18 de mayo de 2021
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Mi Buenos Aires, queridos (4)

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
23 de junio de 2017
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
23 de junio de 2017

Diario 

Por Óscar Domínguez Giraldo 

Lunes

Nos gozamos este anonimato tan exquisito. Nadie nos interrumpe, ni siquiera el Papa Benedicto XVI para pedirnos que le enviemos concentrado para sus dos gatos. Como decía mi padre, tanta gente conocida y nadie para saludar en estas callecitas de Buenos Aires “que tienen ese qué sé yo”. Es rico sentirse un NN más del directorio telefónico.

Azotamos calles que conocíamos por cuentos,  tangos,  milongas, películas. Por eso nos resistimos a sentirnos forasteros: Palermo, Corrientes, Arenales, Caseros, Paseo Colón, “te espero en Rodríguez Peña”, el Sur, “paredón y después….”. Buenos Aires nos hace sentir como si estuviéramos en la sala de nuestra casa. Nos permite el lujo adicional de disfrutar el encanto de lo “déjà vu”, en este caso de lo “déjà écouté”.  La vida también entra por los oídos.

Nos gustaría que los edificios fueran menos altos. Para nuestro gusto, la ciudad se merece edificios más pequeños, que “dejen ver el bosque”. Ya poco se puede hacer. Lo que más me llama la atención son las  puertas de casas y edificios. Denme las puertas y quédense con el resto.  Si el reglamento lo permite,  en una de mis reencarnaciones seré puerta de una calle de la Capital Federal, como le dicen prosopopéyicamente sus moradores. Se ha producido un amor a primera vista entre este “gil” y Buenos Aires. Le declaro mi  amor – y la guerra- al mismo  tiempo.

Dejemos quieta la ciudad con sus calles limpias y sus cebras para que los transeúntes (NO) atraviesen por ellas las avenidas. Como en Colombia.  El programado azar nos tiene reservado un recorrido por el delta del Río Paraná.  Bueno, no vamos a recorrer sus 20.000 kilómetros cuadrados. Solo una pruebita, la puntica, como en los ingenuos inicios del amor.

De la mano del dueto guía-conductor, otra pequeña ONU de turistas digitales, con el sueño todavía colgando de las pestañas, llega temprano al Tigre. De nuevo, encontramos mayoría de parejas de extranjeros a las que  no me atrevo a llamar de avanzada edad, porque les respiro en la nuca en años. Nos llevan una ventaja: ya no portan cámaras fotográficas. Renunciaron a la dictadura de la imagen y de la nostalgia. Algunos, con sede en Quebec,  nos contarán que siguen su periplo más hacia el sur en busca de otros ocasos para disfrutar, no para retratar.

En las tiendas del Tigre, antes de abordar,  nos coquetean alfajores, chocolates, medialunas, dulces, galletitas, postres, conitos  y otros tormentos para diabéticos.

A medida que nos vamos deslizando sobre las aguas, concluimos, como dicen por aquí, que Dios es argentino. (Lo mismo dice de los antioqueños el maestro Héctor Ochoa. Y Bush considera que tuvo el visto bueno de arriba para invadir Irak. Cada loco con su tema).

Lo cierto es que a Dios se le fue la mano en favoritismo con estos amigos: además de la mano de Maradona en un mundial, contra Inglaterra,  les tenía reservado en el mismo partido un segundo gol, el más hermoso, de Diego Armando, y este espléndido delta. Hasta geográfica y teológicamente las cargas están mal repartidas. Es el delta  más grande del mundo, enfatiza nuestra fuente de altísima fidelidad (el guía), mirando perversamente a la delegación brasileña.

Los fotógrafos de eterno primer semestre hacemos nuestro agosto disparándole a todo lo que se mueva. (Pobres parientes y amigos: la paliza en fotos que les vamos a dar cuando los invitemos a casa a chicaniarles con el paseo. Porque paseo sin chicaneada, no es paseo).

Si la cultura es aquello que recordamos después de haberlo olvidado todo, espero que no se nos olvide este detalle: un presidente argentino con nombre de jugador de la selección, Domingo Faustino Sarmiento, tenía su casa de campo en el delta. Allí se inspiró para pulir el modelo educativo de su nación.

Desfilan ante nuestras dioptrías la lancha-ambulancia, la lancha-basura, la lancha-supermercado, la lancha bebida. Recorremos una ciudad flotante que camina sobre el agua. Desde las orillas, nos miran con el rabillo del ojo los privilegiados propietarios de feudos miti-miti: mitad tierra, mitad río.

De regreso a la base fluvial, nos esperan 20 minutos en tren hasta San Isidro. Con envidia de la mala, recordamos que el servicio férreo colombiano se fue al carajo. De nuevo, la parada larga para esto, aquello, lo de más allá, y su majestad  el shopping.

La verdadera pequeña diferencia entre hombres y mujeres sale a flote en los centros comerciales: los hombres, todavía sin acabar de hacer, como los celulares, creemos que no se necesita nada, que todo lo tenemos, que nuestras mujeres compran cosas superfluas. Ellas siempre encontrarán argumentos iluminantes para conjugar el verbo comprar. La Vieja Europa está resolviendo felizmente este diferendo: en Alemania montaron sitios a las que van los hombres a emborracharse y a pellizcarle el trasero a damas desinhibidas, mientras sus mujeres compran. Salomón no lo habría hecho mejor.

Llegan a su fin los encantos del delta y de San Isidro. De regreso a la ciudad, nos dejan, nadie adivina dónde: en el shopping de la Galería Santa Fe. Pero primero hay que echarle algo al estómago. Rubias delgadas,  bellas e imposibles nos reciben el pedido. Los hombres se encargan de la carpintería de servir  las viandas. (Nuestra hija, quien nos antecedió por estos lares, sostiene que los hombres salieron mejor librados estéticamente que las mujeres: no hay uno feo, dice. Gloria no coincide con la Cotela. Encuentra muy normal al varón domado gaucho).  Mi costilla se decide por unos espaguetis que le sirven entrapados en aceite. Me va  mejor con mis raviolis. El restaurante de doña Francisca Bataglia se queda con 70 pesos nuestros, incluida la propina. Como en todo el mundo, la propina del 10% es voluntariamente obligatoria.

Y luego alcanzamos nuestro primer gran premio en Buenos Aires: llegamos a pie a la estación Retiro. Vamos “a”  por el tótem que Canadá le regaló a Argentina con ocasión del sesquicentenario de su independencia. Es una recomendación exquisita de un amigo y colega primermundista. Nadie da razón del tal tótem. En su lugar, nos encontramos con la ex torre inglesa, regalo de Gran Bretaña a Argentina en otra efeméride. (Mejor regalo sería la devolución de las Malvinas). Sigue siendo torre, pero para quedarse con toda ella, los gauchos le dicen ex.

Le preguntamos a un policía por el tótem que no figura en las guías turísticas. Nos sugiere dirigirnos “hacia eso que se ve ayyyyá”. Y ahí está el tótem, una jaculatoria de madera que protege a la ciudad contra  todo mal y peligro. La placa recordatoria ya no está. En sus predios, un vagabundo pone a secar su ropa. En el sector huele “y no a ámbar”. Este amigo no ha tenido problemas para aflojar la tripa. Lo envidiamos.

El turno es para el cementerio de La Chacarita. Un fatigado tren nos lleva por 180 centavos a nuestro fúnebre destino. En la taquilla de la estación Retiro un aviso invita a ahorrar tiempo. Eso quiere decir que hay que dar exacta la plata del pasaje. El viejo armatoste nos deja en un sitio despoblado. Al lado de la carrilera vemos a un grupo que porque sí, nos pareció sospechoso. Nos sentimos cuasiatracados. Pues no: los habitantes de esos cambuches se dedican a matear. Es más, nos ignoran olímpicamente.

Carlitos Gardel nos espera, sonriente, desde su eternidad de bronce.  “¡Qué solos se quedan los muertos!”. Sobre todo los lunes. En su mausoleo esquinero, el Morocho del Abasto está íngrimo-solo. Mejor, así lo tendremos para nosotros no más. Nos graduamos de acaparadores. Lamentamos que la tumba de Evita Perón sea más taquillera que la de Carlitos. “Debe ser por el día”, comentamos en voz alta, para “información”  y desagravio del cantor cuya nacencia reclama tímidamente Uruguay. Francia no entra en la pelea. Tienen su propio Gardel: Edith Piaf.

No le falta a Carlitos su cigarrillo sin prender entre los dedos.  Tiene otro, fumado ya por el viento. Placas de admiradores suyos, muchos de Medellín, le dan gracias por su arte. A estos agradecimientos, sumamos los nuestros. Somos de la tierra donde tuvo la coquetería de morir. Es una lícita forma de hermanarnos. “Igualado HP”, me dirá el Zorzal desde su sitio más allá del sol.

Para un devoto del tango como el suscrito, visitar el mausoleo de Gardel es como un duchazo en el Gangs para los hindúes, el viaje a La Meca de los musulmanes o al Muro de las Lamentaciones para los de la tribu de Abraham.. Los malevos del viejo Guayaquil o de Manrique deben estar celosos, envidiosos. Donde me vean, me sacan puñaleta. Como no hay música, intento tararear alguno de sus tangos. Arranco con “El día que me quieras”. (En el Mausoleo, deberían programar conciertos grabados en la voz del Zorzal. De nada por la idea).

El parsimonioso reloj se aproxima a las cinco en punto de la tarde, hora en que los muertos de La Chacarita se van a dormir dentro de su sueño eterno. Muchos colegas de Beppo, el gato de Borges, “blanco y célibe”, ronronean por la fúnebre pasarela.

Como en Manrique, el barrio gardeliano de Medellín, en el cementerio de La Chacarita todos los días es 24 de junio y 11 de diciembre, días de la muerte y nacimiento de Gardel, a quien le damos la despedida.

Definitivamente, hoy estamos para grandes retos. Llegó la hora de conocer el famoso subte. Con estos pies que se ha de banquetear el horno crematorio, no los gusanos, llegamos a la estación respectiva. Como el de Medellín, el metro de Buenos Aires, es un ascensor acostado, como lo definió un montañero. Y pensar que la burocracia bogotana le sigue negando el metro a una ciudad de siete millones de habitantes.  En asuntos  de transporte público la dirigencia gaucha derrota 5-0 a la colombiana. A los consumidores de transporte público bogotano nos embolataron con el Transmilenio. Nos quedaron faltando 95 centavos para el peso.

Llegamos al hotel sin cirineos de ninguna clase. ¡Quién sabe de qué clase magistral de taxista nos perdimos! La fatiga nos mete pronto en la cama. Quién sabe quién ha ocupado nuestra cama antes: ¿un corrupto afortunado, una actriz del cine porno, una pareja de magos, siquiatras, saltimbanquis de circo, un futuro golpista? Lo cierto es que 20 años atrás  estaríamos buscando “el tibio refugio del alcohol”, no  de las cobijas. Habríamos rematado la faena en alguna pecaminosa discoteca. Son cosas de la proustática condición humana. Envejecer es cambiar de pecados y de parrandas. La menopausia y su carnal masculina, la andropausia, nos van poniendo en nuestro sitio.

Despachamos frutas compradas en un minimercado. Nada del otro mundo las frutas. Comemos avena traída en nuestra maleta a ver si aflojamos más. (Durante el día hicimos la primera gloriosa evacuación. ¡Aleluya! “Estoy en la gloria se fue mi mujer”).  Las noticias de la televisión son las mismas pero distintas. Nos dormimos viendo una somnolienta película con Gerard Dapardieu, con 20 años menos. “Que veinte años no es nada, que febril la mirada….”. Zzzzzzzz.