16 de mayo de 2022
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Palabras para despedir a mi madre

10 de mayo de 2017
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
10 de mayo de 2017
Doña Margarita Alzate de Alzate

Por JOSE MIGUEL ALZATE

No alcanzan las palabras para exteriorizar ese dolor que produce en el alma la muerte de una madre. Uno quisiera arrancarle al corazón frases que expresen ese sentimiento que se anida en el alma cuando se produce su desaparición física. Uno quisiera agotar las palabras para decir qué se siente cuando la persona que nos dio la vida es arrastrada por el viento de la muerte. Uno busca en lo más recóndito del corazón el lenguaje que le permita cantar las excelencias de ese ser humano, las palabras que expresen la nobleza de su corazón, las frases que elogien las virtudes de su alma. Y las encuentra en lo profundo del sentimiento, como palomas que quieren volar. Entonces uno las saca de adentro para hacer de ellas una expresión sentida de duelo interior.

Monseñor Ramón Jara, un obispo peruano, escribió: “Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados. Una mujer que siendo vigorosa se estremece con el gemido de un niño, y siendo débil se resiste a veces con la bravura del león”. Esa mujer es la madre. Cito estas palabras para decirles que la muerte me arrancó al ser más importante de mi vida. Pero no se me llevó su recuerdo. Este permanecerá indeleble, creciendo con el tiempo, siempre fijo en mi mente. Porque ella sembró en sus hijos valores, cultivó con entrega nuestras almas,  nos entregó su amor sin condiciones, forjó con alegría nuestro futuro, llenó de ternura nuestras mañanas, nos dio el equipaje para andar por la vida haciendo el bien.

En mi libro El sabor de la nostalgia consigné estas palabras que ahora repito con el corazón adolorido: Madrecita: hoy te convierto en tema de esta columna. Tu nombre pocas veces ha pasado por mi prosa. Nunca he creído necesario decirte públicamente que tu imagen está conmigo las veinticuatro horas del día, ni que tus alegrías son las mías, ni que comparto tus tristezas, ni que sufro con tus dolores. Hoy quiero decirle, con estas palabras, cuánto te adoro. Y recordarte que mi amor se expresa en ese cariño inmenso que le entrego con una mirada que se diluye en tu piel ajada por los años, con una palabra tierna que llega a tus oídos débiles cada mañana, con una sonrisa que expresa la alegría de saber que todavía vives para darnos ese amor que llevas cosido al alma.

Ahora que partes hacia la eternidad quiero recordar los tiempos de la infancia. Recuerdo aquellos días de lluvia en que, cubriéndote con un paraguas, me llevabas de la mano hasta la iglesia para escuchar la Santa Misa. Las tardes en que, bajo un sol reverberante, me mirabas con ojos alegres mientras en el zaguán de la casa yo hacía cometas para elevar, aprovechando los vientos que soplaban en las tardes de agosto. Las noches en que,  casi dormido, me obligabas a rezar el rosario arrodillado al borde de la cama. Las mañanas cuando, sin que te dieras cuenta, entraba a la cocina para robar arepas que les regalaba a los amigos de la cuadra. Las horas que pasabas frente a una máquina de coser arreglando ropas ajenas, sólo para tener con qué comprarme la cartilla “Alegría de leer”.

Con nostalgia evoco, madre mía, el solar casero donde levantabas gallinas para, vendiendo los huevos, mejorar un poco los ingresos familiares.  El cultivo de coles que, muchas veces, ofreciéndolas de casa en casa, sirvieron para conseguir con qué comprar panela para preparar el desayuno de la mañana siguiente. La rústica mesa que en la casa hacía las veces de comedor, donde usted nos enseñaba oraciones para agradecer a Dios el pan recibido. Yo no olvido la bata de popelina floreada que siempre te colocabas para hacer los oficios de la cocina. Ni esas canciones que entonabas cuando lavabas nuestra ropa. Reuniste todas las virtudes de una madre: el amor verdadero, la entrega sin horarios, la preocupación constante, la generosidad sin límites, la bondad del alma, la nobleza del corazón.

Dios nos las dio, Dios nos las quitó. Pero nos queda la satisfacción de saber que nos permitió disfrutarla con alegría hasta sus casi 98 años, plena de salud, lúcida, con todas sus facultades mentales. Nunca su corazón alimentó odios. Quiso a la gente, y brindó mucho amor.  Siendo niño, en las noches ateridas sentí su mano dándome calor. En la juventud su palabra fue una lámpara que iluminó mis caminos, en la madurez su consejo fue un faro para guiarme por la vida. Señor, recibe en tu seno, con amor, el alma  de mi madre. Y dadnos fortaleza para resistir este duro golpe. Te despido con el corazón compungido, interpretando el sentimiento de unos nietos que disfrutaron tu existencia y unos sobrinos que te quisieron como a otra madre.