23 de mayo de 2022
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Evelio Giraldo Ospina

El ajedrez, religión del silencio

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
9 de junio de 2017
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
9 de junio de 2017

Óscar Domínguez Giraldo

Se inicia hoy en Medellín el Campeonato continental de las Américas de ajedrez que otorga seis cupos al mundial de Batumi, Georgia, que se jugará en  septiembre. Hora de hablar bien del juego.

El ajedrez, como el mar, solo nos muestra el agua de encima. En el juego de los trebejos, la procesión de belleza y controversia va por dentro.

Para muchos, el ajedrez se convierte en esa mujer fatal que nos acompaña en los sueños y en los insomnios. Durmiendo soñamos con la jugada que pudo haber sido y no fue. Sí, ganamos muchas partidas durmiendo. Con Morfeo adentro, perdemos otras.

El ajedrez es el indiscutido esperanto de la imaginación. Sirve para demostrar la existencia de Dios. Y de la belleza.

“¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías?”, se pregunta el escéptico Borges en uno de sus sonetos sobre el juego que nos iguala por lo alto a miles en este tablero llamado mundo.

La vida, el ajedrez y la música son “siameses”. Ambos tienen entrada, medio juego y final. Lo mismo ocurre con las noticias, en la vieja estructura de la pirámide.

Una partida es una exigente prueba en la que los músculos apenas se mueven dentro del tablero, esa pasarela donde 32 piezas imploran que las movamos con cierta poesía.

Se equivocan quienes sospechan que es un juego monótono, aburrido, lento, simple como beso de boba.

¡Trebejistas! es uno de los alias que nos damos quienes practicamos esta religión del silencio.

Solo en el ajedrez se dan actos de magia como estos: Proletarios peones podrán comer reina en algún momento de la confrontación. Plebeyos peones reencarnarán en encopetadas damas si logran coronar la tierra prometida del antagonista. Puro travestismo deportivo.

“Me dan lástima quienes no ven belleza en el ajedrez”, tronó el fallecido Bobby Fischer, el excéntrico campeón nacido en Brooklin para darle estatus al juego-deporte-ciencia-tic-pasión-pasatiempo-enfermedad. Todo eso se da en la escueta geografía del tablero.

Hasta Fischer los jugadores eran bohemios, mal vestiditos, generalmente andaban con el almuerzo embolatado. Como sus colegas, los poetas y literatos de antes.

Ahora los grandes campeones ponen sus condiciones antes de sentarse al tablero. Cobran sumas astronómicas. Son tan importantes como Messi, Ronaldo, Madonna, Nadal, Federer, Tiger Woods, Rolling Stones.

O conspiran contra los gobiernos, como en el caso del excampeón Kasparov, empeñado en cambios en el ajedrez político ruso. (En la única visita que hizo al país, Kasparov agradeció a la vida haber tenido un rival tan arisco como Karpov: sin una contradictor tan exigente, dijo, no habría llegado tan lejos).

(A llenar un registro de hotel podría consignar que perdí contra un excampeón mundial, el ruso Boris Spassky. Necesitó 28 jugadas para mandarme a las duchas.  Suelo aclarar en letra pequeña, de edicto, que me derrotó en unas simultáneas).

“Cometo errores, luego existo”, comentaba filosóficamente Tartakower.

Y el excéntrico hombre de teatro español, Fernando Arrabal: “El ajedrez no es como la vida. Es la vida. Justo como en el teatro”.

En sus conversaciones con Marcel Duchamp, Pierre Cabanne le preguntó: “¿Es el ajedrez la obra de arte ideal?”.

Duchamp responde: “Podría ser. Sume a eso que el mundo de los jugadores de ajedrez es mucho más simpático que el de los artistas. Son personas totalmente obnubiladas, completamente cegadas, que llevan anteojeras. Son locos de cierta categoría, como se supone que lo son los artistas, que no suelen serlo. Probablemente eso fue lo que me resultó más interesante. El ajedrez me atrajo mucho hasta los 40 o los 45 años, luego, poco a poco, el entusiasmo me fue mermando”.

Dime cómo juegas y te diré cómo sientes y de qué te vas a morir. En la forma de interpretar las piezas, se te sale el católico, el ateo o el testigo de Jehová que te habita.

Más que una charla con el siquiatra en la comodidad horizontal del sofá, o con el confesor en la intimidad vertical del confesionario, es en una partida de ajedrez donde el cliente queda retratado de cuerpo entero. Cada partida es como una autobiografía en borrador.

Terminada la partida, las piezas que se han agredido, van a dormir juntas en la misma bolsa donde convivirán hasta el próximo entrevero. Pura socialbacanería: los de arriba juntos pero sí revueltos con los de abajo.

Alguien dijo que si no hubiera perros, no valdría a pena vivir. Diría lo mismo del ajedrez. Acepto la reencarnacion solo si incluye el ajedrez.

Enroco sobre mí, apago la luz y me vuelvo noche.  (La caricatura que acompaña estas retocadas líneas es de Álvaro Montoya, Alfin).