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  ¡Junio mes del campesino!

Abogado, analista y columnista de opinión en El Espectador, Revista Semana y Eje 21.
8 de junio de 2017
Por Uriel Ortíz Soto
Por Uriel Ortíz Soto
Abogado, analista y columnista de opinión en El Espectador, Revista Semana y Eje 21.
8 de junio de 2017

Comunidad y Desarrollo

uriel ortiz

Con el debido respeto, quiero pedir al gobierno, que en este mes de junio,- dedicado al campesino, se ocupe del campesino paupérrimo, el   que toda su vida desde que nace hasta que muere trabaja la tierra con fe y sumisión, finalmente muere en la más absoluta miseria.

Lamentablemente dentro de la Colombia rural, también existen las desigualdades sociales: el campesino paupérrimo; pequeño y mediano productor; y finalmente los potentados que todo lo tienen y lo  acaparan.

El campesino paupérrimo es el mismo trashumante, que desde que nace hasta que muere, va de finca en finca, prestando los servicios de: jornalero, recolector o cosechero,- como quiera llamársele-,  sin percibir lo más mínimo de prestaciones sociales, vivienda, educación o salud, lo más grave, es que no tienen edad límite para pensionarse, puesto que no están afiliados a ninguna entidad prestadora de salud y de seguridad social.

Cuando mueren ya en avanzada edad, el espectáculo es más que desolador: su viuda e hijos lloran incansablemente, puesto que no disponen de los más mínimos y elementales recursos económicos para amortajarlo y darle cristiana sepultura, tocándoles acudir a la caridad pública para medio lograrlo.

Por lo regular, llegan a viejos bajo el yugo de un capataz que no les tiene compasión; hemos visto ancianos de más de ochenta años trabajando la tierra contra su voluntad, desafiando las últimas energías que les quedan, lo tienen que hacer, para poder medio vivir y subsistir; sus modestas viviendas carecen de los más elementales servicios públicos, como energía, acueducto y servicios sanitarios.

Su vivienda es un humilde cuchitril, construida con rezagos de materiales en desechos, sin las más mínimas condiciones de habitabilidad,  carente de las, más elementales comodidades; cuando enferman, tienen que acudir también a la caridad pública, para poder medio cubrir las citas médicas y las drogas, puesto, que no están afiliados a ninguna entidad prestadora de salud.

Es hora que nos sinceremos con nuestros campesinos especialmente con los que no obstante serlo, no poseen el más mínimo terruño para labrar su propia sepultura, por eso, insisto en que hay que censarlos y expedirles su carnet de campesino, para que puedan reclamar y hacer valer sus derechos.

Millones de ellos, desde que nacen hasta que mueren, son esclavos de la servidumbre de las fincas como jornaleros, cosecheros o recolectores, siempre esclavos del mismo yugo, para satisfacer a medias las más urgentes necesidades con sus familias.

Qué importante fuera si el gobierno, en el mes de junio, dedicado por Ley de la República a honrar a nuestros campesinos, mirará con un poco de más compasión a la Colombia Rural, que desde siempre ha estado abandonada y en gran parte en poder de los grupos que operan al margen de la ley.

Como en la obra: Siervo sin tierra, escrita por Eduardo Caballero Calderón, son millones los campesinos especialmente: los paupérrimos; pequeños y medianos productores, que primero fueron víctimas de la violencia partidista y últimamente de la guerrillera, paramilitar y del narcotráfico.

Dentro de las comunidades campesinas, hay historias tristes que contar, la mayoría de ellas han sido víctimas de la violencia guerrillera o paramilitar, pero, también existen miles de historias de mujeres campesinas que han sido violadas por los grupos que operan al margen de la ley, muchas veces en presencia de sus esposos e hijos, lamentablemente, estos hechos han fortalecido los cinturones de miseria en las áreas urbanas, puesto que ingresan a lo que son  las legiones de población desplazada.

Nuestros niños campesinos nacen y crecen en presencia de la explotación en que viven sus padres, no tienen la oportunidad de ingresar a una escuela, ni mucho menos disfrutar de la alegría de ser niños, puesto que, el hambre y la miseria de sus progenitores, los obligó desde temprana edad a iniciar las arduas tareas agrícolas.

 

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