pero el salto no fue homologado oficialmente por el Juez chileno, debido a la estricta aplicación de algunos tecnicismos del deporte ecuestre.

Al iniciar el salto, el caballo picó un metro atrás de la raya de demarcación, pero en el aterrizaje alcanzó a tocar con una pata los dos centímetros finales de la trampa de agua que señalaba la marca a batir, lo que significó que, aunque superó la distancia del record mundial vigente, el logro no pudo ser reconocido y homologado por el juez y los comisarios presentes en la prueba, por ese metro inicial desperdiciado y el par de centímetros faltantes al final. Qué mala pata, pero qué par de campeones le dió la Escuela de Carabineros Alejandro Gutiérrez de Manizales al pais.