16 de mayo de 2022
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LA INQUIETANTE FRIVOLIDAD DE TRUMP

15 de abril de 2017

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La imprevisiblidad con la que está actuando Estados Unidos en el exterior resulta inquietante, sobre todo porque da la impresión de que en la Casa Blanca ahora mismo hay muy poca estrategia geopolítica y bastantes dosis de frivolidad. El lanzamiento sobre Afganistán de la bomba no nuclear más potente del arsenal americano -o la segunda, según matizan algunos expertos militares; tanto da- ha vuelto a sorprender al mundo, apenas días después de que Washington protagonizara su primer ataque contra el régimen sirio. Estamos ante una gran demostración de fuerza, toda una exhibición de músculo. Pero no es fácil saber si el episodio es algo más que propaganda.

El Pentágono dice que el lanzamiento de la conocida como madre de todas las bombas ha servido para destruir una zona de túneles y cuevas que servían de escondrijo al Estado Islámico en el este de Afganistán. Y las autoridades de Kabul informaron ayer de que al menos 34 yihadistas habrían muerto, lo que fue desmentido en su retórica habitual por el IS. La operación, en todo caso, ofrece dudas. Primero, por su eficacia. Es difícil saber qué efectos reales ha tenido la explosión de la bomba GBU-43, cuya onda expansiva se hizo notar en un radio superior al de una zona cuyo tamaño equivale a dos veces Barcelona. Y, segundo, porque estamos ante un artefacto que se empezó a fabricar en 2003, pero que EEUU no había utilizado nunca. Obama rehusó emplearlo porque es un arma muy controvertida por lo imprevisible del impacto. De hecho, se considera sobre todo un medio de presión psicológica. El Gobierno de Kabul, como ha sabido este periódico, está indignado porque considera que Washington ha escogido su país como laboratorio para realizar pruebas con un armamento militar tan discutible e «inhumano», como lo tachó el ex presidente Karzai.

La orden de lanzamiento de la bomba parece que no la dio directamente Trump, quien tras calificarlo como «un nuevo éxito del ejército», reconoció que ha dado vía libre a los altos mandos del Pentágono para actuar en la zona. Lo que está claro es que Washington ha decidido ejercer el poder duro, y con los últimos ataques en Oriente Próximo advierte que no le va temblar el pulso para usar la fuerza ante cualquier amenaza a la seguridad. Un aviso que también va dirigido al régimen norcoreano, haciendo saltar las alarmas porque la tensión en el sudeste asiático es máxima.

Pyongyang parece dispuesto a realizar de manera inminente un nuevo ensayo nuclear -sería ya el sexto- y Trump ha enviado a la región un portaaviones, decidido a parar los pies al dictador del último régimen estalinista del planeta. China ha pedido máxima contención a EEUU para no desencadenar una crisis total. Y, por su parte, Washington culpa a Pekín de haber sido demasiado condescendiente en los últimos años con Pyongyang, permitiendo así que la escalada nuclear se esté yendo de las manos. Es cierto que el inmovilismo de China, la única gran potencia que mantiene relaciones, además de un fuerte influjo, con Corea del Norte, no ha ayudado nada a pacificar la situación. Pero el tema es tan delicado que exige, antes que nada, una actuación concertada de la comunidad internacional y no respuestas unilaterales de ningún actor.

Los aliados de EEUU -fundamentalmente la OTAN- tienen la responsabilidad de hacer entender a Trump que la seguridad mundial exige cooperación. Pero, ante todo, lo que se debe demandar a la primera potencia es una estrategia a medio y largo plazo. Ni cabe la frivolidad de que el presidente ordenara atacar Siria mientras se relamía con «la más hermosa tarta de chocolate», ni puede seguir dando la impresión que desestabilizar el frágil orden mundial es para él un juego.

EDITORIAL/EL MUNDO