19 de mayo de 2022
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Gracias, Hércules

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
15 de junio de 2017
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
15 de junio de 2017

Óscar Domínguez Giraldo

(Las fotos son de Miguel Díaz, de El Tiempo)

Lo conocí hoy hace 38 años, el 15 de junio de 1979.  No le paré bolas.  El Hércules 1001 de la FAC me parecía un pájaro bobo, sin ángel. Al principio lo miré de arriba abajo, como miramos al vecino del ascensor o del edificio  al que le negamos una desteñida sonrisa.

Pero desde junio del 79 miro los aviones Hércules con una mezcla de agradecimiento, respeto y cariño. Si me encuentro aquel 1001 en algún hangar peinando canas, ennieteciendo, tal vez gotoso o con la próstata averiada, lo invito a tinto.  Gracias a uno de estos cachivaches salgo para el siguiente párrafo de esta nota.

En plena guerra de los sandinistas contra el dictador Somoza, nuestro FAC C 130 fue ametrallado tres minutos antes de aterrizar en el aeropuerto Las Mercedes, de Managua.

La nave iba a evacuar a un grupo de colombianos asilados en la embajada. La idea era regresar el mismo día a casita.

Si las balas de ametralladora calibre 30 y 50 disparadas por somocistas no tumbaron  el aparato es porque Dios es muy grande, como dicen los ateos pacíficos. Y porque el Hércules es una maravilla de máquina.

La guardia de Somoza le adjudicó el atentado a los rebeldes. Estos se “ponciopilatiaron” las manos y responsabilizaron a sus enemigos. Lo cierto es que seguimos disfrutando de una segunda oportunidad. El oficio de sobreviviente da cierto hálito de fugaz y feliz inmortalidad.

Al principio del ametrallamiento sentí como si estuviera cayendo granizo por “debajo” del avión. Ningún granizo: eran balas de carne y hueso que “llovían” desde los barrios Bello Horizonte, Guaspán y las instalaciones de cervecería Águila, según supimos luego.

Entre los periodistas que ese día nos graduamos de reporteros sobre el cielo de Managua estaban dos damas de armas tomar, Mónica Rodríguez y la “Pecosa” Amparo Peláez, con sus camarógrafos, el viejito Hernando Martínez, el loco Gonzalo Castellanos, quien “transmitía  en directo” para nosotros mismos (los de abordo) y luego para sus televidentes,  Gonzalo Guillén, Germán Santamaría y el fotógrafo Miguel Díaz, los tres enviados de El Tiempo, Ariel Cabrera y este cronista, enviado de Todelar y del CIEP agencia de noticias de El País, de Cali. (Por cierto, el despacho que envié a través del único télex del hotel Camino Real nunca llegó a su destino. Lo conservo como una condecoradión ganada en «combate»).

“Avión FAC 1001 ametrallado desde tierra entrando aeropuerto Las Mercedes…”. Así empezaba el certero fax, escrito a mano por Santiago Reyes Borda a sus superiores en la cancillería en Bogotá, en el que pedía instrucciones. Más diplomáticamente, en carta dirigida a las autoridades de migración locales, el mismo Reyes Borda, con pasaporte diplomático D 13810,  pedía autorización para pernoctar esa noche “debido a las fallas ocurridas en el avión Fac 1001”. Gracias a ese eufemismo pasamos una regular noche.

Como dicen los vallenatos y los ciclistas, un saludo para el operador del télex del Hotel Camino Real que  nos permitió la única comunicación posible con Colombia el día de nuestra llegada. “Yo soy el operador del télex del Camino Real, Managua. Cualquier información pueden transmitirla. Yo estoy todo el tiempo”, fue lo último que les escribió el anónimo operador a los jefes de Reyes Borda cuando llamaron desde Bogotá a preguntar si el Hércules había despegado.

En el aeropuerto, el cónsul Fabio Avella – en la actualidad reside en Canadá y se dedica a la pintura y a acariciar el gato y a triturar nostalgias- esperaba al contingente de colombianos ametrallados, en compañía de los que abandonaban Managua. Avella clasifica para personaje inolvidable por la gestión humanitaria que desplegó ese y los demás días en plena confrontación. El valor es de apellido Avella, con v chiquita.

El coronel Beltrán y sus muchachos tuvieron que hacer un vertiginoso cursillo de cirujanos plásticos del avión ametrallados al que lograron reconstruir con la nula ayuda de los funcionarios nicas. Remendaron el Hércules con esparadrapos y yerbas afines, y al día siguiente, temprano, estábamos listos para regresar a casa donde nuestros angustiados parientes  nos querían vivos, no héroes. Las autoridades nicas demoraron la partida del avión varias horas.

Finalmente, pudimos abordar los 83 colombianos, un miembro de la Guardia que desertó aprovechando el despelote, y los viajeros originales, incluidos cuatro duros de la Defensa Civil Colombiana. Por supuesto, al momento del despegue no había la algarabía de la víspera antes del ataque. Temíamos otra salva de calibres 30 y 50 para despedirnos.

A los profanos en navegación aérea nos pareció advertir que el coronel Beltrán hizo una rápida pirueta en el aire para quedar lejos del alcance de las balas de incierto sexo político que nos coqueteaban desde abajo.

Ya arriba, entre las estrellas, recuperamos el habla y cuando el aparato “pisó” cielo colombiano, estallamos en vivas y aplausos en honor de la tripulación que había cumplido su cometido de repatriar compatriotas.

“Si la bala que perforó el tanque de gasolina hubiera pegado 50 centímetros a la izquierda, se habría incrustado en la turbina, la cual hubiera estallado automáticamente”, nos dijo ese día el coronel Hugo Beltrán, piloto del avión, mientras veíamos gotear gasolina.

De haber ocurrido lo narrado por mi  coronel Beltrán, los 23 pasajeros entre tripulantes y periodistas que íbamos a bordo, seríamos puré de eternidad. De pronto algún despistado burócrata nos habría declarado héroes. Nos sucedió algo mejor: Seguimos amancebados con la vida. En casa, reitero, nos querían vivos, no inmortales …  en el cementerio.

Estoy esperando que de la revista Selecciones me pregunten por mi personaje inolvidable para darles también el nombre del coronel  Beltrán. Cuando me lo encontré en un restaurante le di estrepitosas gracias. Del abrazo que le afrijolé casi le corro la silla turca. Me dijo: “Lo que hice yo, lo habría hecho cualquiera en mi lugar. Dele gracias al avión Hércules y que ojalá compren más”. He debido invitarlo a almorzar, pero resulté tímido para el gasto.

Hace unos meses, a bordo del Hércules 1040, estalló una granada, con saldo de un soldado muerto y numerosos heridos. El mayor Wilbert Agudelo, comandante del avión, logró llevarlo a buen puerto, la base aérea de Apiay, en Villavicencio, después de una travesía- pesadilla de 20 minutos. 60 personas se salvaron gracias al feo armatoste.

Los aviones Hércules casi piden perdón por su dudosa estética.  Duran más que el olvido. Aguantan el uso y el abuso. Como las escaleras de pueblo, están hechos para la fatiga. Nunca sacan vacaciones. Los amo.

Gracias, Herculito.