22 de mayo de 2022
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A los cien años de la muerte de Rodó

28 de mayo de 2017
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
28 de mayo de 2017

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

En días pasados, la Academia Colombiana de la Lengua celebró un nuevo aniversario de su fundación, la cual tuvo lugar hace 146 años, en 1871, cuando se constituyó en la primera de su género en América, sólo precedida por su original de España, la muy respetable Real Academia Española -RAE-.

La ocasión era propicia, además, para conmemorar otro hecho histórico de las letras hispanoamericanas: el centenario de la muerte del escritor uruguayo José Enrique Rodó, el célebre autor de Ariel, libro que desde su época ha tenido enorme impacto a lo largo y ancho de Hispanoamérica.

Pero, ¿cómo fue -se preguntará- dicha celebración? Según es habitual en la Academia, a través de una disertación en torno a la vida y obra del homenajeado, que en esta ocasión estuvo a cargo del secretario ejecutivo de la institución, Edilberto Cruz Espejo.

En sus palabras introductorias, el conferencista registró varios hechos significativos, como la inclusión de Rodó entre los autores latinoamericanos destacados por Rufino José Cuervo (uno de los fundadores de nuestra Academia) en su monumental Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana.

O los dos ensayos que sobre él escribiera Leopoldo Alas –Clarín– y la correspondencia entre éste y el colombiano Carlos Arturo Torres, quienes coincidían -precisó- en su culto a los valores de la libertad y la tolerancia.

O el estudio del propio Rodó sobre el poeta Rubén Darío, de quien prologó la segunda edición de Prosas profanas. “Darío -anotó en tácito respaldo a lo sucedido- escribió un poema contra el presidente norteamericano Theodore Roosevelt y, por ende, contra el imperialismo de Estados Unidos, “muy acorde con el pensamiento de Rodó”.

Datos biográficos

José Enrique Rodó

José Enrique Rodó nació en una familia de la alta burguesía. Su padre era un próspero comerciante, mientras su madre era, como él, de origen uruguayo.

Su afición por las letras le surgió, sobre todo, por la influencia paterna, pues el padre -recordó Cruz Espejo- poseía una enorme biblioteca de autores clásicos que el niño empezó a consultar desde pequeño, hacia los cuatro años de edad, cuando aprendió a leer.

Como si fuera poco, en su casa paterna presenciaba a diario agitadas tertulias literarias, a las que asistían prestigiosos intelectuales y periodistas, cuyas críticas reflexiones, enunciadas con tono oratorio, harían luego sentir su eco en Ariel, ensayo profundamente latinoamericanista, como el que más.

“Ese ambiente lo marcó en forma definitiva”, recalcó el expositor, quien se refirió también a varios episodios determinantes en la vida de su personaje: sus modestos trabajos iniciales y su vasta cultura autodidacta -“En lo que se parecía bastante a Cuervo”, subrayó-, así como su intensa actividad periodística, su lucha en defensa del modernismo que representaba en grado sumo, sus numerosos ensayos, su participación en la política (incluso como congresista del Partido Colorado) y su reconocida condición docente, como profesor de literatura en la Universidad de Montevideo.

Claro, allí no podían faltar las elogiosas alusiones a sus libros y, en especial, a Ariel y Motivos de Proteo, tanto como a su presencia en la Academia de la Lengua de su país, su toma de posesión a favor de los aliados en la Primera Guerra Mundial, su honrosa distinción entre las personalidades más sobresalientes del continente americano y, por último, su muerte en el olvido, en Palermo (Italia), de donde después fueron trasladados los restos mortales a su amada patria.

Un final, sin duda, doloroso y lamentable, nunca merecido, muy distinto y distante del que soñara, con pasión juvenil, en las páginas estremecedoras de Ariel.

Los temas centrales

En un breve repaso por la producción literaria de Rodó, Cruz Espejo identificó sus temas fundamentales, neurálgicos, que se manifestaron desde su adolescencia con ensayos que predicaban la tolerancia -“su centro de reflexión”-, las novedosas tendencias literarias encabezadas por el modernismo (ya mencionamos su admiración por Rubén Darío, a pesar de sus diferencias) y un americanismo radical, sintetizada en su famosa sentencia: “América no puede huir de sus raíces”.

En Ariel, a su vez, aparecen sus propuestas morales a la juventud, encarnadas por el maestro Próspero, con quien él se identificaba a plenitud, y la debida importancia concedida a la juventud y a una vida austera, consagrada por completo a la ciencia, para alcanzar el anhelado cambio personal y social.

Pero, igualmente ahí se formulan la esperanza, confianza u optimismo frente al esfuerzo colectivo por conseguir los más nobles ideales del hombre, opuestos por naturaleza al pragmatismo anglosajón que va en contra -decía- de la esencia del pueblo americano, de nuestros países del Sur, de América Latina en sentido estricto.

Motivos de Proteo, por su parte, revela la madurez del autor en el campo ensayístico, volviendo sobre el cambio personal y social a través de un proceso de autoeducación, como si convirtiera su espíritu autodidacta en modelo de vida, tema que él esperaba abordar en la continuación de esta obra, la cual nunca apareció.

En El Mirador de Próspero, por último, se condensa su pensamiento americanista, dentro de la perspectiva -precisó Cruz Espejo- de Clarín, quien señalaba a Rodó como el nuevo puente entre España y América tras su fugaz separación ante el avance incontenible de la cultura francesa en la literatura latinoamericana a partir de Rubén Darío.

No es de extrañar, entonces, que Rodó sea proclamado una de las cimas de la literatura hispanoamericana, según han coincidido críticos tan diversos como Miguel de Unamuno, Baldomero Sanín Cano y Roberto Fernández Retamar, entre otros.

Pionero del Panhispanismo

Al término de la celebración, se repitieron algunas expresiones de júbilo por este nuevo aniversario de la Academia Colombiana de la Lengua, cuya larga vida auguraron los asistentes en forma unánime, si bien con la nostalgia ante la figura de Rodó, fallecido hace un siglo.

Se exaltó, como era de esperarse, al autor de Ariel, cuya vigencia salta a la vista en ese espíritu anglosajón, con su pragmatismo desbordante que arrasa con nuestros más preciados valores morales y culturales, el cual sigue reinando a sus anchas, con más poderío que antes, cuando él apenas advertía su presencia como una grave amenaza.

Fue presentado asimismo como un pionero del llamado Panhispanismo que las distintas academias hispanoamericanas vienen impulsando.

“Rodó es una de las mayores referencias de la cultura latinoamericana”, declaró uno de los miembros de la Academia, cuyo director, Jaime Posada, calificó de “patriótica” la extraordinario labor de la institución a lo largo de sus casi 150 años de existencia, próximos a celebrarse con bombos y platillos.

La lectura del acta fundacional, suscrita el 10 de mayo de 1871 en Bogotá, cerró con broche de oro el histórico acto que parecía revivir por un momento a Ariel, reclamando, con la voz profética y ahora angustiada del querido maestro Próspero, el cabal respeto a la cultura y su apoyo decidido por parte de las autoridades públicas y privadas, no el olvido absoluto de que ha sido víctima en los últimos años…

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua – [email protected]