24 de mayo de 2022
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Cuando yo digo Francia

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
7 de mayo de 2017
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
7 de mayo de 2017

Óscar Domínguez Giraldo

Mi  primer contacto con Francia  data de la que época en que supe  que a los niños nos traían  cigüeñas políglotas que atravesaban el charco en vuelos sin escalas desde París.

El viaje de las cigüeñas me parecía largo e incómodo porque tenían que mantener el pico cerrado para que el bebé no se cayera al mar y se lo tragara una ballena, como a Jonás. Cuando me cambiaron las cigüeñas por las mamás se me vino abajo todo el andamiaje fisiológico-teológico.

De las cigüeñas dí un brusco salto a Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas. Entonces fui sucesivamente, Athos, Portos, Aramís y D’Artagnan.

Leí la prosa de Renato de Chateaubriand en Athala, René y el último abencerraje. No recuerdo “de quoi s’agit t’il “, pero eso es la cultura: lo que se nos queda después de haberlo olvidado todo, dijo alguna vez un cerebro quedado colombiano: Gilberto Alzate Avendaño, el Mariscal.

De M. Renato nació mi afición por la presa (carne) que lleva su nombre. En homenaje al autor con nombre de plato fuerte, sugerí que bautizáramos René a nuestro hijo.

De mi único viaje a París solo tengo esta foto. No sé a qué lugar corresponden.Si me pueden ayudar, en reciprocidad les comparto este texto.odomiguez

Cuando se lo propuse a mi entera naranja me tocó dormir un semestre en el cuarto del servicio. Una extraña manera de decirle NO a mi onomástica propuesta. El hijo quedó en Juan Fernando, marido de Josephine, y padre de los repetidos (mellizos) australianos  Mateo y Patrick George

Menos mal que le afrijolé a mi hijo el Jean (Juan) que conocí en Los Miserables de Víctor Hugo. Recuerdo que el primer piropo que le eché a mi esposa cuando dio a luz a Andrea, nuestra hija,  mamá de Sofía, carioquita ella, y de Ilona Lu, rolita, ala, lo tomé prestado de Víctor Hugo: “El primer hijo es la prolongación de la última muñeca”. Me habría gustado llamarla Cosette. Por apodo le decimos Cotela. Espero que vean alguna remota similitud entre los dos nombres.

Por primera vez vi íntegro el paisaje femenino en películas francesas prohibidas para todo católico. Para ello me tocaba sobornar a un portero del cinema paradiso de mi barrio, Aranjuez, prometiéndole de paso que le llevaría saludos a una tía mía que le sacaba el aire. Las saludes, como la carta a la sin para Dulcinea del Toboso, nunca llegaban a su destino.

Cuando hubo que posar de existencialistas en los años sesenta, un libro de Sartre, nunca terminado de leer, decoraba mi sobaco. Con el tiempo y un palito leí las Memorias de Adriano, de Margarite Yourcenar. Me gustó tanto que lo dejé olvidado en una banca del parque. Lo repuse, claro.

Así que fui “existencialista” vergonzante. Todos lo fuimos alguna vez. Así no supiéramos qué era eso.

Con el bagaje francés acumulado aquí y allá, llegué una mañana a París. Hacíamos escala antes de seguir a Estocolmo adonde “íbamos a ” por el Nobel para García Márquez.

No es cañazo de tahúr pero cuando aterrizábamos en el aeropuerto Charles de Gaulle informaron por el sonido interno del cachivache aéreo de Avianca que una mujer preguntaba por mí en la escalerilla del avión.

No faltó el chistoso  que gritara a pleno pulmón para que se enterara todo el mundo a bordo: «Le pillaron la perica», o coca que llaman. A ese fulano le retiré el saludo y la mirada, como hacen los indígenas paeces con quienes los agreden.

Finalmente, no me esperaban Catherine Deneuve, Brigitte Bardot ni Pascal Petit, la de senos pluscuamperfectos. La sorpresa era mejor: Se trataba de mi hermana Pia, la menor de la tribu,  que esperaba ansiosa su dosis personal de buñuelos con natilla que le enviaba nuestra madre para que combatiera la nostalgia decembrina. De regreso a París me alojé en su apartamento en el barrio Sully Morland cerca de un circo triste al que se le acababa de crecer el enano, su principal atracción.

Cómo no evocar en este popurrí de recuerdos a la  frágil madame de edad prolongada que conocí en la soledad de sus gatos en el apartamento que quedaba enfrente del de mi hermana Pía.

“¡El señor es suramericano!”, fue todo lo que dijo la frágil Madame antes de regresar a su soledad de todas las horas. Me habría gustado ser el fotógrafo Cartier-Bresson para eternizar el momento en que cerraba la puerta.

Con mi profesor de Literatura en la Universidad de Antioquia nos peleábamos a las divas francesas. En el cambalache, yo me quedé con un tres raspao en literatura y con Brigitte Bardot y Pascale Petit. Él se fue feliz con la Deneuvea quien volvimos a ver remozada en la película 8 Mujeres.

«La patrie entre pour l’estomac», (=la patria entra por el estómago) concluí en un precario francés que empecé a estudiar con los frailes agustinos recoletos y con el cual me le enfrenté a París que para mí ha sido una mezcla de torre Eiffel, río Sena, historia detrás de cada piedra, misterio en cada calle, cultura, Chanel # 5, baguettes, leyendas, croissants, clochards, buen cine, la Piaff, quesos…. Y amor, siempre el amor.

Debo confesar que mi sexapil latino quedó reducido a su mínima expresión porque durante mi visita a la Ciudad Luz nunca logré internacionalizar mi libido. Ninguna “mademoiselle”  me dio ni la hora de la semana pasada.

Me tuteé con clochards en el metro y me «bajé» de algunos francos -tampoco muchos- para indemnizar por su voz melancólica a varios artistas latinos que gritaban sus canciones como una forma de mantener el polo a tierra con su  patria desde una «rue» parisina.

Saludé diplomáticos colombianos en la rue Saint-Honoré, sede de la embajada. Me atendieron funcionarios que apenas prestaban las  yemas de sus dedos al dar la mano para notificar al intruso que su visita estropeaba la siesta burocrática y que era bienvenido si me iba «très vite», o sea, más rápido que inmediatamente.

Uno que otro colombiano que encontré en la calle me aplicó las célebres cataratas del general de Gaulle y “no me vió”. Seguramente pensó, con razón, que le tocaría invitarme a almorzar.

Le presenté mis respetos en el Louvre a la Monalisa que me miró con su sonrisa de mujer infiel. Le dí mi sentido pésame al “signore” Giocondo por los cuernos. La Monsalisa me hizo recordar al Corazón de Jesús de mi casa que siempre me seguía con su mirada por toda la sala. «Ve, le caí en gracia a esta Madame», fue mi reflexión tercermundista, copiada de mi infancia.

Miré cómo el río Sena se convierte en mar a medida que va haciendo camino al andar a bordo de sí mismo. Pero ni se me ocurrió intentar un suicidio en aguas con tanta leyenda. Sé por un grafito que el suicidio es peligroso para la salud.  Además, los suicidas siempre me han parecido egoístas a morir… Pienso exprimir hasta el tuétano el último segundo que me tocó en el reparto.

Saludé a Dios en su refugio de la Catedral del Sagrado Corazón donde me contaron que un colombiano que hace las veces de sacristán tocaba las campanas con la gracia de un virtuoso del violín.

En Montparnasse me dejé sorprender por una polaca habilidosa cuyo rebusque consistía en siluetear velozmente el perfil de los viajeros  con un tijera sobre un papel que alguna vez fue página interior de un periódico de ayer. O de nunca.

Para disfrutar de París me valí del francés que nos enseñó en la Alianza Francesa, de Medellín, Michel Hermelin, un europeo serio y elegante ya fallecido, que tenía  apellido de flautista. Al principio traté de utilizar el francés para ponerle la mano al metro.

Monsieur Michel, fumador de pipa con lo que les quitaba el aliento a sus alumnas,  era una especie de Jean Gabin de los años sesenta que finalmente cayó en la hamaca amorosa que le tendió Marta Elena, una musical hija del fallecido maestro Bravo Márquez.

Mi condición de francófono aficionado me tuvo estudiando francés en la Alianza del Centro, en Bogotá, donde el monsieur Noé Adarme, santandereano de todo el mute,  lidia con sus pupilos deseosos de «desasnarse».

A estas alturas, los alumnos sabatinos de monsieur Noe no entendemos cómo el presidente Guillermo León Valencia gritó «Viva España» en un banquete en honor del gigantesco general de Gaulle a quien hubo que improvisarle un catre especial para que roncara cuan largo era en el francés de sus sueños.

Al escuchar la boutade (embarrada con c) del presidente Valencia, el general se quedó impasible como un queso pornográfico porque no veía ni oía sino lo que le interesaba. A eso los franchutes lo llaman las “cataratas del General”. Lo que es parte de la «grandeur» de la France. Francia. Voilà…