17 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Escala de valores (1): Amar a Dios

9 de abril de 2017
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
9 de abril de 2017

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Cuando un maestro de la ley le preguntó cuál es el mandamiento más importante, Jesús contestó: Amar a Dios, pero igualmente amar al prójimo, fundamentos de la ley (Mt 22, 37-40).

La lección es clara: debemos primero amar a Dios y amarlo sobre todas las cosas. Dicho en otras palabras, a Dios, que es amor, hemos de responderle con el máximo amor para ser de veras semejantes a Él, quien nos creó a su imagen y semejanza (Gén 1, 26-27).

Dios nos ama; por amor nos creó, en un acto similar al de nuestros padres cuando nos dieron nuestro cuerpo físico, material, al unirse por amor, y tanto amó Dios al mundo -observa San Juan- que entregó a su Hijo Único para salvarnos, para que tengamos vida eterna (Jn 3, 16).

¿Cómo no amar a este Dios-Amor que es nuestro Padre (Abba), nos ama como el mejor papá del mundo, hace brillar el sol por igual para malos y buenos, nos perdona y se compadece de nuestras debilidades, cura nuestras enfermedades y hasta nos da el premio de la vida eterna, más allá de la muerte? ¿Cómo no amar a su Hijo, quien ofrendó su vida por nosotros, en la cruz, y sólo repartió su amor infinito en el mundo, pues “en él estaba la plenitud del amor?” (Jn 1, 14)? ¿Cómo no amar a Dios si somos sus hijos, sus criaturas preferidas en toda la creación?

Creación Miguel Ángel

Con razón, Jesús dijo en el desierto, cuando el demonio intentaba hacerlo caer en pecado: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él sólo servirás” (Lc 4, 8), mandato que es también para cada uno de nosotros, quienes solemos, a diferencia suya, ser presa fácil de la tentación al adorar, en cambio, el poder y las riquezas, creyendo en forma errada que éste es el camino al éxito, a la realización personal, a la felicidad. Debemos amar a Dios hasta el límite, adorarlo y servirle, en lugar de amar y servir a los bienes terrenales, cuyo poder de seducción es cada vez mayor en la sociedad contemporánea por factores como la excesiva propaganda comercial en los distintos medios masivos de comunicación.

Dios debe ser lo primero en nuestras vidas. Ésta es “la única cosa necesaria”, como observó Jesús en su visita a Marta y María, según la narración de San Lucas (Lc 10, 38-42); el amor a Dios es lo mejor que podemos hacer, aún más que “dar plata a los pobres”, según aprendimos en el pasaje de la mujer que ungió a Jesús con un valioso perfume (Mc 14, 3-9), y hemos de dar a Dios lo que es de Dios, sin pensar que basta con dar al César lo que es del César (Mc 12, 17), como si todo en el mundo se redujera a cuestiones monetarias, materiales. Lo espiritual, en síntesis, tiene que ser de mayor trascendencia para nosotros.

Es un amor incondicional, además. El auténtico amor, sin condiciones. Por encima del cual no puede haber ningún otro. Superior incluso al amor que tenemos a nuestras familias, a padres e hijos o seres queridos en general, a quienes es preciso abandonar, si es necesario, por amor a su nombre, según declaró Jesús a sus discípulos (Mt 19, 29), prometiéndoles la vida eterna como herencia, la mayor recompensa a quienes lo siguen como son hasta hoy, veinte siglos después, las personas consagradas al sacerdocio.

Un amor que debe traducirse en comportamientos específicos como el respeto a la casa de Dios, según lo ordenó Jesús al expulsar a los mercaderes del Templo de Jerusalén, convertido por ellos en “lugar de negocios” (Jn 2, 16); en mantener un sano temor de Dios ante su omnipotencia, como el manifestado por los apóstoles ante el poder milagroso de su Maestro (Lc 5, 26), y en darle gracias por su bondad, a la manera del leproso samaritano que fue curado por Jesús, distinto a los otros nueve que nunca volvieron para alabar a Dios por su magnífico gesto de misericordia (Lc 17, 11-17).

Con razón, Jesús calificaba el hecho de negar a Dios, al Espíritu Santo, como el peor de los pecados, ni siquiera digno del perdón, “ni en este mundo, ni en el otro” (Mt 12, 31-32). No podemos irnos contra el mandamiento supremo del amor a Dios, como no sea para condenarnos por toda la eternidad. Un mensaje que bien valdría la pena escuchar ahora, en un mundo sin Dios y sin fe, opuesto a las creencias religiosas, que defiende a pie juntillas la libertad absoluta, sin barreras morales. Las advertencias ya fueron hechas, por fortuna.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua