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Escala de valores (6): La humildad

15 de abril de 2017
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
15 de abril de 2017

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Jesús fue un hombre humilde, sencillo, a pesar de ser Dios. Llegó incluso hasta la humillación, como fue su muerte en la cruz. “Aprendan de mí que soy humilde”, decía, admitiendo tácitamente que sólo así, con humildad, nuestras almas encuentran alivio al hacer liviana la carga que llevamos en la vida (Mt 11, 28-30). Si queremos la paz, hemos de ser humildes, como él lo fue hasta el límite, llegando incluso a la humillación frente a sus semejantes, ante sus propios enemigos.

Se humilló, en efecto, ¿O no fue un acto de humillación, de profunda humildad, lavar los pies de sus discípulos en la última cena, mientras les decía -nos dice-: “Ustedes deben lavarse los pies unos a otros” (Jn 13, 4-14)? ¿No se humilló, además, en su dolorosa pasión, cuando quienes lo tenían preso se burlaban de él y le daban golpes, ultrajándolo? (Lc 22, 63-65). Como Dios, Jesús llevó también la humildad humana a su plenitud, pidiéndonos en cada una de estas situaciones que siguiéramos su ejemplo. Intentemos por tanto seguirlo, que tampoco es fácil.

En este caso, de nuevo es necesaria la conversión, la cual implica un cambio total de los valores que solemos tener en el mundo. Para seguirlo, en primer lugar, hay que renunciar a sí mismo: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mt 16, 24). En otras palabras, tenemos que vencer nuestro egoísmo natural, ese culto a sí mismo que traemos desde niños y que en la época actual, por el individualismo característico de la edad moderna, se acentúa cada vez más. Una tarea bastante difícil, sin duda.

La humildad

Cambio de valores. O de jerarquías. Porque no se trata ya de ser el primero sino el último, no de sobresalir sino de estar y permanecer en los lugares más modestos y marginados en la sociedad, que es todo lo contrario de cuanto pensamos, decimos y deseamos en nuestra vida diaria, donde el ansia de poder se manifiesta en las diferentes circunstancias. “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos” (Mc 9, 35), insistía.

Por eso mismo atacaba el orgullo o la soberbia de los fariseos “que gustan ocupar el primer puesto en las sinagogas y recibir saludos en las plazas”, comparándolos por ello con “esas tumbas que no se notan y sobre las que se camina sin saberlo” (Lc 11, 43-44); se burlaba de “los sabios y prudentes”, incapaces de descubrir la verdad (Mt 11, 25), y prohibía el hecho de envanecerse por los títulos, por alguna dignidad, por nuestras pequeñas vanidades, como hacernos llamar Maestro, Doctor o Padre, puesto que ninguno es superior al otro por la sencilla razón de que todos somos hermanos (Mt 23, 8-10). “Todos somos iguales” es, en definitiva, el mensaje cristiano, pilar del espíritu democrático que por fortuna se ha ido extendiendo durante los últimos siglos.

Al actuar en esta forma alcanzamos la paz, según observamos arriba. Ser humilde es un buen yugo y una carga liviana, a diferencia del orgullo, al tiempo que nos permite llegar a la verdad, a la sabiduría revelada por Dios “a la gente sencilla” (Mt 11, 25); somos grandes al hacernos pequeños (Mt 18, 4) y los primeros al ser los últimos. “El que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado” (Lc 14, 11), decía Jesús.

“Muchos que ahora son los primeros serán los últimos, y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros” (Mt 19, 30), repetía Jesús como síntesis de la parábola que expuso a continuación, donde el dueño de una viña contrató, en diversas horas del día, a varios trabajadores, pagando el mismo salario a todos cuando terminaron su jornada laboral.

“Los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos”, concluía en su parábola (Mt 20, 1-16), donde se pone de presente la justicia divina, tan distinta a la imperfecta justicia humana, con la total inversión de valores que nos exige nuestra sincera conversión. ¿O es acaso comprensible, ante la miope mirada del hombre, que las personas más importantes en el mundo (gobernantes, políticos, empresarios, etc.) sean los menos importantes a los ojos de Dios, mientras los más humildes y sencillos, cuyas necesidades muchas veces los obligan a humillarse, ocupen los primeros puestos, no los últimos, en lugar de aquellos?

Algunos preferirán aquí dar marcha atrás, lejos de seguir subiendo la escalera. No obstante, hay que hacer un esfuerzo y pasar al siguiente peldaño, donde avanzamos en el sano amor a sí mismo, entendido a su vez como amor al prójimo. Al fin y al cabo debemos ser humildes para servir a los demás, incluso hasta humillarnos lavándoles los pies, según vimos en el punto anterior.

¿O no fue por amor al prójimo, a su hija enferma, que una mujer cananea, con humildad extrema, le pidió a Jesús la sanación, estando dispuesta a comer, como los perros, las migajas que caían de la mesa del señor? ¿No es éste un símbolo universal de la humildad, de la humillación que Dios nos exige para sanarnos, para darnos la salud y la felicidad, para ver realizados nuestros sueños, nuestros mejores deseos?

En síntesis, el auténtico hombre es sencillo como Natanael, aquel humilde israelita que se convirtió tras ser visto debajo de una higuera por el Maestro -¡donde era imposible verlo!-, proclamándolo Hijo de Dios (Jn 1, 47-49). Debemos tener un corazón sencillo como el suyo.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua – [email protected]