23 de mayo de 2022
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Escala de valores (5): El servicio

14 de abril de 2017
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
14 de abril de 2017

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Éste es el último peldaño relacionado con el amor al prójimo, al menos entre los que consideramos de mayor trascendencia para nuestro ascenso final en la escala de valores cristianos. Se trata del servicio, el servicio a los demás, que tanto caracteriza a un auténtico ser humano.

En este caso, igual que con los otros valores, Jesús es el modelo. Debemos ser como él, seguirlo e imitarlo -“A imitación del Hijo del Hombre, quien no vino para que lo sirvieran sino para servir”-, recordando así sus palabras en las que reclamaba a cada discípulo “hacerse esclavo de los demás”, servirlos, si ellos querían (y, por ende, también nosotros) ser los primeros (Mt 20, 26-28).

“¿Quién es más importante -preguntaba el Maestro en la última cena-, el que está sentado en la mesa o el que sirve?”. Y él mismo respondía, reiterando su vocación de servicio, de entrega total a los demás: “El que está sentado, ¿no es cierto? Sin embargo, estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22, 27), es decir, como un sirviente, como un esclavo, no como el amo o señor que lo era y es en grado sumo por ser Dios, obviamente a diferencia nuestra.

“Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos”, concluía para resolver una  discusión entre sus apóstoles acerca de cuál de ellos era el más importante (Mc 9, 35). “Los últimos serán los primeros”, recordemos.

El servicio

Desde la perspectiva cristiana, el sirviente es superior, no inferior, al amo. Eso nos exige de antemano la auténtica conversión, un cambio radical de los valores que rigen al mundo y lo conducen a situaciones permanentes de conflicto por el egoísmo, la discriminación y, en definitiva, la falta de amor al prójimo, a quien no vemos como nuestro hermano, sobre todo cuando nos consideramos superiores a él por razones económicas, sociales, políticas, raciales, etc.

Dar este paso no es fácil. ¿O acaso disfrutaría usted, apreciado amigo, haciendo las veces de sirviente, sin ser atendido como el amo en su casa o el jefe en su oficina? ¿Le gustaría desempeñar un oficio tan modesto, tan bajo en la escala social, tan denigrante para usted y los suyos? ¿Estaría dispuesto a aceptarlo?

Es un escalón bastante difícil de subir. Pero, hay que subirlo por la sencilla razón de que al servir al prójimo sólo hacemos cuanto debemos hacer, como el buen siervo al que el amo está agradecido cuando le sirve primero en la mesa después de su jornada de trabajo (Lc 17, 7-10), o porque a fin de cuentas tal comportamiento nos genera la felicidad anhelada, como no hacerlo es causa del severo castigo: “Feliz ese servidor -afirma Jesús, con la mirada puesta en el juicio final- al que su patrón (o sea, Dios) cuando llegue encuentre ocupado” (Lc 12, 35-48). ¡Servir, servir y servir!, es su mandato.

Y ser caritativos, otra gran expresión del amor –amor es caridad, no lo olvidemos-, sobre todo del amor al prójimo, a quien servimos dándole todo aquello que tenemos, que Dios nos ha dado para compartir, no para exclusivo beneficio personal, con propósitos egoístas. “Den gratuitamente, puesto que recibieron gratuitamente” (Mt 10, 8), decía Jesús al destacar los dones que recibimos por gracia divina y que en igual forma, con gratitud, debemos dar a los demás, poniéndolos a su servicio.

Al respecto, Jesús retomaba la predicación de Juan Bautista, según lo señalábamos atrás: “El que tiene dos capas dé una al que no tiene, y quien tenga que comer haga lo mismo” (Lc 3, 10—11). Es la caridad, sin duda; compartir, con sentimientos de solidaridad, y ayudar en consecuencia a nuestros hermanos más necesitados, incapaces de satisfacer sus necesidades básicas (vestido, comida…) y viven, o sobreviven, en medio de la pobreza absoluta.

Por ello, quien posea recursos económicos, o sea, la persona rica, debe invitar primero “a los pobres, a los cojos a los ciegos” a sus fiestas y banquetes, siendo feliz porque ellos no tengan con qué pagarle, pues su recompensa la recibirá “en la resurrección de los justos” (Lc 14, 13-14), naturalmente como regalo de Dios por su caridad, generosidad o misericordia.

No sólo los ricos, sin embargo, pueden dar. No. También los pobres, como aquella viuda que entregó al templo la única moneda que tenía, “fruto de sus privaciones”, sin importarle que ese dinero lo necesitaba para vivir (Mc 12, 43-44), pues prefería honrar a Dios en esa forma y confiar en que su ayuda económica llegaría a otras personas pobres, acaso en peores condiciones que las suyas.

Hay que dar, además, pero sin “preciarnos de dar limosna”, como tampoco debemos orar en público para que nos vean (Mt 6, 1-8). “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”, repetía para que nuestros actos generosos sean prudentes, reservados, en secreto y en silencio. Y hay que dar si queremos recibir, como también nos dice Jesús: “Den, y se les dará; recibirán una medida bien llena, apretada y rebosante”, concluyendo con esta nueva advertencia, síntesis de la compensación y de la justicia divina: “Con la medida que ustedes miden, serán medidos” (Lc 6, 38).

Al ser caritativos, somos ese buen árbol que da buenos frutos, como al no serlo somos árboles malos que dan frutos malos (Mt 7, 15-19); Dios, a su vez, nos dará más si producimos más, pero nos quitará todo si no lo hacemos (Mt 13, 12), condenándonos a la muerte, como a la higuera que Jesús secó en el camino por no dar buenos frutos (Mt 21, 18-19).

Según es fácil apreciarlo, tales criterios son básicos en el liderazgo con valores y, de modo específico, en el cabal ejercicio de la responsabilidad social que a todos nos corresponde. Por lo pronto, continuemos subiendo la escalera y pasemos al siguiente peldaño, relacionado con el sano amor a sí mismo, con la debida valoración de cada uno de nosotros, a imagen y semejanza de Jesús. La humildad, la pobreza y la oración son los tres últimos valores que ahora nos esperan en tan duro ascenso.

(Mañana: La humildad)

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua