16 de mayo de 2022
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“Verde que te quiero…”

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
16 de mayo de 2017
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
16 de mayo de 2017
En los setenta años del Nacional

Óscar Domínguez Giraldo

Atlético Nacional tuvo una bella coquetería conmigo: Nació como club casi dos años después de que la cigüeña se desencartara de mi. Así que, por edad, me debe cierto respetico. O digamos que estamos en paz por los momentos gratos que me ha deparado desde mi piernipeludez.

De los cincuenta años decía Víctor Hugo que son la vejez de la juventud y la juventud de la vejez. A los setenta, el equipo verde y yo estamos cómodamente instalados en la “extraedad”, otro eufemismo inventando para dorarnos la píldora a quienes mimamos canas. Aunque los bípedos implumes tenemos fecha de vencimiento como ciertos remedios.  Los equipos no. Renacen con el último gol que hacen. O les hacen.

Espero no perder puntos ante la cofradía si confieso que soy nacionalista por llevarle la contraria al tío que me regaló el fútbol. Aníbal Giraldo, que así se intitulaba, era hincha del poderoso DIM. Empezó a invitarme a los clásicos en el Atanasio Girardot con la perversa intención de reclutarme para su secta.

El tiro le salió por la culata. Casi podría decir en ritmo de bolero, pensando en Nacional como si fuera la primera novia: “Antes de conocerte te adiviné”. Desde mis primeros teterados balompédicos me alineé con el verde esperanza. (O a lo mejor mi afición por ese color va por cuenta de poema de Aurelio Arturo que dice por ahí que en Colombia el verde es de todos los colores).

En defensa de mi tío debo decir que se portó a la altura y que nunca por mi condición de verdolaga contestatario me suspendió la liga semanal para ir a cine, ni las invitaciones al Atanasio que incluían exquisito esquimal de La Fuente en el recreo del primer tiempo. Desde entonces supe que la nostalgia entra por el buche.

Cuando no había invitación de por medio quedaba la opción de entrar a la tribuna de gorriones donde se pagaba con la ilusión de jugar en las grandes ligas algún día. Si “la bolsa de irónica aritmética” tampoco alcanzaba para el bus ni el mecato, desde Aranjuez arrancábamos a pie con un pedazo de dulce macho (panela) en algún deshabitado bolsillo. Los chinches, chingas o masas, como nos decían, lo resistíamos todo.

La fatiga no se hizo para “los anticristos de la calle” como en Brasil le dicen a la muchachada. También éramos inmortales en la medida en que nadie pensaba en la muerte. Sólo estábamos hechos para la vida.

En tardes deportivas hacíamos escala técnica en las canchas llamadas Marte 1 y Marte 2,  aledañas a templo mayor del Atanasio, para ver fútbol jugado con las ganas.

Esos primeros trotes como devoto del Nacional  estaban acompañados por la práctica intensa de este deporte en mi cuadra de la 50ª  con calle 92, de Medellín, cerca de la inspección de policía. Allí fui a dar una vez por el delito de jugar en la vía pública. Como no me gustó perder unos minutos de libertad en una cárcel, “tocó”  respetar los códigos de por vida.

Por supuesto, in illo témpore, éramos millonarios… en vida. Con el “útil” como le dicen bellamente ahora a la redonda, y con el septuagenario equipo, no nos dolían las muelas que empezaban a salir.

La televisión no había llegado. O llegó en blanco y negro. Por la ventana, trepados en un ladrillo, veíamos algunos programas en casa del potentado de la cuadra.

Nos conocíamos todos los vecinos. Cuando llegaba una familia nueva, las mamás visitaban a los forasteros para asistirlos. Las amas de casa se prestaban pastillas de chocolate o algún terrón de azúcar.

Cuando arrancó Nacional, nacíamos liberales o conservadores. Católicos o católicos. Solo teníamos autonomía de vuelo para escoger el equipo.

En la escuela aprendíamos vocales y consonantes. Mandaban el catecismo del padre Astete y la Alegría de Leer de Evangelista Quintana. La gente moría de pulmonía, no de plomonía. Las parejas no se daban besos ni se agarraban de la mano por temor a un embarazo.

A las seis o siete de la noche, los polluelos tenían que estar recogidos en casa para los frisoles de todos los días, el kilométrico rosario y alguna lectura en familia. Escuchábamos radionovelas.

Y como el fútbol es “la recuperación semanal de la infancia” los domingos eran el mejor sinónimo de este deporte que vino de Inglaterra a lomo de buque. A los jugadores no los exprimían como ahora que los ponen a jugar en sueños. “Poderoso señor es don Dinero”.

En los partidos entre barras, jugábamos para la tribuna vacía, para nadie, o sea para nosotros mismos. Lo hacíamos por amor al arte. Ahora al arte le meten dinero. Pragmatismo ante todo. Y eso está bien, qué carajos. Con el romanticismo no se paga arriendo.

La semana, la vida, valían la pena por la llegada del domingo. Saber que  jugaría Humberto “Turrón” Álvarez provocaba creer en Dios. Para los jurásicos de hoy, Turrón fue la cuota inicial de Pelé, Maradona, Messi. Nos puso el corazón a mil ver al viejo por la televisora (Wins) en el programa para perpetuar la efemérides.

En “Turrón”, como le decíamos confianzudamenhte como si fuera uno más de la tribu, el compañero de pupitre en la escuela, les damos las gracias a todos los que han hecho grande al equipo desde la gramilla o el escritorio.

Todos los cacaos que han escrito con los pies la historia del Nacional marcaron tarjeta la noche verdolaga del viernes 28 de abril. Para mi gusto, hubo excesivo el protagonismo de René Huguita, el Loco, quien se dejó venir con una pieza leída en su tableta que nos hizo olvidar de la prosa del profesor Maturana o de Alexis García, para no alargar el chico. (En la foto, el autor de estas líneas en compañía del maestro Alexis, uno de los amigos que me ha deparado el Nacional, y de sus dos hijos Julián Andrés y Álvaro Felipe).

Cuando arrancó la parábola del Nacional, íbamos a matinal doble en el cinema paradiso del barrio. Todos los ocios eran para estar en amores con el cuero que tenía cirujano plástico propio: el zapatero remendón.

No era necesario ir al estadio para disfrutar del juego. La  radio que hacía las veces de televisión e internet nos mantenía informados. De eso se encargaban locutores como Gabriel Muñoz López, Jaimd Tobón de la Roche o Fernando Hinestroza.

Nadie nos cogía fuera de base con las alineaciones de los equipos. Al wasap y a la Wikipedia los remplazábamos con nuestra memoria privilegiada. Allí quedaban los nombres de todos los jugadores hasta con su grupo sanguíneo.

Manteníamos actualizada la estadística necesaria para la diaria tertulia alrededor de ese otro delicioso opio del pueblo que es el fútbol. Y que tiene en el Nacional a su máxima expresión. Larga vida para el verde. (Publicado, reducido, en El Colombiano, de Medellín).